El primer trimestre del año suele reactivar las expectativas, decisiones de consumo, nuevos propósitos y la forma en que las organizaciones proyectan su futuro. Este 2026, además, se inicia en un contexto especialmente relevante: un nuevo gobierno que vuelve a instalar preguntas sobre estabilidad, crecimiento y rumbo país.
Entonces surge una pregunta inevitable: ¿Es suficiente una mirada centrada únicamente en la productividad y los resultados económicos?, ¿o el verdadero desafío es qué tipo de liderazgo ejerceremos desde hoy?
Durante años se habló de productividad y bienestar como si fueran conceptos opuestos. La experiencia nos demuestra lo contrario: sin bienestar no existe compromiso; sin confianza no hay innovación; y sin propósito compartido no se genera crecimiento sostenible. Cada vez es más evidente que el desempeño económico de largo plazo también depende de factores menos visibles, como la calidad de las conversaciones, la confianza interna y la forma en que cuidamos nuestras culturas organizacionales.
El Chile que viene no dependerá solo de políticas públicas o indicadores macroeconómicos. También estará marcado por cómo las organizaciones asuman su rol social y humano. Cada decisión de liderazgo trasciende la empresa: impacta en familias, comunidades y en la confianza colectiva que sostiene el desarrollo de un país.
En este contexto cobra sentido la idea de esperanza activa, planteada por el filósofo surcoreano-alemán Byung-Chul Han. Él sostiene que la esperanza auténtica no consiste en esperar pasivamente tiempos mejores, sino en abrir posibilidades de acción. La esperanza, entonces, no es una vigilia inmóvil: es práctica.
Han advierte que una sociedad pierde vitalidad cuando queda atrapada en el cansancio y la incertidumbre sin un sentido compartido. Propone entender la esperanza como una fuerza que se ejerce.
Quizás el desafío de este marzo no sea predecir el escenario económico, sino decidir qué liderazgo queremos ejercer dentro de él. Porque el futuro no es un lugar al que simplemente llegamos; es una realidad que construimos cada día a través de nuestras decisiones y conversaciones.
Hoy, esa esperanza activa es una tarea para líderes y organizaciones. Pero no se trata solo de adaptarse al cambio político o económico, sino de generar estabilidad desde la forma en que lideramos dentro de las empresas. El desarrollo del país también se construye en cada organización que decide poner a las personas en el centro sin perder foco en los resultados.
Liderazgo, bienestar y economía ya no son conversaciones separadas sino partes de una misma ecuación. El Chile que viene no lo definirá quién gobierne sino cómo decidamos liderar. Y esa decisión comienza hoy.