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¿Qué queda fuera cuando redefinimos el antisemitismo?

Si el combate al racismo aspira a ser consistente, debiera sostener un principio más exigente: que ninguna forma de odio basada en la identidad, sea cual sea su dirección, puede quedar fuera del campo de atención. Lo contrario no solo debilita la coherencia del discurso, sino que abre espacios de ambigüedad que terminan siendo funcionales a aquello que se busca combatir.

En los últimos años se ha producido un desplazamiento conceptual que vale la pena mirar con detención. Parte importante de la izquierda ha tendido a redefinir el racismo mutando desde una forma universal de prejuicio capaz de dirigirse contra cualquier grupo, hacia un fenómeno estructural que opera exclusivamente desde posiciones de poder hacia grupos históricamente oprimidos. Este giro, que busca iluminar desigualdades reales, ha tenido también efectos no previstos: al fijar de antemano quién puede ser víctima y quién no, deja fuera experiencias que no encajan en ese marco.

En ese contexto, el antisemitismo ha quedado en una zona ambigua. Los judíos, muchas veces percibidos como un grupo integrado o incluso privilegiado en Occidente, dejan de calificar bajo esta nueva definición como sujetos típicos de racismo. El resultado es paradójico: una de las formas más persistentes y mutables de odio pierde visibilidad precisamente cuando vuelve a intensificarse.

En una reflexión reciente de Alejo Schapire (“El antisemitismo no existe”), el periodista especializado en cultura y política exterior, explica que esta deriva se describe como un desplazamiento conceptual: el fenómeno no se niega frontalmente, sino que se diluye hasta volverse irreconocible dentro de otras categorías. Al redefinir el marco, el antisemitismo deja de ser nombrado como tal, aun cuando sus manifestaciones persisten.

Entre ambas miradas aparece, además, una incomodidad difícil de eludir. Porque no se trata solo de categorías académicas o marcos teóricos, sino de la experiencia concreta de aquello que deja de ser reconocido. Cuando una forma de odio pierde nombre, también pierde urgencia; se vuelve discutible, interpretable, incluso justificable en ciertos contextos. Y ahí es donde el problema deja de ser solo conceptual: se instala en el terreno de lo moral, en la disposición para ver lo que incomoda a nuestras propias convicciones.

Algo similar advierte el sociólogo español Alejandro Baer, quien sostiene que “la negación del antisemitismo es uno de sus rasgos más extendidos hoy”, muchas veces no como negación explícita, sino como relativización o reinterpretación del fenómeno en función de otros conflictos políticos. El resultado es un debilitamiento de su reconocimiento público.

Y aquí aparece un punto clave desde una perspectiva más normativa. La definición de la Alianza Internacional para el Recuerdo del Holocausto (IHRA) establece que “el antisemitismo es una cierta percepción de los judíos que puede expresarse como el odio a los judíos”, y que sus manifestaciones pueden dirigirse tanto a personas como a instituciones o símbolos asociados. Esta definición subraya precisamente lo que el debate contemporáneo a veces pierde: que el antisemitismo adopta múltiples formas, cambia con el tiempo y no se agota en una sola estructura explicativa.

El punto de convergencia entre estas miradas es relevante. Cuando el racismo se redefine de manera tan restrictiva que excluye ciertos casos, o cuando un fenómeno se explica hasta relativizarlo, se generan puntos ciegos. Y el antisemitismo en parte por su capacidad histórica de mutar, desde teorías conspirativas hasta formas más sofisticadas de deslegitimación, encuentra en esos vacíos un espacio propicio para persistir.

No se trata de negar las asimetrías de poder ni las injusticias estructurales, sino de advertir los límites de un enfoque que, al jerarquizar las víctimas o desplazar categorías, termina invisibilizando algunas de ellas. Cuando eso ocurre, el problema no desaparece: simplemente deja de ser nombrado.

Si el combate al racismo aspira a ser consistente, debiera sostener un principio más exigente: que ninguna forma de odio basada en la identidad, sea cual sea su dirección, puede quedar fuera del campo de atención. Lo contrario no solo debilita la coherencia del discurso, sino que abre espacios de ambigüedad que terminan siendo funcionales a aquello que se busca combatir.

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Si el combate al racismo aspira a ser consistente, debiera sostener un principio más exigente: que ninguna forma de odio basada en la identidad, sea cual sea su dirección, puede quedar fuera del campo de atención. Lo contrario no solo debilita la coherencia del discurso, sino que abre espacios de ambigüedad que terminan siendo funcionales a aquello que se busca combatir.

Foto del Columnista Débora Calderón Kohon Débora Calderón Kohon