Los hechos de violencia que hemos observado estos días, así como las amenazas que clausuran centros educativos, han dejado de ser noticias aisladas para convertirse en la atmósfera. Ya no basta con sólo condenas, tenemos que hacer algo. La violencia en Chile ha dejado de ser un problema de “puntos críticos” para transformarse en una condición ontológica de nuestra convivencia. Lo que presenciamos no es el desborde de una delincuencia tradicional, sino una fractura en el alma de una sociedad que parece haber perdido su centro de gravedad.
Para comprender por qué un joven hoy prefiere empuñar un arma frente a una cámara que buscar un lugar en el tejido social, debemos acudir a la sociedad del rendimiento de la que habla Byung-Chul Han. Hemos construido un mundo donde el individuo es, ante todo, un proyecto de autoexplotación. En este escenario, el éxito se mide por la visibilidad. El joven violento de hoy no es un rebelde, sino un “sujeto de rendimiento” que ha fracasado en los canales tradicionales del mercado y el mérito, y, que ahora, busca el éxito a través de una performance de la crueldad. Asimismo, en la sociedad de la transparencia, lo que no se comunica y no se ve, sencillamente no existe. La violencia se vuelve así un contenido más en el flujo incesante de imágenes. Las amenazas viralizadas y el alarde de poder de fuego no son solo herramientas de intimidación, son el grito de existencia de quien ha entendido que en este ecosistema digital el miedo del otro es la única plusvalía que le queda. No buscamos transformar el orden social, buscamos ser vistos por él, aunque sea a través del espanto.
A menudo caemos en la tentación de señalar que los individuos que generan este tipo de comportamientos son los únicos responsables, pero acá todos somos quienes fracasamos por llegar a este estadio. Este desfondamiento de las imágenes rectoras nos obliga a mirarnos al espejo como sociedad. La autoridad al final es una construcción cultural que requiere mediaciones y símbolos que hoy hemos decidido, colectivamente, erosionar.
Hemos desmantelado las jerarquías que daban sentido a la vida común. Desde la familia hasta la escuela, pasando por la ley. Hemos sustituido la figura del respeto por la del consumo o la del “me gusta”. Al despojar a las instituciones de su dignidad, hemos dejado a los ciudadanos —especialmente a los más jóvenes— a merced de una intemperie simbólica. Esta pérdida de figuras rectoras no es culpa de un gobierno de turno, es una renuncia societal. Todos hemos cooperado en la idea de que la libertad es ausencia de límites, olvidando que, sin límites, solo queda la ley del más fuerte.
Esta crisis se ve agravada por lo que Han denomina la sociedad del cansancio. Somos una comunidad agotada, exhausta por la autoexigencia y la hipercomunicación. Ese cansancio nos vuelve intolerantes a los procesos largos que requiere la paz social. Exigimos soluciones mágicas y punitivas porque ya no tenemos la energía psíquica para reconstruir el tejido social desde la base.
La violencia que vemos hoy es la manifestación de ese agotamiento: ante la imposibilidad de construir un futuro mediante el esfuerzo compartido —ese “sueño” que parece haberse evaporado para las nuevas generaciones—se opta por el atajo del estruendo. El joven que hoy amenaza o dispara no ve en el horizonte las condiciones vitales para mejorar su existencia de la forma en que lo hicieron sus padres. Ante ese vacío de futuro, la violencia ofrece una recompensa inmediata: el poder, la pertenencia a una banda y la mirada del mundo.
Sin embargo, no podemos permitirnos el lujo del pesimismo paralizante. La demanda hoy es urgente y requiere algo mucho más profundo que una nueva ley o un detector de metales. Lo que Chile necesita es un viraje societal. No somos simplemente individuos dispersos que habitan un territorio, somos una comunidad que todavía tiene la oportunidad de reclamar su destino.
La clase política tiene una responsabilidad espejo, es cierto, pero el cambio real debe nacer de una voluntad colectiva de restaurar el valor de lo público. Esto implica recuperar la noción de que la política es, ante todo, institución y continuidad, un refugio contra la arbitrariedad de la fuerza. Debemos ser capaces de ofrecer a las nuevas generaciones algo más que el consumo o la pantalla. Debemos ofrecerles un lugar en una comunidad real, con propósitos que trasciendan la visibilidad instantánea.
La verdadera urgencia no es solo detener la bala, sino reconstruir el mundo que la hizo parecer una opción de vida legítima. El viraje societal implica volver a creer en las mediaciones, en el respeto a la autoridad legítima y en la construcción de un orden que no sea solo el silencio de los fusiles, sino el murmullo de una convivencia con sentido. Si no somos capaces de articular este giro, seguiremos siendo espectadores de un festival de la muerte transmitido en vivo, donde el único ganador es el algoritmo de la transparencia que devora nuestra humanidad. Es hora de dejar de ser una sociedad que se rinde ante el espectáculo para volver a ser una nación que se funda en la dignidad. Hemos permitido que en nuestros hogares se metan a través de las redes sociales o la televisión programas donde el panelista del matinal cuestione sin miramientos a la autoridad o que nuestra clase política grite y se imponga quien lo haga más fuerte. Reflexionemos qué estamos buscando para después indicar al resto.