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El tiempo libre también educa

La cultura, el arte, el deporte y la naturaleza no son sólo alternativas para ocupar el tiempo. Son herramientas capaces de transformar la forma en que niños y jóvenes se relacionan consigo mismos, con los demás y con el mundo que los rodea.

AGENCIA UNO

Las vacaciones de invierno suelen plantear una pregunta práctica para miles de familias: qué hacer con los niños y adolescentes durante dos semanas sin clases. Sin embargo, detrás de esa interrogante cotidiana hay una conversación mucho más profunda. En un país donde la salud mental infanto-juvenil se ha transformado en una preocupación creciente, el tiempo libre puede convertirse en una oportunidad extraordinaria para conectar a las nuevas generaciones con experiencias que fortalezcan su bienestar, creatividad y sentido de comunidad.

La cultura, el arte, el deporte y la naturaleza no son sólo alternativas para ocupar el tiempo. Son herramientas capaces de transformar la forma en que niños y jóvenes se relacionan consigo mismos, con los demás y con el mundo que los rodea.

Hay algo que la ciencia lleva décadas confirmando y que las abuelas siempre supieron: los niños necesitan el contacto con la tierra. Salir a la naturaleza tiene un efecto profundo en el bienestar emocional, porque regula el sistema nervioso, reduce el cortisol, mejora la atención y genera un estado de calma activa.

Por otra parte, los adolescentes son, quizás, el grupo más difícil de convocar, y el que más lo necesita. A los 15 o 16 años, muchos ya han tenido su primer contacto con el alcohol o las drogas debido a la presión del grupo, la falta de expectativas, el miedo al futuro y la sensación de que nadie los escucha. Y sin embargo, son profundamente gregarios: quieren estar con sus pares, quieren ser vistos y quieren crear. Para ellos, una buena opción es la música como elemento de identidad, lenguaje y tribu. Un taller de producción musical, una clase de baile urbano, una actividad deportiva o un espacio donde puedan mostrar lo que hacen es el punto de entrada a algo mucho más grande.

Pero para recibir los efectos protectores del arte, la cultura y el deporte, no basta con actividades puntuales durante dos semanas en junio. Sus beneficios sobre la salud mental infanto-juvenil son acumulativos, se construyen en el tiempo y con exposición sistemática. Un niño que va a un taller de teatro una vez en su vida recibe una experiencia, pero si ese mismo niño va todos los sábados durante un año, empieza a transformarse.

Por eso, el desafío de quienes trabajan en cultura y deporte dentro de corporaciones, municipios y fundaciones es construir una oferta permanente, variada y accesible que esté disponible en cada comuna durante todo el año; que llegue a los barrios, a los colegios, a los espacios públicos y que no espere a que las familias vengan, sino que salga a buscarlas.

Las vacaciones de invierno son un buen momento para instalar o reforzar ese hábito. Abren la posibilidad de que una niña descubra que le gusta la fotografía, que un joven encuentre en la música un lugar donde sentirse competente, o que una familia entera se anime a subir un cerro juntos por primera vez.

Chile tiene un patrimonio de gran riqueza, espacios geográficos y culturales de norte a sur. Lo que se necesita es la decisión política y comunitaria de entender que la cultura no es un accesorio del desarrollo, sino su fundamento. Y qué invertir en ella cumple una función que va mucho más allá del entretenimiento: ayuda a construir vínculos, generar sentido de comunidad y reducir la soledad. Algo que para los niños y jóvenes puede marcar la diferencia entre simplemente pasar el tiempo o descubrir un camino que les dé sentido, pertenencia y futuro.

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Foto del Columnista Mariana Hidalgo Mariana Hidalgo