Hay ciudades que no se recorren: se atraviesan como un río. Sao Paulo es una de ellas. Densa, superpuesta, inagotable, parece ocurrir siempre en varios tiempos a la vez. En ese paisaje de capas infinitas, la 36ª Bienal de Sao Paulo se despliega no como una exposición, sino como una respiración colectiva. Su título —“Nem todo viandante anda estradas/Da humanidade como prática” (“No todos los viajeros recorren caminos/La humanidad como práctica”)—, tomado de los versos de Conceição Evaristo, no propone un tema sino un gesto: caminar no siempre es avanzar por un camino trazado; a veces se trata de abrirlo con el propio cuerpo, la escucha y la duda.
La Bienal no aborda la humanidad como concepto abstracto, sino como práctica cotidiana, frágil y situada. Lo humano aparece como un ejercicio permanente de relación e interconexión con el planeta: con la tierra, con otros cuerpos, otras especies, con la memoria y el conflicto. Bajo la dirección curatorial de Bonaventure Soh Bejeng Ndikung —junto a Alya Sebti, Anna Roberta Goetz, Thiago de Paula Souza, Keyna Eleison y la estrategia comunicacional de Henriette Gallus— la muestra se construye como un estuario: un espacio donde las aguas se encuentran sin fusionarse del todo, generando un territorio inestable pero fértil
El estuario no es solo una imagen geográfica, sino también política y cultural. Evoca el flujo de aves migratorias y la confluencia de ríos, pero también la superposición de historias, desplazamientos y herencias que configuran a Brasil y al Sur Global. La curaduría utiliza esta figura para pensar la mezcla no como armonía ingenua, sino como un campo de tensiones entre culturas, memorias coloniales y dinámicas de poder, donde la herencia africana ocupa un lugar central. En este paisaje simbólico, la naturaleza no opera como fondo decorativo, sino como agente activo: obras que evocan jardines de aves, palmeras monumentales o territorios que parecen crecer dentro del museo proponen la creación artística como germinación y fabulación desde lo natural.
Junto a esa dimensión vital emerge la experiencia del desplazamiento. El foco en el Sur Global articula a artistas que trabajan sobre memoria, migración y fronteras —visibles e invisibles—, explorando cómo los cuerpos atraviesan territorios marcados por la desigualdad, el extractivismo o el exilio. A través de textiles, fotografías, pinturas, esculturas, instalaciones, sonido y ritual, la Bienal no busca representar al otro, sino crear las condiciones para el encuentro.
La arquitectura como práctica relacional
Ese estuario simbólico encuentra su cuerpo arquitectónico en el Pavilhão Ciccillo Matarazzo, el emblemático edificio de Oscar Niemeyer en el Parque Ibirapuera, construido entre 1951 y 1954 para conmemorar el cuarto centenario de la ciudad y ser sede de la Bienal desde 1957. Desde fuera, el pabellón se presenta como un volumen blanco, sereno, casi silencioso. Pero basta entrar para que esa calma se quiebre en una coreografía espacial: rampas que serpentean, barandas ondulantes, vacíos que conectan visualmente los niveles y una planta libre que no ordena el recorrido, sino que lo sugiere.
El edificio no contiene la Bienal: la performa. El cuerpo del visitante sube, se detiene, vuelve a mirar desde otro borde, escucha lo que ocurre abajo. Es un espacio que enlaza miradas y situaciones superpuestas, albergado por una arquitectura que no opera como fondo neutro. En ese recorrido, el diseño museográfico introduce grandes velos y telas de color que organizan el espacio, filtran la luz y convierten el desplazamiento en una experiencia sensorial, donde el color actúa como atmósfera, ritmo y orientación.
La exposición reúne 125 obras: 120 dentro del pabellón y otras cinco extendidas por la ciudad como afluentes —el programa Tributaries— que expanden la Bienal más allá de sus muros. No hay un relato único ni un eje dominante; la muestra se fragmenta en núcleos que aparecen como claros dentro de un bosque. Tierra, memoria, extracción, espiritualidad, comunidad, migración, archivo, cuerpo y naturaleza se entrecruzan sin jerarquías rígidas.
Obras, territorios y memorias
En la planta baja, donde el parque entra como una respiración verde, la tierra se vuelve protagonista. El artista nigeriano-estadounidense Precious Okoyomon, con Sun of Consciousness. God Blow Thru Me–Love Break Me, instala un terreno artificial que obliga a mirar el suelo como pregunta política: ¿qué significa pisar?, ¿poseer?, ¿extraer? La obra de Okoyomon utiliza el cerrado como una metáfora, revelando un ecosistema frágil y complejo donde lo humano y lo no-humano están profundamente entrelazados. El “caos” no aparece como desorden, sino como una red viva de relaciones impredecibles e interdependientes que sostienen tanto a la naturaleza como a nuestras sociedades.
Muy cerca, Sertão Negro construye un muro de arcilla que funciona como archivo vivo de saberes indígenas y quilombolas: una arquitectura precaria y transformable que reivindica el conocimiento como práctica compartida y espacio de activaciones colectivas.
La rampa central, columna vertebral del edificio, se convierte también en soporte expositivo. Allí aparecen los grandes tapices de Otobong Nkanga, visibles desde múltiples niveles como mapas emocionales del subsuelo: cartografías de extracción, herida y reparación que dialogan con la materialidad del pabellón moderno. La modernidad —con su promesa de progreso y universalidad— es atravesada aquí por sus consecuencias: territorios explotados, cuerpos desplazados, paisajes transformados. En diálogo con esta dimensión ritual, Leonel Vasques presenta Templo de Agua, una instalación que propone el agua como materia espiritual y política: un espacio de recogimiento donde flujo, transparencia y sonido evocan tanto el cuidado de la vida como su fragilidad.
En ese cruce entre materia y espiritualidad, Nádia Taquary expone Ìrókó: A árvore cósmica como una invocación a la memoria afrobrasileña y a las cosmologías yoruba, donde el árbol sagrado se vuelve eje entre cielo, tierra y mundo espiritual. La obra reúne textiles, objetos rituales y símbolos ancestrales para construir un espacio de reverencia y cuidado. Más que representar un árbol, Taquary propone habitarlo como una arquitectura simbólica que sostiene vínculos entre cuerpos, ancestros y territorios.
Wolfgang Tillmans exhibe por primera vez reunidas sus fotografías de ríos tomadas durante décadas: el Nilo, el Congo y otros cauces aparecen como un atlas silencioso del tiempo y del flujo, de la imposibilidad de fijar lo vivo. En una Bienal que piensa el estuario como metáfora, el río no es solo imagen: es método, duración, relación.
En una zona donde la luz parece bajar el volumen, María Magdalena Campos-Pons introduce el rito y la espiritualidad como tecnologías del cuidado. Su instalación Macuto, inspirada en la santería, transforma el espacio expositivo en umbral, altar y refugio, recordando que no todo conocimiento se articula desde la razón occidental. La instalación se compone de elementos simples —objetos suspendidos, recipientes, textiles, líquidos, superficies reflectantes, cantos o sonidos tenues— dispuestos como constelación ritual, donde la superposición de velos, reflejos y capas permite que lo visible y lo invisible coexistan sin jerarquía. Cada objeto funciona como nodo de significado: ofrendas, vestimentas ceremoniales, líquidos que aluden al agua y a la sangre, a la vida y al tránsito.
Más que explicar, la Bienal calibra. No impone discursos: propone atmósferas. No grita consignas: afina sensibilidades. La curaduría actúa como una ecología de relaciones, donde cada obra es un nodo dentro de una red mayor. Lo humano aparece no como centro, sino como uno más de los agentes en un sistema vivo que incluye territorios, materiales, memorias y otras especies.
En el Pavilhão Ciccillo Matarazzo no se ofrece una imagen cerrada de la humanidad. Se ofrece, en cambio, un ensayo sensible sobre cómo seguir habitando un mundo fracturado. Así, caminar la Bienal no es avanzar por un camino claro: es aprender a orientarse en la mezcla, la superposición y el roce con lo distinto. Quizás ahí, en ese ejercicio lento de atención, se juegue hoy lo más urgente de lo humano. El ensayo, además, no se clausura en São Paulo. La Bienal no termina en enero: una selección de esta edición llegará en junio al Centro Cultural La Moneda, extendiendo el estuario paulista hacia Chile y permitiendo que estas preguntas sobre convivencia, cuidado y futuro, sigan desplegándose ahora en nuestro territorio. 
* Jeannette Plaut es decana de Arquitectura, Diseño y Artes Digitales de la Universidad Gabriela Mistral. La fotografía que acompaá esta nota es de Marcelo Sarovic.