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Museo del Inmigrante: un faro de luz para Valparaíso

Desde su inauguración en agosto pasado, Destino Valparaíso se ha transformado en un foco de atracción para el “puerto principal”. Con una muestra que enaltece el aporte de los inmigrantes del siglo XIX y de la primera mitad del siglo XX, además de una nutrida oferta gastronómica y cultural, la iniciativa del empresario Eduardo Dib busca ser un impulso para la ciudad.

“En 1853, la Hudson’s Bay Company, en Londres, estaba ansiosa por enviar mineros lo más pronto posible para explotar el carbón descubierto en Nanaimo, en la Isla de Vancouver. Escogido entre otros buques disponibles, el Colinda era una nueva nave de 581 toneladas, con tres mástiles, popa cuadrada y dos cubiertas. Con solo 119,5 pies de largo, 26,5 pies de ancho en el centro y casi 20 pies de profundidad interior, resulta difícil imaginar cómo acomodar cómodamente a los pasajeros. Había 40 noruegos y un sueco, 43 mineros escoceses, 40 esposas, 85 niños y, además, 30 tripulantes, junto al agua, el ganado, los alimentos y la carga. La congestión causó numerosas dificultades durante el largo viaje desde Londres, pasando por el Cabo de Hornos. El capitán, John Powell Mills, desde un inicio mantuvo un trato deficiente con los pasajeros. Tanto así, que en muchas ocasiones les negó comida y agua, provocando la muerte de hombres, mujeres y niños por escorbuto, lo que derivó en un violento motín a bordo y en que las familias escocesas de mineros del carbón se negaran a reembarcarse en el Colinda en Valparaíso. Fue inesperado continuar sus vidas en un país donde el idioma y las costumbres eran desconocidos”.

El relato, obra de la canadiense Judith Hudson Beattie a partir del diario de viaje escrito por el médico del Colinda, Henry William Alexander Coleman, refleja las dificultades que implicaba viajar desde Europa al cada vez más cosmopolita puerto de Valparaíso a mediados del siglo XIX. La historia de los mineros escoceses que, sin buscarlo, terminaron radicándose en el puerto o en Lota marcó a generaciones e incluso uno de ellos, Peter Hunter, es ancestro directo de quien escribe este artículo.

Británicos, franceses, italianos, alemanes, españoles, griegos y suizos, y posteriormente sirios, libaneses y palestinos, fueron llegando en distintas oleadas migratorias a Valparaíso en busca de una mejor vida entre mediados del siglo XIX y el término de la Segunda Guerra Mundial, período en el que se centra precisamente la muestra del Museo del Inmigrante. Abierto al público en agosto pasado, el espacio ha recibido solo elogios por parte de la comunidad y de quienes lo visitan. Fundado por el empresario viñamarino Eduardo Dib en lo que fuera el Colegio Alemán de Valparaíso, el museo es el resultado de diez años de trabajo en los que arquitectos, maestros, restauradores, artesanos y museógrafos confluyeron para construir una experiencia que nos conecta con parte de nuestras raíces.

Tras varios años cerrado al público, hoy este espacio —rebautizado como Destino Valparaíso— es motivo de orgullo para la ciudad. Ubicado en el Cerro Concepción, el edificio original se construyó en 1897, al que en décadas posteriores se le añadió una segunda parte. Lo primero que se observa al ingresar al patio de Destino Valparaíso es una placa de fierro negro que recuerda a los alumnos que murieron en Europa durante la Primera Guerra Mundial. Son decenas de nombres escritos en letras góticas bajo una cruz de hierro propia de la época. Jóvenes que nacieron y se criaron en este mismo cerro y que encontraron su muerte en alguna trinchera llena de barro, sangre y cuerpos mutilados. Un recordatorio de que buena parte de la historia moderna también ha pasado por las calles del puerto chileno, sus quebradas y recovecos.

Alrededor del patio central se distribuyen restaurantes, cafés, emporios, una tienda, una librería, dos salones de conferencias y un biergarten que aportan valor agregado al lugar. Muchos de los locales pertenecen a emprendedores locales o son extensiones de negocios tradicionales de la región. Allí está el restaurante Da Mafalda, cuya dueña, Daniela Fada, proviene de una familia de inmigrantes oriundos de Cerdeña y de la isla de Corfú, en Grecia, y que reproduce las recetas mediterráneas de su tía bisabuela. También se encuentra la pastelería Stefoni, conducida por la tercera generación de propietarios de este baluarte de los empolvados y canelones porteños, cuyo local original nació en 1951.

La idea detrás de Destino Valparaíso es ser un vehículo de experiencias intergeneracionales, además de un proyecto cultural entretenido, donde pasarlo bien sea central. De ahí que la entretención tenga un lugar predominante junto a la historia, la cultura y el rescate patrimonial, convirtiéndose en un espacio al que dan ganas de volver. De acuerdo con el empresario Eduardo Dib, “este es un proyecto de entretención cultural, gastronómica y comercial, pensado para que la gente regrese y no lo visite solo una vez. Un lugar donde se sienta en una plaza pública cuidada y protegida y que funciona como un faro en el cerro, completamente iluminado”.

Zarpando hacia el puerto principal

Un viaje normal entre Europa y Valparaíso hacia 1850 podía durar entre 90 y 120 días. Para 1900, el mismo trayecto se había reducido a un mes de navegación gracias a los modernos barcos a vapor de la época, y es precisamente con la imagen de uno de estos buques que comienza el recorrido al interior del museo. Antes, el hall de acceso da la bienvenida con las boleterías y una tienda que se construyeron donde antiguamente se ubicaba el gimnasio del colegio. Aún con su piso de parqué original, su galería y el mobiliario de los camarines expuestos, resulta fácil imaginar a niños y jóvenes corriendo y compitiendo en ese espacio.

Una vez dentro, la silueta del barco invita a zarpar rumbo a Valparaíso y a experimentar la vida en el mar de hombres, mujeres y niños que dejaban sus tierras en busca de un futuro mejor. Tras el navío se observan las maletas de los viajeros, con las ropas y ajuares que traían consigo: vestidos, utensilios de perfumería e imágenes de familias completas que emprendieron el mayor viaje de sus vidas. Ya fuera cruzando el Cabo de Hornos, desembarcando en Buenos Aires para luego atravesar el continente por tierra, o transitando por el Canal de Panamá, Valparaíso representó para miles de inmigrantes un sueño.

“Yo soy hijo y nieto de inmigrantes, por lo tanto, siempre he tenido una admiración por la inmigración, porque es uno de los desafíos más grandes que puede enfrentar un ser humano. En nuestro caso, los árabes llegamos sin saber el idioma a comienzos del siglo XX, escapando de una muerte segura, y arribamos a un lugar precioso y floreciente como este. Admiro especialmente a los árabes e ingleses que hicieron Valparaíso, y esa admiración se ha traducido en este museo para mostrar la historia del Valparaíso”, señala Eduardo Dib.

Tras la primera parte del recorrido, que muestra cómo viajaban los inmigrantes y su llegada a Chile, se accede a un emporio en el que se perciben aromas como los de los antiguos dulces de leche o de menta que se vendían a granel, se observan avisos publicitarios de productos como los cigarrillos Marca Chancho o la crema El Harem, y se reconocen marcas nacidas en el puerto como McKay, Hucke, Carozzi y Ambrosoli, que hasta hoy llenan las góndolas de almacenes y supermercados.

La siguiente sala resalta el Valparaíso industrializado, en gran parte forjado por empresarios y emprendedores extranjeros. Ahí destaca también la maqueta y el video realizado con inteligencia artificial sobre el primer submarino chileno, el Flach, construido en 1866 por el ingeniero alemán Karl Flach, protagonista de uno de los episodios más surrealistas y trágicos de la historia de la ciudad, cuando durante su inmersión de prueba quedó atrapado en el fondo marino, causando la muerte de sus once tripulantes.

En poco más de cuatro meses de funcionamiento, más de 26 mil personas han visitado el museo —mientras que sobre 100 mil han ingresado a Destino Valparaíso—, en lo que para muchos ha sido un viaje por sus propias memorias familiares, donde las historias de sus antepasados parecen materializarse en cada rincón y panel. En numerosos casos, la emoción se refleja en los rostros de quienes se detienen a observar cada objeto o fotografía. Alegría, nostalgia e incluso pena por quienes ya no están forman parte de lo que provoca la muestra.

En un momento en que la inmigración se debate a nivel mundial, el Museo del Inmigrante nos confronta tanto con el pasado como con el presente. Como señala su creador, “nosotros relevamos la época de los inmigrantes históricos, desde los ingleses que llegan tras la independencia hasta el término de la Segunda Guerra Mundial. En ese sentido, es un museo que no aborda lo que ocurre hoy, independientemente de que sigo creyendo que la inmigración es una experiencia épica, porque las personas deben escapar de guerras y presiones políticas, dejando a sus familias para reconstruir sus vidas. Eric Goles dijo en una presentación que los inmigrantes venían a buscar un tesoro, y la verdad es que no se daban cuenta de que ese oro lo traían dentro de su propia alma”.

En la casa de italianos, ingleses y franceses

A mitad del recorrido por el museo, que puede extenderse hasta dos horas, se asciende en un ascensor hasta el mirador, desde donde se obtiene una vista casi en 360 grados de la ciudad. A diferencia de los paseos del Cerro Alegre y el Cerro Concepción, que miran hacia la bahía, aquí destaca la vista hacia los cerros, sus iglesias y el Cementerio de los Disidentes, que alberga las tumbas de muchos inmigrantes luteranos, anglicanos y ortodoxos que no profesaban la religión católica.

Por las noches, la torre proyecta un haz de luz que ilumina el cerro. Para una ciudad que ha sido golpeada reiteradamente, este verdadero faro busca ser una guía hacia el futuro. “Valparaíso merece estos gestos, porque la ciudad está renaciendo: se ve más limpia, más segura, con proyectos como este que abren caminos para otros desafíos, como la recuperación del Barrio Puerto, que es, por lejos, una de las zonas más bellas de la ciudad. Hemos contado con el apoyo universidades que han encontrado aquí un polo de atracción cultural que dialoga con la reactivación de Valparaíso”, cuenta Eduardo Dib.

De regreso al edificio, se llega a la antigua sala de bolos del Colegio Alemán, donde en realidad se practicaba kegeln, disciplina que utiliza solo nueve palitroques y cuyo origen medieval se remonta a Alemania como un ritual religioso para limpiarse del pecado, haciendo rodar una piedra contra un palo (kegel) que representaba a los paganos. De allí proviene el término keglers para los jugadores de bolos. Según se cuenta, este espacio estaba vetado para los alumnos, por lo que solo profesores y miembros de la colonia podían acceder a esta gran sala, lo que permitió que se conservara casi intacta con el paso del tiempo.

Tras el bowling, se llega quizás al corazón de la muestra, donde se recrean salas de casas de familias británicas, italianas y francesas. Es posible recorrer un living inglés preparado para la hora del té, una cocina italiana donde se cocina pasta y deslumbrarse con la elegancia de los galos. Luego de estos espacios —donde también se exhiben objetos tradicionales de cada colonia y figuras como el asesino en serie Emile Dubois— aparecen las vitrinas dedicadas al cuerpo consular y a colectividades más pequeñas, entre las cuales los árabes y palestinos ocupan un lugar destacado.

Así, finalmente, los visitantes acceden al gran salón, que tras su restauración se convierte en un espectáculo en sí mismo, gracias a sus enormes ventanales, su escenario para coros y los frescos con las insignias de cada región alemana. Es en este salón donde, como cierre del recorrido, se proyecta un video mediante un moderno sistema de mapping que resume la historia de los inmigrantes en Valparaíso, quienes junto a chilenos forjaron el devenir de la ciudad y, también, del país.

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