Chile tendrá más personas mayores de 65 años que niños y adolescentes antes de mediados de siglo. Según el Censo 2024, el 14% de la población ya supera esa edad, más del doble que hace tres décadas, y la tendencia se acelera.
La ingeniera Carla Taramasco, directora del Instituto de Tecnología para la Innovación en Salud y Bienestar (ITiSB) de la Universidad Andrés Bello, expuso ante una comisión de la ONU una pregunta pertinente ante este escenario: ¿por qué la tecnología que se desarrolla en el mundo casi no considera a quienes más la necesitarán?
La respuesta que ella misma entrega es incómoda. Solo el 4% de las tecnologías disponibles está diseñado pensando en personas mayores de 60 años.
El resto –autos autónomos, realidad aumentada, interfaces digitales– se construye para usuarios que no tienen dificultades de visión, audición o movilidad, y que reaccionan con la velocidad de alguien de 30 años. “Diseñamos autos autónomos, pero no sillas de ruedas inteligentes accesibles. Invertimos en realidad aumentada, pero no en interfaces que entiendan la lentitud o los reflejos de una persona de 80 años”, dijo Taramasco ante el panel de expertos convocado por la División de Población de las Naciones Unidas.
La vivienda como primer centro de cuidado
La propuesta central de Taramasco parte de una idea que parece simple pero tiene implicancias profundas: el hogar debe dejar de ser un espacio pasivo y convertirse en un entorno activo de monitoreo y protección. Un hogar inteligente, según su planteamiento, incorpora sensores, IA y dispositivos conectados para detectar caídas, intrusiones, cambios en los patrones de comportamiento diario o eventos médicos como la nocturia (el despertar nocturno frecuente para ir al baño), que puede indicar problemas de salud subyacentes.
El objetivo no es reemplazar la presencia humana ni transformar la vivienda en una sala de hospital, sino anticipar riesgos y sostener la autonomía. Para Taramasco, el hogar es el primer centro de cuidado, y dotarlo de tecnología adecuada es una forma de garantizar que las personas mayores puedan seguir viviendo de forma independiente sin depender exclusivamente de cuidadores o de instituciones de salud.
Pero para que eso funcione, advierte, no basta con instalar dispositivos. Se requiere legislación que proteja la privacidad y los derechos digitales de los usuarios, alfabetización digital tanto para los adultos mayores como para sus cuidadores y los proveedores de salud, y estándares técnicos que permitan integrar los datos del hogar con los registros clínicos. Sin esa base, el potencial de la tecnología no puede materializarse de forma confiable.
Un país que envejece más rápido de lo que se prepara
En Chile, el índice de envejecimiento muestra que por cada 100 personas menores de 14 años hay hoy 79 adultos mayores, y esa proporción seguirá creciendo. Al mismo tiempo, los hogares se achican: el promedio de integrantes por vivienda bajó a 2,8 personas, y una de cada cinco viviendas alberga a una sola persona, en su mayoría adultos mayores. Es decir, más personas envejecen solas, en casas cada vez menos preparadas.
Taramasco llama a este fenómeno “una creciente soledad” y sostiene que la respuesta no puede ser solo sanitaria. La ingeniería social y tecnológica debe acompañar este cambio demográfico, no para administrar una crisis, sino para convertir el envejecimiento en una oportunidad. “La longevidad es un logro civilizatorio, pero requiere una respuesta integral. Si la ingeniería se orienta al bienestar y la inclusión, puede convertir el envejecimiento en motor de innovación social y económica”, afirmó.
La participación de la investigadora chilena en la consulta de expertos de la ONU –instancia preparatoria para la sesión de la Comisión sobre Población y Desarrollo que se celebrará durante este mes en Nueva York– posiciona a Chile como referente regional en lo que Taramasco denomina “gerontecnología”: la combinación de ingeniería, ciencias sociales y ética aplicada para responder a los desafíos del envejecimiento.