En dos años más, Chile cruzará una frontera inédita: por primera vez desde que existen registros, morirán más personas que las que nacen. Según el INE, la Tasa Global de Fecundidad, que en 2024 era de 1,06 hijos por mujer y que en 2025 cayó a 0,97 —la cifra más baja de la historia del país—, seguirá descendiendo hasta llegar a 0,89 el 2028. Ese año, según Miguel Ojeda, jefe de Demografía del INE, “el número de defunciones superará al número de nacimientos, dando inicio a un período de crecimiento natural negativo”. En simple, Chile quedará entre las tasas de fecundidad más bajas del mundo, por debajo incluso de Japón, mientras la esperanza de vida sigue subiendo: de 74,6 años en 1992 a 81,8 proyectados para 2026.
Envejecemos más rápido de lo que nacemos. Es un fenómeno mundial, pero son estas cifras nacionales las que Martina Yopo lleva más de una década tratando de entender y explicar, no desde la demografía dura, sino desde la sociología. Doctora en Sociología por Cambridge, académica del Instituto de Sociología UC, ha sido investigadora postdoctoral del Max-Weber-Institut für Soziologie, de la Universidad de Heidelberg, y consultora del PNUD. Su trabajo aborda anticoncepción, embarazo, infertilidad y parentalidad desde una perspectiva de género. Varias miradas para entender un fenómeno tendencial, pero complejo, y que en su lógica debe huir de generalidades y ficciones distópicas.
Martina Yopo tiene 39 años, está casada con un alemán, es madre de una niña de dos y enfrenta una agenda exigente. Ella misma es, de algún modo, el ejemplo vivo de la ecuación que investiga, la de una generación que intenta sostener a la vez una carrera, una pareja y una crianza en un país donde formar familia se volvió cada vez más difícil.
Su interés en el tema despertó en 2014. Cuando inició sus estudios de posgrado en Cambridge, Yopo tuvo que elegir un tema para su tesis de magister: venía interesada en la familia y en el tiempo y decidió mirar los cambios en la transición a la maternidad, sin tener muy claro qué iba a encontrar. Esa tesis se transformó en una doctoral para la que entrevistó a cuatro generaciones distintas de mujeres chilenas — desde madres de los años 50 y 60 hasta generaciones consecutivas— y de ahí surgió uno de sus hallazgos más citados: la posteriorización de la maternidad —la postergación deliberada de la decisión de ser madre—, que hoy es una realidad asumida, pero que en ese entonces en Chile recién empezaba a discutirse. “Cuando volví con esos hallazgos me decían: ¿pero por qué traes esos temas que son como de Europa, si aquí el problema es el embarazo adolescente? Y yo insistía: acá hay transformaciones profundas”, recuerda sentada en su ordenada oficina del Campus San Joaquín de la UC. “Detrás de esa postergación hay más autonomía y más libertad para elegir otros proyectos de vida, pero también mucha dificultad para poder elegir ser madre: un fenómeno que no admite lecturas simples”, agrega.
—Hablas de la “pobreza de tiempo”. ¿Cómo la defines y cómo se conecta con la decisión de ser madre?
“Me empecé a interesar en los temas de tiempo por el trabajo que hice muchos años con Pedro Güell —uno de los sociólogos más importantes de Chile, hoy en la Universidad Austral—, que me enseñó sociología del tiempo. Después traje ese bagaje teórico al ámbito reproductivo, y uno de los productos más bonitos de mi doctorado tiene que ver justamente con deconstruir la narrativa del reloj biológico. Cuando entendemos que el tiempo reproductivo funciona como un reloj, eso supone un tiempo lineal, un apuro social, una presión. Yo trabajo esa idea dentro de un concepto más amplio, el de infertilidad estructural: hoy existen condiciones que hacen difícil formar familia, y una de ellas es la pobreza de tiempo. En un contexto de fuerte aceleración social, las horas del día no alcanzan para cumplir con la cantidad de roles y expectativas que tenemos, sobre todo cuando se ha vuelto tan difícil conciliar el trabajo con la familia”.
—Y esta pobreza de tiempo no es igual para hombres y mujeres.
“No. La investigación ha mostrado sistemáticamente que las mujeres tienen más pobreza de tiempo que los hombres, porque tienen una mayor carga global de trabajo. Eso lo muestran las encuestas de uso de tiempo en Chile y en el mundo. Hoy, muchas mujeres jóvenes se preguntan si van a tener tiempo suficiente para sus hijos y para mantener sus carreras y sus hogares, y esa pobreza de tiempo está llevando a muchas personas jóvenes a no tener hijos.
“De hecho, La 2da Encuesta Nacional sobre Uso del Tiempo, publicada en 2025, arroja que las mujeres dedican al cuidado una cantidad similar a la que destinan a su trabajo remunerado”.
—Chile ha ido cambiando culturalmente. Hay más autonomía respecto de la Iglesia Católica y de sus modelos de familia y también se valora de otra forma al padre ausente y al hijo “huacho” que describió la antropóloga Sonia Montecino. ¿Cuánto pesa eso en la baja de la natalidad?
“El tema religioso es muy importante, pero yo diría que es parte de un cambio cultural más profundo, que tiene que ver con una reconfiguración de las estructuras de la familia. En Chile históricamente existieron familias muy diversas: la familia nuclear consagrada por el matrimonio siempre fue un modelo normativo,
pero muy poco una realidad empírica. Y ese modelo de la madre sacrificada se configura, en parte, a partir de la idea del culto mariano: esa madre abnegada, infinita y acogedora. Las estadísticas, tanto en Chile como afuera, muestran que las personas religiosas siguen teniendo niveles de fecundidad más altos que las agnósticas o ateas, porque adscriben a valores más tradicionales en torno a la familia. Pero yo enmarcaría este tema en una transformación cultural más amplia, más que solo en la secularización.”
—¿Es también la pérdida de cohesión social un factor importante?
“Absolutamente, y hay dos temas clave. En Chile, si bien no existía una estructura de cuidado formalizada desde el Estado, había redes comunitarias, familiares y de barrio que suplían esa necesidad colectiva de cuidado que toda niñez requiere. Hoy esas redes están fragmentadas, los hogares tienen cada vez menos manos disponibles, y la falta de confianza en el lazo social también incide: antes uno le dejaba los niños a la vecina. Hoy, ¿quién le deja los hijos a la vecina? Y hay otra variable: el cuidado intergeneracional. Hoy hay jóvenes que se preguntan por tener hijos, pero ya les está tocando cuidar a sus padres, en términos económicos, de tiempo y de desgaste emocional. Y quienes se convierten en madres o padres a edades más avanzadas tienen padres y abuelos mucho más envejecidos, que ya no pueden apoyar en el cuidado como antes”.
-Hablemos también de la clase media y la clase media alta, de profesionales que hoy, en las condiciones actuales, no alcanzan a sostener una familia. ¿Qué está pasando ahí?
“Algo que resulta muy interesante es cómo tener hijos se está volviendo un marcador de estatus y un privilegio de clase, invirtiendo la relación histórica: antes, las familias muy numerosas eran marca de pobreza; hoy, poder tener varios hijos es un lujo. Todas las políticas de planificación familiar en América Latina desde los años 60 estuvieron orientadas a reducir el tamaño de las familias como estrategia de movilidad social.
Hoy es al revés. Yo siempre me pregunto: ¿quién se puede dar el lujo hoy de tener muchos hijos? Para tener hijos bien cuidados en Chile se necesita mucho dinero; pero si no eres rico, para generarlo tienes que trabajar mucho, y vas a tener niños a los que no vas a ver. En este contexto de parentalidad intensiva, ser buen padre o buena madre requiere estar presente, y hay contradicciones estructurales que dificultan el proyecto de familia. A eso se suma una ideología de parentalidad intensiva: los chats de WhatsApp del jardín infantil, donde de un viernes para el martes te piden construir un móvil de invierno. Los niños no necesitan un padre estresado un fin de semana resolviendo sobre materiales y manualidades”.
Esa exigencia, dice Yopo, empieza incluso antes de que el hijo nazca: cada vez más mujeres jóvenes desarrollan miedo al embarazo, al parto y a la lactancia, frente a estándares de crianza que solo se han elevado. “No es solo el rechazo a cumplir con esas exigencias: muchos se preguntan si van a poder ser
buenos padres. Y muchas veces la respuesta es que, en esas condiciones, no pueden”, resume.
A seis décadas de la píldora
—En los 60 irrumpe la píldora. ¿De qué manera ese momento histórico es importante en la caída de la natalidad?
“Muchísimo. La píldora representa un hito, porque permite la planificación familiar y disocia la vida sexual de la vida reproductiva. En Occidente esa introducción se asocia a la emancipación femenina; pero en países en vías de desarrollo, como Chile, vino de la mano de programas de planificación familiar que buscaban reducir el tamaño de las familias para combatir la pobreza. Hubo afiches con familias de dos hijos, y familias más numerosas retratadas como niños sucios o mal alimentados. Fue bastante brutal. Y en la región tuvo capítulos aún más oscuros, como las esterilizaciones forzadas del Perú de Fujimori, en los 90, presentadas como emancipación femenina y que terminaron siendo una vulneración de derechos reproductivos. Después, en Chile, con la transición a la democracia en los 90 no hubo un programa deliberado, pero con el modelo neoliberal se internalizó que ahora era responsabilidad de la familia garantizar el futuro de los hijos. Me ha tocado entrevistar a mujeres de sectores populares para quienes la maternidad era lo que más sentido le daba a sus vidas, pero que tuvieron un solo hijo: si querían tenerlo bien, que llegara a la universidad, tenía que ser uno solo. Y hoy la fecundidad cae en todo el planeta. Incluso en países africanos donde antes se tenían ocho hijos y hoy se tienen seis. Vale la pena subrayarlo: pensar este fenómeno únicamente en clave de mujeres blancas y urbanas sería un error”.
—¿Qué rol juega el feminismo, o los feminismos, en el fenómeno de la fecundidad?
“Yo trabajo desde el marco de la justicia reproductiva, una corriente feminista surgida en Estados Unidos en los 90. El feminismo en Chile y en América Latina ha puesto mucho énfasis en los derechos sexuales y reproductivos vinculados a la anticoncepción y el aborto, y menos en el derecho a tener hijos, que normativamente es igual de válido. El feminismo debería ampliar su comprensión de la autonomía reproductiva para incluir también a las mujeres que quieren ser madres y no pueden, por condiciones económicas y estructurales, o porque postergaron y ya no tienen acceso a tratamientos de fertilidad. En Maternidades hay un capítulo muy bonito de Lieta Vivaldi, que muestra cómo las mujeres que sufren
infertilidad ven sus demandas poco acogidas por el propio movimiento feminista. Hay también movimientos como el Birth Strike, que ponen la capacidad reproductiva como forma de protesta política, pero en Chile son un nicho muy pequeño. Lo que sí veo, en un marco menos politizado, es mucha irritación frente a cómo está organizada socialmente la maternidad: tener hijos supone altas cargas mal distribuidas dentro de la pareja y en la sociedad”.
La otra mitad
-Te has referido a la vasectomía y al miedo a la paternidad como consecuencia de las demandas alimentarias. ¿Qué está pasando ahí?
“Las vasectomías en Chile han aumentado más de 1.700%: pasamos de tener 200 o 300 al año a tener ocho mil o más. En general son hombres que ya tienen hijos y no quieren tener más, pero cada vez son más los hombres sin hijos que se están haciendo la vasectomía porque no quieren ser padres. Es un fenómeno complejo, que no cabe en el estereotipo del hombre egoísta ni en el del pobre hombre que no puede convertirse en padre”.
—¿Por qué insistes tanto en que esto no es solo un tema de mujeres?
“Porque los hombres son la mitad de la ecuación y no tenemos idea de lo que está pasando con ellos. No existe muy socializada la transformación psíquica, emocional y material que les ocurre cuando tienen un hijo. Hay mucha soledad en la paternidad: cuando los hombres se juntan con sus colegas, no hablan de lo difícil que es el cuidado, porque eso desafía ideas hegemónicas de la masculinidad. Tampoco se habla de la pérdida de libertad que muchos hombres jóvenes describen cuando piensan en tener hijos”.
Esa soledad masculina es una de las razones por las que ahora prepara Paternidades, su próximo libro. “Por eso lo estoy haciendo: tenemos que entenderlos a ellos también”, dice.
Cuenta una anécdota de una investigación sobre cómo los hombres se involucran en el embarazo, el parto y el posparto: un padre que quería estar presente pero no sabía cómo, terminó poniéndose “en modo planta” en una esquina de la sala para no estorbar. “Hay hombres que se quieren involucrar, pero no tienen referentes culturales ni oportunidades institucionales”, dice.
Y aunque hoy hay más modelos de padre presente, hasta hace poco, antes de la ley de deudores de pensiones de alimentos, teníamos un 84% de endeudamiento. Esa ley importa no solo por la plata que ahora llega a esos niños, sino simbólicamente: instala una expectativa real de corresponsabilidad. El cambio cultural es incipiente, pero aún no se materializa del todo.
—¿Cuáles son las consecuencias, a mediano y largo plazo, de esta caída tan abrupta de la fecundidad?
“Una caída tan profunda como la que hemos tenido en Chile tiene un impacto directo sobre el decrecimiento y el envejecimiento de la población. En 2028 vamos a empezar a tener un crecimiento natural negativo. Vamos a llegar a ser veintitantos millones, y en algunas décadas más vamos a descender a 17 millones. Esto importa porque toda la organización de nuestros sistemas sociales clave —salud, educación, vivienda, pensiones, trabajo, cuidado— está basada en el principio del recambio generacional. Ese principio hoy está en entredicho”.
—¿Hay también un riesgo de que este momento se lea en clave xenófoba, frente a la migración?
“Sí, y me preocupa. Terminamos un estudio donde analizamos miles de comentarios en redes sociales sobre noticias que abordaban la fecundidad migrante, y el nivel de racismo y violencia explícita que emerge ahí es brutal. Hoy, en Chile, uno de cada cinco niños que nace es de madre migrante, pero esos niños son chilenos. En todo caso, hay que evitar discursos demasiado distópicos, del tipo “nos estamos extinguiendo”. Me parece clave, por ejemplo, identificar y capitalizar las oportunidades que abre el descenso de la fecundidad: menos niños por sala puede traducirse en mejor calidad educativa, y menos partos, en mejor atención en salud. La pregunta es cómo resolvemos esto: ¿a través del conflicto o de la cohesión y la solidaridad?”.
—¿Te parece que esta sea, como se ha dicho, una emergencia nacional?
“Me parece un desafío importante de desarrollo para el país. Cualquier política pública sobre la configuración de la familia tiene que respetar la autonomía reproductiva: el derecho de todas las personas a decidir si quieren tener hijos o no. El objetivo no puede ser solo tener más hijos: tiene que ser entregar las condiciones para que quienes quieran formar familia puedan hacerlo, sin distinción de género, clase o tipo de familia —lo que incluye el acceso a tratamientos de fertilidad y a tecnologías de reproducción asistida para parejas del mismo sexo—”.
—¿Te da miedo que este fenómeno termine siendo adosado como responsabilidad de las mujeres?
“Muchísimo. Lo que he tratado de instalar —creo que con relativo éxito— es que esto no tiene que ver con las mujeres: tiene que ver con condiciones estructurales que están haciendo difícil formar familia. Antes de apuntar el dedo y decir que las mujeres solo se preocupan de ellas mismas, tenemos que fijarnos en las condiciones que la sociedad está ofreciendo para poder formar familia”.