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Antonia Russi: la nueva voz de la derecha liberal

Sicóloga, historiadora, investigadora de la Fundación para el Progreso, panelista en Radio Agricultura y columnista en El Líbero. Tiene 29 años, admira a Margaret Thatcher y niega la existencia del patriarcado. Desde una vereda liberal clásica, habla de victimismo, infantilismo y de una derecha que, según ella, ha sido intelectualmente floja. Con o sin acuerdo, ya es hora de saber qué piensa, dice y escribe.

Cree en la libertad individual como principio ordenador de la vida pública y privada. Defiende que el feminismo nació liberal y fue secuestrado por el colectivismo. Niega la existencia del patriarcado. Está convencida de que la maternidad es entrega, no costo. Afirma que la derecha chilena ha sido intelectualmente floja y que esa flojera hoy pasa factura. Tiene 29 años y admira a Margaret Thatcher, también a Cayetana Álvarez de Toledo y a Isabel Díaz Ayuso. Es sicóloga clínica, pero se dedica a la sicología social. Es historiadora y comenta actualidad política.

Antonia Russi, con estudios en la Universidad de los Andes y un cierto parecido a Brooke Shields (no sólo por sus cejas), es hace casi ocho años parte de la Fundación Para el Progreso (FPP), el centro de estudios liberal presidido por Axel Kaiser, con Nicolás Ibáñez como past president, y que se define en LinkedIn como “dedicado a formar jóvenes para una América Latina más libre, digna, próspera y en paz”.

Llegó invitada por el propio Kaiser, a quien ella seguía y leía siendo una adolescente. Sentada en la sala de reuniones de la fundación, con vistas al Mapocho, el San Cristóbal y la cordillera, Russi recuerda que le llamó la atención que él “fuera una de las primeras figuras en Chile, en el mundo de la opinión pública, que no pedía perdón por decir lo que pensaba al defender ideas liberales clásicas”. Con el estallido de 2019, el interés de Russi por las ideas de Kaiser y la FPP se aceleró. Finalmente se abrió el espacio para que se sumara a través del cruce de la psicología, la historia y la teoría cultural dentro de un think tank liberal.

Su voz se escucha en Radio Agricultura. Sus columnas se leen en El Líbero. Es bastante posible que estemos frente a una nueva mirada con la que no es necesario comulgar, pero sí atender si se quiere comprender qué está pasando en las derechas y su recambio generacional.

—¿Qué te interesó de la sicología?
“Desde chica me atrajo lo público, pero no la política partidista. Me interesaba la parte cultural, la intelectualidad, la academia. Quería algo intermedio entre lo antropológico y lo filosófico, lo que me dejó dando vueltas entre Filosofía, Historia, Literatura y Derecho. Quise estudiar Historia, pero me frenaba el fantasma de ser profesora. Nadie me aclaraba bien cuál era el campo real de la disciplina. Terminé en Psicología y, aunque el primer año me decepcionó —era demasiado clínico, yo quería entender al individuo en sociedad, no solo su mundo interior—, al final agradezco esa formación”.
Junto a la Psicología cursó la licenciatura en Historia. Su tesis fue sobre la identidad nacional en la Guerra del Pacífico.

En la FPP, Russi es la única sicóloga y en sus investigaciones ha abordado el feminismo, la llamada Generación Z, la cultura del victimismo y del narcisismo —fenómenos que, para ella, forman un mismo nudo—.

—¿Qué es la cultura del victimismo?
“El concepto viene de la Sociología. Hay toda una línea teórica en torno a las estructuras morales de las sociedades. Hubo sociedades guerreras donde el heroísmo te situaba moralmente. Con la modernidad surgió la idea de la dignidad: el buen ciudadano era lo que se buscaba. Hoy, en la cultura de la victimización, lo que da estatus moral es cuánto he sufrido, no cuánto he superado. El problema es que ser víctima hoy genera atención e, incluso, ganancias materiales. Los estados les entregan más a quienes son más víctimas. Hay gente que sí necesita ayuda, pero otra que no”.

—¿El individualismo es sinónimo de egoísmo?
“No. Se ha utilizado como sinónimo y eso es una mala jugada. Es mucho mejor fomentar el individualismo frente al creciente colectivismo. Incluso creo que el colectivismo es mucho más narcisista que el individualismo”.

—¿Cómo así?
“El individualismo viene del proceso de individuación de la persona humana: cuando me hago individuo, me hago alguien responsable de mis propios actos. Integro la sombra y la luz. Ese es el proceso de madurez. Cuando no hago ese proceso, necesariamente voy a tener un estilo atribucional externalizante: las cosas que me pasan están afuera, no dependen de mí. Una persona no puede establecer relaciones significativas —románticas, políticas, de ciudadanía— sin ser ante todo un individuo completo. El narciso, en cambio, viene de una herida interna y proyecta su responsabilidad en el resto. Por eso también le resulta tan fácil colectivizarse, pero no para hacerse cargo de una comunidad: para exigirle”.

—¿Somos una sociedad infantilizada?
“Sí. Vivimos en una sociedad horizontal donde el alumno le pega al profesor, donde los padres quieren ser amigos de sus hijos y donde el ciudadano tiene que ser el terapeuta del delincuente. Llegar a la adultez implica tolerar no ser deseado muchas veces, moverse por principios, tolerar la soledad que exige la integridad. Lo que Daniel Mansuy trata como inocencia yo lo llamo infantilismo: el necesitar compulsivamente ser querido y creer que por eso puede exigirse. Justamente ser presidente de la República implica comprender que muchas veces serás rechazado, cuestionado. Eso es el verdadero liderazgo: entender el poder como un acto de servicio y de entrega”.

—¿Son estos rasgos —victimización, infantilismo, narcisismo— propios de Chile o de un momento de la humanidad?
“Es muy occidental. Si hay algo que no está pasando en Oriente es justamente esa permisividad que viene del progresismo más postmoderno de infantilizar al adulto. Lo vemos en Estados Unidos, en las mejores universidades, con los safe spaces, eliminando los estudios griegos o del latín porque ofenden. En el fondo, es quitarle los obstáculos de la vida a alguien que ya es un adulto. Y en eso también entra el lenguaje: la evidencia no puede ofender a alguien. La evidencia es la evidencia y hay que ser responsable de ella”.

—Los primeros meses de Kast: ¿Es lo que esperabas?
“El gobierno anterior fue una pesadilla y al nuevo llegamos con esperanza. En términos de gestión creo que lo han hecho bien. Sí ha estado muy al debe en lo comunicacional estratégico. Tiene que defender lo que están haciendo y proyectarlo pedagógicamente. Algo que se puede aprender de la izquierda es que nunca pierde su narrativa. La derecha tiene que aprender a sostener sus decisiones con una narrativa esperanzadora, como lo hizo Milei cuando dijo no hay plata, lo vamos a pasar mal, y lo sostuvo. Lo del MEPCO es un ejemplo: tomaron una decisión difícil, trataron de sostenerla, pero les faltó la semana siguiente volver a iluminar esas medidas y la razón por la que se estaba haciendo el esfuerzo”.

—Eres cercana a Mara Sedini. Trabajaron juntas en estas oficinas. ¿Qué piensas respecto de su salida del gabinete?
“Es una tremenda colega. Su salida me dejó con una sensación súper molesta: creo que nunca pudo desarrollar su potencial. Desde la primera semana nadie le dio el espacio para ser ella. Evidentemente, es alguien con un estilo característico y novedoso para una vocería que pudo haber sido súper interesante en los nuevos ciclos políticos que se están dando, incluso globalmente. El mundo está cambiando muy rápido y, en comunicación, para qué decir. Creo que si se le hubiese permitido encarnar su verdadero estilo comunicacional, tenía muchas posibilidades. Pero la política es así, y admiro a las personas que se arriesgan y van por las cosas en las que creen, independiente de si les conviene o no. Nadie puede negar que Mara estuvo dispuesta a asumir una tarea muy compleja y por un bien superior al propio. Y eso siempre lo voy a aplaudir”.

—¿Dónde te paras en el espectro de lo que ahora llaman “las derechas”?
“No soy partidista, pero siempre apoyé el proyecto de Kast, porque, a pesar de que no estoy de acuerdo en todo con él, me pareció que tenía un buen diagnóstico de lo que Chile necesita. A la derecha tradicional siempre le he criticado su condescendencia, y para mí Republicanos vino a confrontar eso. Igual hay individuos en distintos partidos que se comportan así; con liderazgos que buscan el progreso de Chile, que no se perciben como redentores, sino como piezas de cambios concretos, y que defienden la verdad con coraje”.

—En esta sala se ven al menos dos imágenes de Margaret Thatcher. ¿Qué significa su figura?
“Es ejemplo de un buen político. Y lo digo en masculino porque creo que se hubiese destacado siendo hombre o mujer. Logró lo que logró por cómo pensó y cómo actuó, y esa es la idea del liberalismo clásico: alcanzar los propios objetivos independientemente de tus características o circunstancias. Además, nunca fue apologética. Nunca temió tener enemigos, ser indeseable. Eso en el liderazgo es fundamental: para hacer el bien tienes que tolerar el rechazo y la soledad; muchas veces exige estar en paz con la exclusión”.

— ¿Qué te parece el estado de la política nacional?
“Los estándares están muy bajos: lo que se le exige a la política es muy poco. Se ha dejado de lado la profundidad, la seriedad, de derecha a izquierda. La derecha siempre ha estado menos preparada en términos filosóficos y culturales que la izquierda, pero también veo que la izquierda está perdiendo esa batalla. Y la derecha no ha sabido capitalizar ese espacio con más contenido”.

—¿Qué valor le das al estudio, a la academia?
“La derecha en particular ha menospreciado mucho el contenido dentro de los discursos políticos: el mundo de las ideas, los principios que sustentan lo que defendemos. Eso significa estudio, mucho estudio. No sólo para saber de dónde viene lo que crees, sino para saber quién eres y dónde estás parado. Eso a la derecha todavía se le nota mucho. El auge de José Antonio Kast representó, en parte, esa crítica a la derecha tradicional: esta condescendencia con la izquierda, porque no sabía bien quiénes eran. Creo que en este primer período también han estado cayendo en eso: no defender realmente los principios que los motivan”.

—La izquierda: ¿tiene una propuesta de desarrollo?
“No la tiene o la hubieran implementado en su gobierno. Hablamos de una izquierda radical —el Frente Amplio y el Partido Comunista— que realmente no cree en el crecimiento económico, en la inversión, en la innovación. Tuvieron que hacer como que sí para mantenerse en el poder. Incluso la presidenta del Frente Amplio lo ha dicho: esto fue una cuestión de los tiempos, pero nuestra agenda de refundación sigue muy vigente”.

—Has abordado la violencia en los colegios. ¿Qué lectura haces?
“Jonathan Haidt lo explica bastante desde la cultura de las redes sociales y la hipervirtualización. Cuando todo es virtual, puedo estar en una relación virtual y salirme sin ningún costo. En la vida real, tengo que pasar por un costo social si quiero romper o entrar en una relación. Viene también de esta idea de la psicología posmoderna de que si entiendo un fenómeno psicosocial necesariamente debo excusarlo, pero la disciplina no está para eso. La psicología surge para comprender al hombre bio-psico-socialmente, no para excusar ni redimir malas conductas. Se habla mucho del joven antisocial y del abandono que ha sufrido del sistema, pero poco de la integridad de aquellos alumnos que buscan ser un aporte en la sociedad. El Estado está justamente para administrar y garantizar los recursos, materiales o inmateriales, de aquellos sujetos que sí cumplen con las normas, que sí quieren ser parte del mismo proyecto nacional. Lo que no es lo mismo a excluir a aquellos que las pervierten”.

Feminista liberal

—Te declaras feminista liberal. ¿Cuál es la diferencia con el feminismo de género?
“El feminismo original radica en el concepto de libertad e igualdad de la Ilustración. Las Olympe de Gouges, las Mary Wollstonecraft, madres ideológicas del sufragismo: primera y segunda ola. Una vez que políticamente tienes reconocidos esos derechos —el voto, el acceso a la educación, ser dueña de tus bienes— ya no queda residuo de discriminación sistémica. El punto de inflexión llega con El Segundo Sexo de Simone de Beauvoir en 1949: empieza a plantearse una discriminación que no está en una ley, sino que es intersubjetiva. Nace el feminismo radical con la frase lo personal es político. Y con la cuarta ola, el feminismo postmoderno abandona incluso el principio de presunción de inocencia y el concepto mismo de mujer, porque lo declara una construcción cultural. Y ahí ya perdiste toda tu razón de ser como movimiento: si lo que antes justificaba la discriminación era el género, y ahora dices que el género no existe, ¿cuál es tu razón de ser?”

—Te he escuchado decir que el patriarcado no existe y me cuesta entender.
“No existe. Si uno va a los orígenes de la palabra, el patriarcado tiene que ver con una época anterior al Estado moderno, donde el padre era el dueño material, político y cultural. Hoy la mujer occidental puede hacer lo que quiera, heredar, ganar su sueldo. Lo que ocurre es que desde Beauvoir se resignificó el concepto: el patriarcado ya no es algo concreto en el sistema político-social, sino un elemento intersubjetivo, relacional. Y así cualquier cosa puede ser patriarcal, incluido lo que yo pienso. Pero si lo sentimos intersubjetivamente de esa manera, para eso tenemos plena voluntad, razón y libertad. Eso queda en nuestras manos cambiarlo, y no en el alero enfermizo del Estado”.

—Cayetana Álvarez de Toledo e Isabel Díaz Ayuso aparecen seguido en tus referencias.
“Son admirables. Representan muy bien la idea de la verdadera libertad femenina. La noción de que nos convertimos en sujetos de derecho en todo el sentido de la palabra. Somos libres y por lo mismo reconocemos nuestras responsabilidades. Entienden que la victimización explotada por grupos de poder nos debilita como individuo y diluye nuestra libertad. Cayetana, en su libro Políticamente Indeseable, cita a Camille Paglia y releva la imagen de las mujeres amazonas, que vienen a luchar, a solucionar problemas, pero no a quejarse y castigar a un culpable artificial. En el fondo, son referentes del feminismo liberal: el que buscó que la mujer saliera de la interdicción. A diferencia de eso, el feminismo de género, al colectivizarse, aliena la realidad femenina e impone una identidad fija, lo que es antiliberal”.

—Esperas a tu primer hijo cuando Chile enfrenta una caída dramática de la natalidad y el mundo vive tiempos convulsos. ¿Qué te hizo dar el paso?
“Fue una decisión íntima, familiar, del nido. Para mí no era necesario esperar un mundo perfecto para traer a una persona al mundo. Eso no es el rol de la maternidad ni de la vida. No creo que la felicidad esté dada por la falta de sufrimiento; creo que muchas veces surge de lo que uno hace con los obstáculos. La maternidad tiene que ver más con entrega, construcción y trascendencia. Me pasaba lo mismo cuando decidí casarme: mucha gente me preguntaba para qué. Pero no era para hacérmela fácil, sino porque creo que para cumplir sueños hay que hacer apuestas arriesgadas. El matrimonio y la familia dan eso: da lo mismo lo que pase, uno siempre tiene su bote, sus remos y su puerto. Y uno también promete convertirse en eso: un faro donde siempre se vuelve a salvo”.

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