Morir con una sonrisa
Que en 2025 la canción más escuchada del mundo haya sido una que no responde a las modas no contradice el dominio del pop urbano ni del rap, sino que lo complementa y lo explica mejor.
Que en 2025 la canción más escuchada del mundo haya sido una que no responde a las modas no contradice el dominio del pop urbano ni del rap, sino que lo complementa y lo explica mejor.
Ahí está el fenómeno: canciones que no se presentan, no se explican, no piden permiso. Simplemente vuelven. Y lo hacen desligadas de su autor, de su época y, muchas veces, de su historia. El hit de Internet no se reconoce por quién lo canta, sino por haber sido viral.
Dicho eso no pretendo evangelizar a nadie. No vengo a dictar cátedra ni a levantar un tótem. Simplemente me animo, en este momento del año tan dado a los balances, a hablar de un disco. No el disco. Mi disco. El que, sin avisar, fue compañía, refugio y espejo. En mi caso, ese viaje personal tuvo nombre propio: Twilight Override, de Jeff Tweedy.
Chile tiene estadios gigantes y una constelación de recintos muy pequeños. Y entre medio, poco y nada. El vacío es tan grande que cada evento termina peleando por las mismas pocas canchas, los mismos domos, los mismos parques arrendables, como si estuviéramos en un país que recién empieza a recibir conciertos, no en uno que hace décadas presume un calendario internacional robusto.
El extraño caso de Cristian Castro es, finalmente, el de un artista que perdió el centro, vagó por los bordes y regresó sin pedir permiso. No volvió a través de un hit nuevo ni de una estrategia de marketing: lo hizo mediante algo más simple y más raro -una autenticidad torpe, luminosa e irresistible, respaldada por una carrera que, vista desde hoy, nunca dejó de importar.
Quizás la verdadera pregunta no es si Maná está por encima de R.E.M. o de Pearl Jam, o si los Beatles seguirán siendo los faraones del top cinco hasta el fin de los tiempos. La pregunta es por qué seguimos necesitando estas listas. ¿Para ordenar el caos? ¿Para tranquilizar la nostalgia? ¿Para creer que la historia de la música tiene forma de escalera y no de espiral?
Este fue, sin exagerar, un año de consolidaciones. Como el de Myriam Hernández y su espectacular show de mayo pasado en el mismo Nacional. Un año donde la agenda internacional brilló -con visitas de Green Day, System of a Down, Guns N´ Roses, Incubus, entre otros-, pero en paralelo hubo otro mapa que vale la pena mirar: el de los artistas chilenos ocupando lugares que antes parecían lejanos.
Hoy, a días de su esperado regreso a Santiago, Oasis alcanza la consagración que solo algunas bandas logran. No se trata de volver a sonar, sino de seguir sonando igual de grandes. Y en un mundo donde todo envejece rápido, eso de vivir para siempre es lo más rockero a lo que se puede aspirar.
Treinta años después, AC/DC regresa ya no como emblema de modernidad, sino como rito de continuidad. Esta vez solo vuelven Angus Young y Brian Johnson, los sobrevivientes de una historia escrita con electricidad y sudor. Dos hombres grandes que encarnan esa vieja fantasía del rock como fuerza indestructible.
El reciente estreno de Deliver Me From Nowhere, la película sobre Bruce Springsteen, es un ejemplo elocuente de ese dilema. Jeremy Allen White hace un trabajo admirable encarnando a un “Boss” vulnerable y contenido, pero la cinta elige el camino de la pulcritud emocional.