Antes de que cambie la canción
En una época de música infinita, algoritmos, escritura asistida por inteligencia artificial y repertorios concebidos cada vez más como flujo, la figura del compositor adquiere la densidad de la resistencia.
En una época de música infinita, algoritmos, escritura asistida por inteligencia artificial y repertorios concebidos cada vez más como flujo, la figura del compositor adquiere la densidad de la resistencia.
Hoy, lo que aparece en estas nuevas canciones no es solo un McCartney envejecido. Es un McCartney que entiende que ya no necesita competir ni con su pasado ni con nadie. Que puede permitirse cantar desde la grieta, desde la imperfección, desde una voz que ya no busca alcanzar notas, sino decir algo.
Volver, en el rock, casi siempre es un problema. Volver implica negociar con la memoria, con la expectativa, con una versión congelada de uno mismo. Muchas bandas regresan para administrar lo que fueron. Otras, derechamente, para repetirse. Acá no pasa eso. Este es un disco a la altura del mejor catálogo de Los Tres. Y eso, en una historia como esta, no es menor.
Nuestro hermano Hillel no es solo un documental para fans. Es una historia sobre el origen de las cosas que importan. Sobre cómo el talento necesita un espacio para aparecer, pero también sobre cómo ese espacio es, muchas veces, frágil.
Y acaso ahí reside su fuerza. En mostrar que todavía existen joyas audiovisuales capaces de mirar la música desde un lugar íntimo, humano, casi sagrado. En ese bar de mala muerte no ocurre un espectáculo. Ocurre algo mucho mejor: por un instante, un grupo de desconocidos consigue sentirse comunidad. Y hoy, en medio de tanta estridencia, eso se siente casi como una revelación.
Cuando un gobierno redefine la utilidad de la cultura, redefine también el lugar que ocupan el arte, la creación y la memoria en la vida pública. Y en ese debate, lo que está en juego no es solo el presupuesto de un ministerio: es la idea misma de cultura como bien público.
Viña 2026 dejó menos respuestas sobre el futuro que certezas sobre el presente: la música popular avanza no solo creando sonidos nuevos, sino reinterpretando su propia historia.
La colaboración entre Sting y CA7RIEL & Paco Amoroso muestra cómo cambió la música: ya no manda la edad ni el prestigio, sino la capacidad de conectar y circular en la era digital.
Bad Bunny no es simplemente “el latino más grande del mundo”, una categoría que siempre suena secundaria. Está jugando otra liga: la de las figuras que definen época.
El anuncio de un cartel encabezado por Travis, junto a una nutrida presencia de artistas nacionales relevantes, ratifica una línea curatorial que el festival ha ido afinando con los años.