Pese a que su precio va al alza, la producción de cobre que Chile anotó en el primer trimestre de 2026 es la más baja en nueve años. El punto de comparación no es alentador: el nivel productivo solo se acerca al de 2017, cuando trabajadores de Minera Escondida paralizaron sus labores por 44 días, lo que incluso repercutió en el Producto Interno Bruto (PIB).
Según recoge La Tercera, a pesar de que marzo es el mes que registra mejores números en lo que va de 2026, la producción es también menor —un 6%— a la del primer trimestre de 2025, cuando se elaboraron 1.301.772 de cobre fino, versus las 1.226.290 de este año.
En diálogo con EL DÍNAMO, el fundador del Centro de Estudios del Cobre y la Minería (Cesco) y profesor de ingeniería de la Universidad Católica, Gustavo Lagos, aclara que entre las razones de esta baja en la producción se encuentra “el envejecimiento de las minas, especialmente las más antiguas como Chuquicamata y El Teniente. Ambas han tenido grandes dificultades: hoy se produce menos por los estallidos de roca de El Teniente y las complejidades del paso a mina subterránea de Chuquicamata”.
Este fenómeno, según explica a este medio el jefe de análisis de industria minera de Plusmining Andrés González Eyzaguirre, “se traduce en menores leyes minerales, mayor dureza de la roca y distancias de acarreo más extensas. En conjunto, estos factores elevan los costos operacionales y hacen cada vez más evidente la necesidad de desarrollar nuevas zonas dentro de los propios yacimientos”.
“La caída productiva del primer trimestre, si bien responde parcialmente a algunos factores coyunturales (como mantenciones programadas en Antofagasta Minerals), se enmarca en un contexto de producción agregada estancada hace al menos 15 años, con una industria que en muchos casos realiza mega inversiones no para aumentar la producción, sino que para mantenerla. Codelco es el caso más emblemático de esta dinámica. Sus proyectos estructurales han requerido inversiones de gran magnitud, pero han estado marcados por sobrecostos, retrasos y producción por debajo de lo esperado. Durante el primer trimestre, su producción cayó 8% respecto del mismo período de 2025; y si se compara con el primer trimestre de 2017, la contracción alcanza un 43%“, añade el especialista.
A ojos de Lagos, también influye en la caída de los niveles productivos del cobre que “pasamos por dos o tres años de incertidumbre política a partir del estallido social que retrasó inversiones”. “Es muy difícil que Chile aumente su producción drásticamente por este motivo, incluso con inversiones a costo razonable. No es solo un problema de capital. Con más inversión se puede lograr, pero no hay que hacerse ilusiones“, complementa.
Cómo destrabar la producción
Respecto de cómo enfrentar esta situación, Lagos asevera: “Lo primero sería tener una varita mágica, y no lo digo bromeando. El voluntarismo de querer aumentar la producción me parece estupendo, pero hay que ser realistas, porque las proyecciones suelen ser mucho más optimistas que la realidad”.
“¿Qué factores mejoraría yo? Primero, la permisología. En Chile tardamos mucho tiempo en aprobar proyectos nuevos; una mina grande está demorando más de 12 años. Si logramos acortar ese periodo en tres o cuatro años, contribuiría a la inversión. Segundo, los impuestos. Hoy la minería privada en Chile tiene una carga tributaria de las más altas del mundo, superior a la de Perú. Una baja en el impuesto corporativo podría mejorar la inversión. Y tercero, hay algo fundamental: la deuda de Codelco, que no es responsabilidad de la empresa, sino de su dueño, el Estado, que no ha reinvertido como corresponde”, remata.
Para Andrés González, la llamada permisología —la forma en la que se ha denominado la burocracia que enfrentan grandes proyectos de inversión— también es un factor. “Muchos proyectos enfrentan plazos de tramitación extensos, procesos fragmentados y la intervención de múltiples organismos con competencias que, en algunos casos, se superponen o pueden detener iniciativas por períodos prolongados. El desafío no consiste en relajar los estándares ambientales, sino en hacer que la evaluación y autorización de proyectos sea más predecible, simple, coordinada y oportuna. Esto es especialmente importante en una industria donde los proyectos pueden tardar décadas desde la exploración inicial hasta los estudios, permisos, construcción, puesta en marcha y ramp-up operacional”, advierte.
“En paralelo, dado que los megaproyectos mineros tienen horizontes de desarrollo y operación de largo plazo, resulta fundamental avanzar hacia una mayor certidumbre fiscal y regulatoria durante toda la vida útil del proyecto. Esa estabilidad puede convertirse en un incentivo relevante para la inversión, especialmente en proyectos intensivos en capital y expuestos a altos riesgos geológicos, técnicos y de mercado. En este marco, es razonable discutir mecanismos de invariabilidad tributaria u otros instrumentos que entreguen al inversionista mayor seguridad respecto de las reglas bajo las cuales se evaluará y ejecutará su proyecto”, puntualiza.