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Odiseo: un héroe de nuestros tiempos

Christopher Nolan es un mago al que le obsesiona que sepamos lo mucho que le costó sacar el conejo del sombrero. Sus películas vienen siempre precedidas de una serie de cifras, costos y estadísticas que las convierten en un hito numérico. Lo que no sea cifras —los diálogos, el guión— es siempre secundario.

Una película que habla de una historia de hace tres mil años (que cuenta una historia que sucedió cuatro siglos antes de que se escribiera o cantara) no puede más que ser contemporánea. La queja sobre la exactitud de los cascos, las ciudades o los barcos con que Nolan cuenta su historia es vana. Lo sería aún más si, como Fellini en El Satiricón, o el Pasolini de la Trilogía de la vida, el director hubiese optado por inventar una antigüedad completamente moderna y completamente arcaica. Como en tantas cosas, la Odisea de Nolan no es ni una cosa ni la otra. Nos llena de precisiones antropológicas, de detalles de época, pero al mismo tiempo respeta las cuotas raciales de nuestra época.

Hace algo más contemporáneo: a la hora de decidir entre la violencia y el sexo abundante, ambas en el poema, prefiere la violencia. Elige asimismo, entre la venganza —tema de la Ilíada— y la curiosidad —centro de la Odisea—, la venganza. Aunque esta la envuelve en un velo de culpa casi freudiana, rumiada en diálogos en que nadie realmente habla con otro que no sea algo parecido a su propia conciencia, o la de un espectador al que todo se le explica y se le vuelve a explicar para que nada parecido a una duda se interponga entre él y la pantalla, más que gigante.

La película cuenta la historia de un marine estadounidense, veterano de algo parecido al desembarco de Normandía con un poco del bombardeo de Dresde. Un oficial que se arrepiente de la violencia sin fin de una guerra que ganó, pero que termina por volver a matar sin asomo de culpa a media docena de gente vestida de negro. Un Rambo culto e informado que pasa siete años en un comercial de Lancôme junto a Charlize Theron. Estos siete años de evidente infidelidad no son explicados por el consumo abundante de loto, que le hace olvidar que nunca ha dejado de ser, en todos estos años de más o menos voluntario vagabundeo fuera de casa, un buen marido y un concernido padre.

La Odisea de Nolan es una película enteramente masculina, que es justo lo que la Odisea de Homero no es. El mundo de Homero es patriarcal por donde lo mires, pero son las mujeres las que mueven la historia, como son ellas las que intrigan, fascinan, pierden y salvan a Odiseo. Este vuelve a casa cuando ellas han decidido que aprendió su lección y, viejo y cansado, puede aceptar ser un mendigo en su propio reino. Eso Nolan lo reproduce bien: la humildad final del rey, su vejez, su pesadumbre, su soledad. Lo que no nos explica es su juventud, su vitalidad, sus ganas, su sed, su hambre, que lo hacen víctima de los dioses que al mismo tiempo lo castigan y lo salvan por eso mismo, por atreverse a todo y avergonzarse de casi nada.

Nolan, que había contado en Oppenheimer la historia de unos hombres que jugaban a ser dioses, prefiere, en esta historia que les pertenece como ninguna, alejar la sombra de los dioses. La falta de esos dioses, los que castigan, es otra señal de nuestra época. Atenea se salva del olvido, pero ¿cómo explicar la ley de Zeus sin Zeus? ¿Se puede convertir el odio visceral de Poseidón en un complejo de culpa? Lo que hace grande el poema es su viaje perpetuo desde la grandeza de los inmortales y la mortalidad de los hombres pequeños, frágiles, pero al mismo tiempo suficientemente apasionantes en esa fragilidad y pequeñez para convertirse en la única obsesión de los habitantes del Olimpo.

En casi todo el metraje de la película, el héroe griego parece estar pensando en cómo pagar las cuotas del auto o el colegio, y evitar una demanda colectiva de sus marineros. Odiseo es humano todo el tiempo, humano, demasiado humano. La tentación de ser un dios, o de ser nadie —es decir, todos—, que está en el centro del poema, no asoma por el eterno rostro de pesadumbre de Matt Damon.

Nolan, que a menudo, de manera incomprensible, se cuela entre Orson Welles e Ingmar Bergman en la lista de los grandes directores de la historia, solo tiene en común con ellos que no sabe contar otra cosa que su propia historia. Pero no es, como cabría esperar, la historia de un inglés que intenta cada vez hacer películas más desmesuradas, que embarca a todos y a cualquiera en aventuras que no parecen poder llegar a ningún puerto, pero igual llegan. No es este Nolan el que nos cuenta el director del mismo apellido, sino ese caballero lleno de deudas que teme no poder justificar el presupuesto y escucha con paciencia las quejas de los actores, mientras todo lo que le queda de pasión se lo lleva el mecanismo de la cámara IMAX, y cómo hacer toda suerte de efectos especiales sin pasar por el computador y la IA.

Nolan es así un mago al que le obsesiona que sepamos lo mucho que le costó sacar el conejo del sombrero. Sus películas vienen siempre precedidas de una serie de cifras, costos y estadísticas que las convierten en un hito numérico. Lo que no sea cifras —los diálogos, el guión— es siempre secundario. Y cifras, esta vez, sobran: costó 250 millones de dólares, el presupuesto más alto de su carrera, y en menos de dos semanas ya había recaudado más de 700 millones de dólares en el mundo. Ni siquiera la crítica escapa a la aritmética: 95% en Rotten Tomatoes, su mejor puntaje de siempre.

La Odisea es un poema escrito por un ciego, pero bien podría decirse que su versión cinematográfica fue filmada por un sordo. La música, omnipresente y omniausente al mismo tiempo, grandiosa y vacía, dedicada al arte de subrayar lo que está ya en negrilla, y a ahogar las voces de los actores. Mi hija, perfectamente bilingüe, agradeció los subtítulos de la película, sin los cuales se habría perdido la mitad de lo que musitaban los actores.

Odiseo es el hombre que pasa por todos los hombres hasta llegar a ser él mismo. Esto es algo que, en una época obsesionada por la identidad, no se nos permite. En eso, y no en las cuotas raciales y de género, esta es una película perfectamente contemporánea. No es woke, porque ser woke sería tomar un riesgo que justamente quiere evitarse. No es «antiwoke», como podría ser una versión de Tarantino de esta misma historia, porque tampoco puede tomar ese otro riesgo. Es la aventura de alguien en un mundo en que las aventuras —sexuales, intelectuales, morales— son perfectamente imposibles. Los viajes sí, las orgías, las toxicomanías también, pero no las aventuras. Es una época que no tolera no saber, al comienzo de la película, cómo va a terminar esta.

Los griegos sabían, al escuchar o leer el comienzo de la Odisea, que Ulises volvería, pero también sabían que volvería a viajar, que estas aventuras eran solo algunos de sus posibles vagabundeos. Sabían que las islas que los rodeaban estaban llenas de monstruos, brujas y reinas inexplicables, dioses, ninfas y semidioses que los hombres no podíamos vencer ni domesticar, pero que podíamos, igual, con nuestra astucia, seducir, engañar, enamorar, conmover. Esa es la conclusión primera y primaria que la lectura de la Odisea nos aporta: la idea de que el que cuenta, el que sabe contarla, siempre se salva. En Nolan, esta magia del relato es reemplazada por montañas de justificaciones, explicaciones, datos, excusas, tristes excusas, como las que suelen inventar los que se fueron a comprar cigarrillos y vuelven recién para la graduación del hijo que dejaron en casa recién nacido.

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Christopher Nolan es un mago al que le obsesiona que sepamos lo mucho que le costó sacar el conejo del sombrero. Sus películas vienen siempre precedidas de una serie de cifras, costos y estadísticas que las convierten en un hito numérico. Lo que no sea cifras —los diálogos, el guión— es siempre secundario.

Rafael Gumucio