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Entre el imaginar y el construir

Se acaban de cumplir seis décadas de la inauguración del edificio de las Naciones Unidas para la Cepal, obra de Emilio Duhart, y señalado por muchos arquitectos como la construcción más icónica en Chile.

Pocas obras de la arquitectura moderna chilena condensan con tal precisión gestión política, técnica, paisaje y materia. Su historia comienza incluso antes de que exista un proyecto: es la voluntad de instalar en Chile una sede de Naciones Unidas para América Latina y el Caribe, resultado de intensas negociaciones diplomáticas lideradas por Hernán Santa Cruz durante el gobierno de Gabriel González Videla, en la segunda mitad de los años 40, para vencer la resistencia de potencias como Estados Unidos y el Reino Unido.

En ese contexto el Consejo Económico y Social (ECOSOC) aprobó oficialmente la creación de la CEPAL el 25 de febrero de 1948, estableciendo que su sede permanente sería Santiago de Chile.

Más de una década después, en 1960, durante el gobierno de Jorge Alessandri, se donó el terreno junto al río Mapocho y se convocó a un concurso internacional. Cerca de doscientos profesionales participaron y cuarenta propuestas fueron presentadas. Cuatro llegaron a la selección final en Nueva York, donde, con la asesoría de Wallace K. Harrison (constructor del Rockefeller Center), Philip Johnson (arquitecto fundador del departamento de arquitectura y diseño del MoMA en Nueva York) y el Secretario General de Naciones Unidas Dag Hammarskjöld, fue escogido el proyecto liderado por Emilio Duhart. La primera piedra se colocó en mayo de 1961. Cinco años más tarde, en septiembre de 1966, el edificio era inaugurado. Entre ambos momentos se desplegó una de las experiencias arquitectónicas y constructivas más ambiciosas realizadas hasta entonces en Chile.

Los años sesenta representan un momento de madurez de la arquitectura moderna chilena, periodo que reúne algunas de las obras más destacadas del siglo XX. Vivienda, educación, industria y arquitectura religiosa se convirtieron en campos de experimentación capaces de vincular transformación social, nuevas tecnologías y lenguaje moderno. La CEPAL pertenece plenamente a ese tiempo, pero lo lleva a una escala excepcional. Emilio Duhart, nacido en Temuco, fue formado en la Universidad Católica de Chile y en Harvard y posteriormente trabajó en la oficina de Le Corbusier. Él reunió a un joven equipo integrado por Roberto Goycoolea, Christian de Groote y Óscar Santelices, al que más tarde se incorporaría Alberto Montealegre. Junto a ingenieros, calculistas y constructores, asumieron un desafío que excedía ampliamente la resolución de un edificio institucional: construir lo que Duhart imaginaba como una “Casa de las

Naciones en Comunidad”, una casa para América Latina situada frente a la geografía monumental de Santiago. Esa aspiración poética estuvo inseparablemente unida a una extraordinaria precisión técnica. La CEPAL puede entenderse precisamente desde esa tensión: entre el imaginar y el construir, entre la voluntad de representar un continente y la necesidad concreta de hacer que enormes masas de hormigón parezcan desprenderse del suelo. El cálculo estructural fue desarrollado por los ingenieros calculistas César Barros y Hermut Vogel, además de José P. Domínguez como ingeniero asesor, mientras que la construcción estuvo a cargo del ingeniero Enrique Albertz.

Durante cinco años, arquitectos, ingenieros y constructores trabajaron en una obra sometida a desafíos inéditos para el medio chileno. Duhart mantuvo una presencia permanente en terreno. Las reuniones se sucedían entre la construcción y su oficina próxima al Parque Forestal, mientras Ole Danielson, contraparte de Naciones Unidas radicado en Santiago, documentaba rigurosamente el avance mediante fotografías que viajaban periódicamente a Nueva York.

Emilio Duhart es uno de los primeros arquitectos en Chile en incorporar tecnologías a la construcción en programas que no fueran necesariamente industriales. En la década de los sesenta ensaya la utilización de sistemas de construcción con la incorporación de tecnologías de pre y postensado de manera simultánea a la del edificio para la CEPAL y lo explora también en el anteproyecto para el edificio Endesa en Av. Santa Rosa (año 1962) en Santiago. Su paso por Harvard durante los años cuarenta y su experiencia en la oficina de Walter Gropius en obras que consideraban prefabricación, más que alentar el uso de estos sistemas tecnológicos de manera temprana en Chile, donde aún no existe una escala de trabajo adecuada para ello, se percibe como una influencia más bien proyectual y de orden. Estas lógicas industriales las incorporará a otros programas, como establecimientos educacionales: el Seminario Pontificio (1949), el Colegio Compañía de María en Apoquindo (1953) y el Liceo Saint Exupéry (1954), todas construcciones en Santiago.

Un proceso inédito

El edificio de la CEPAL se organiza a partir de dos órdenes que parecen enfrentarse y, al mismo tiempo, necesitarse: un gran anillo perimetral suspendido desde pilares y un cuerpo central compuesto por los principales programas. El anillo exterior cuadrado de 96 metros por lado descansa sobre solo 28 pilares que liberan sus esquinas y concibe un patio interior de 66,38 x 66,38 metros. Entr el anillo y el centro, pasarelas suspendidas construyen un espacio intermedio: circulación, vacío y distancia. Aquí la estructura deja de ser únicamente aquello que sostiene. Se convierte en arquitectura. Las grandes vigas maestras fueron postensadas mediante tecnología, asesoría y equipamiento provenientes de Alemania (Philip Holzmann AG), mientras las vigas secundarias, de catorce metros de longitud, fueron pretensadas. La magnitud de estos procedimientos resultaba inédita en Chile. Los pilares, inicialmente proyectados huecos, debieron finalmente construirse como cuerpos sólidos. Surgen entonces desde el suelo como grandes masas de hormigón que se adelgazan al ascender, hasta casi tocar las vigas superiores. La
necesidad estructural se transforma así en una operación plástica: peso abajo, levedad arriba; gravedad y suspensión.

Uno de los mayores desafíos fue el trazado del Caracol o Sala de Plenarios. Su compleja geometría requirió una formulación matemática desarrollada durante largo tiempo por Christian de Groote en la oficina de Duhart, y posteriormente comprobada por los ingenieros utilizando algunos de los primeros computadores disponibles en Chile. La arquitectura aparece aquí en un momento de transición: todavía dibujada y calculada a mano, pero comenzando a relacionarse con un nuevo universo tecnológico.

También el territorio impuso sus propias reglas. Parte del edificio se internaba en la caja del Mapocho, obligando a profundizar las fundaciones del sector poniente y a construir grandes muros de contención. Duhart decidió incorporar en ellos piedras provenientes del río, partidas para revelar sus aristas y dispuestas cuidadosamente dentro del hormigón. No se trataba simplemente de revestir un muro. Era una forma de introducir el lugar dentro del edificio.

Desde el poniente, la CEPAL parece emerger asociado a un paisaje pedregoso que prolonga el cauce del Mapocho. Hormigón, piedra, agua y cordillera comienzan a pertenecer a una misma familia material. Como recuerda Albertz, Duhart se preocupaba personalmente de la localización de las piedras, las cuales se disponían en tramos de 30 cm, a medida que los moldajes avanzaban verticalmente. La obra, lejos de presentarse como un objeto autónomo, busca establecer una resonancia con aquello que ya estaba allí.

Esta relación se hace todavía más evidente en la dimensión plástica del edificio. Duhart imaginaba simultáneamente una casa y un monumento: una geometría precisa enfrentada a la “complejidad cósmica de los Andes”; un lugar de trabajo y, al mismo tiempo, un espacio donde la pequeña geografía de piedras, agua y plantas pudiera convivir con la inmensidad del valle de Santiago.

La arquitectura de la CEPAL surge precisamente de esas oposiciones. El anillo elevado parece flotar mientras el Caracol se aferra al suelo. Los pilares se adelgazan hacia las vigas y las esquinas liberadas intensifican la percepción de suspensión. La llamada “teja invertida” del acceso vuelve a desafiar visualmente la gravedad. El gran espejo de agua duplica estructuras y vacíos, haciendo incierto por momentos dónde termina la masa y comienza su reflejo. Sesenta años después, quizás sea allí donde la CEPAL conserva su mayor contemporaneidad. No solamente en sus audacias estructurales ni en el dominio del hormigón, sino en haber comprendido que la arquitectura puede transformar exigencias técnicas en significado. Cada decisión constructiva parece aspirar a algo más: los pilares no solo sostienen, las piedras no solo contienen, el agua no solo refleja, las pasarelas no solo conectan. Todo participa de una idea mayor.

La CEPAL puede leerse entonces como una obra situada entre dos mundos. Por una parte, expresa la confianza moderna en la técnica, el cálculo y la posibilidad de construir un futuro colectivo; por otra, reconoce la fuerza irreductible del lugar, la cordillera, el río y la materia. Entre ambos aparece la arquitectura. Una arquitectura capaz de convertir estructura en expresión, tecnología en lenguaje y paisaje en memoria. Una casa para trabajar y encontrarse, pero también un monumento cuya verdadera monumentalidad no reside únicamente en su escala, sino en su capacidad de hacer visible una aspiración política y cultural: imaginar desde Chile un lugar para América Latina y, a través de la materia, conseguir construirlo.

Extracto de la memoria de la obra antes de ser construida

“Se plantea el edificio de las Naciones Unidas en Santiago de Chile como una casa y como un monumento. La Casa de las naciones en comunidad. El Monumento, expresión visible de su anhelo espiritual y social –Casa y Monumento surgen como una unidad plástica y funcional, legible para todos. Monumento para las Naciones. Monumento para su punto de reunión: Chile, en consonancia con el espacio de Santiago, con su valle y sus cordilleras, con su tierra, su clima y sus cordilleras, con su tierra, su clima y su flora, con el temperamento de sus gentes. Un Palacio expresado geométricamente frente a la complejidad cósmica de los Andes; una Casa para trabajar con agrado y eficacia; trabajo tranquilo en contacto con la geografía grande de Santiago en donde se percibe lo continental, y con la pequeña geografía de las piedras, el agua y las plantas, refugio para la atención del pensamiento, con su poesía y su misterio. Una Casa a escala humana para quien trabaje en ella, sin monotonía ni sequedad; una Casa atrayente y de fácil orientación para quien la visita. “En contraste con su zócalo, el edificio se presenta como una estructura de concreto armado robusta y ligera a la vez, semejante a la de los puentes cuya buena resistencia a los terremotos ha sido comprobada”.

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