Cuando pensamos en las riquezas de Chile es común mirar al suelo o más bien al subsuelo. La minería no solo es la gran fuente de ingresos del país, sino que además lo ubica en un lugar privilegiado entre los primeros productores mundiales de cobre y litio. Sin embargo, pocas veces levantamos la vista hacia las estrellas.
Más del 50% de las investigaciones astronómicas del mundo se realizan desde observatorios ubicados en Chile, donde una treintena de países participan en sus futuristas instalaciones. Estadounidenses, europeos, japoneses, sudamericanos, prácticamente todos están o quieren estar aquí.
Algunos observatorios incluso han sido escenario de películas, como Paranal en Quantum of Solace de la saga de James Bond, la más floja de la era de Daniel Craig. También cuando el llano de Chajnantor está nevado, las redes sociales de ALMA suben imágenes bromeando estar en “modo Hoth a la espera de los AT-AT”, recordando la gélida batalla que abre El Imperio contraataca.
También involucrando algo de espionaje y grandes potencias, se libra otra pugna estratégica por el acceso a los cielos de Chile y que no tiene que ver tanto con los descubrimientos astronómicos, como con la posibilidad de monitorear satélites en órbitas de baja altura (LEO, por sus siglas en inglés), una zona del espacio situada entre los ١٦٠ y los ٢.٠٠٠ kilómetros de altura sobre la superficie de la Tierra.
En las LEO, donde se ubican el 90% de estos aparatos, se realizan comunicaciones, tareas de inteligencia, vigilancia y reconocimiento (ISR) y viajes espaciales tripulados. Su control otorga ventajas militares significativas en el Espacio mismo y sobre la superficie terrestre, de ahí su importancia. Y los países en latitudes extremas, como Chile, tienen una posición privilegiada para vigilar las líneas de comunicación celestes que convergen en los polos. A lo que se suman cielos limpios y cerros aislados con buena altura en el norte.
Cuando la revista Newsweek destapó a fines de 2024 la construcción de un observatorio en el Cerro Ventarrones gracias a un acuerdo entre la agencia nacional astronómica china y la Universidad Católica del Norte, la presión que venía haciendo en privado Estados Unidos para bloquear el proyecto se volvió pública. Dado que Beijing no cuenta con la capacidad para monitorear los satélites de sus rivales al orbitar sobre América y tiene que esperar a que pasen sobre la Antártica para realizarlo, la sola idea de que Chile le abriera una “ventana” para mirar el espacio resultó inaceptable para Washington. Sobre todo, cuando el país del norte ha admitido, por primera vez, que tiene desplegadas armas de “control espacial” circundando la Tierra, capaces de defenderlo ante “acciones hostiles de adversarios”.
La Cancillería del entonces presidente Gabriel Boric encontró un argumento para bloquear el proyecto, al descubrir que la universidad no tenía competencias legales para firmar una iniciativa de esa envergadura con una agencia estatal china, lo cual obviamente indignó a su embajada (y todavía no estallaba el caso del cable submarino). Hoy en la cima de Ventarrones, a 80 km. al sur de Antofagasta, guardias privados vigilan algunas de las piezas que alcanzaron a llegar, y de tanto en tanto funcionarios chinos se dan una vuelta para confirmar que todo esté en orden.
Si bien el aspecto de seguridad es clave, también el espacio está ofreciendo enormes oportunidades comerciales, como dejó en claro el hito bursátil del año: la salida de SpaceX a Wall Street. La consultora McKinsey proyecta que frente a los US$630.000 millones que movió la economía espacial en 2023, en ocho años la cifra estará en el orden de 1,8 billones de dólares.
Ese boom supone que en el mismo plazo los satélites pasarán de unos 15.000 actuales a 100.000 o más. Mientras los países más cercanos al Ecuador piensan en ofrecer sitios para lanzamiento de cohetes, otros pueden empezar a visualizar su lugar como sede de futuras estaciones de rastreo terrestre, como la que hoy existe en Peldehue, que, tras ser levantada por la NASA en 1959, ahora es operada por la Corporación Espacial de Suecia. También la noruega Kongsberg Satellite Services cuenta con una importante estación terrena satelital en Punta Arenas.
Ahí está la paradoja: mientras el país sigue mirando hacia el suelo para extraer las riquezas que lo han definido por siglos, el próximo gran yacimiento —tan disputado como cualquier mineral— puede estar sobre su cabeza. Chile no necesita lanzar cohetes ni fabricar satélites para participar de este nuevo ciclo: le basta con poner en valor lo que ya tiene, sus cielos. La pregunta es si, entre Washington, Beijing y los operadores privados que ya llegaron y los que vienen, sabrá capitalizar esa aún poco asimilada ventaja geográfica.
“Mientras el país sigue mirando hacia el suelo para extraer las riquezas que lo han definido por siglos, el próximo gran yacimiento —tan disputado como cualquier mineral— puede estar sobre su cabeza”.
Aunque era un tema conocido, hace pocos días el gobierno de Estados Unidos reconoció que la carrera definitiva por controlar el espacio ya comenzó.