Hace algunas semanas tuve el honor de participar como panelista en el conversatorio “La Ciudad a 30 Años”, donde compartí espacio con el gobernador Claudio Orrego; Alfonso Vergara, destacado urbanista
español de la Fundación Metrópoli, y los alcaldes de Maipú y Providencia, Tomás Vodanovic y Jaime Bellolio, a raíz de la carta que los dos últimos firmaron haciendo un llamado a abordar los desafíos del país para construir políticas de Estado de largo plazo, más allá de las diferencias políticas.
Fue una conversación honesta donde compartimos con representantes de más de 15 fundaciones de la sociedad civil, la academia y distintos gremios para hacer un diagnóstico sin adornos de lo que nos está pasando como ciudad. Y el resultado es incómodo, porque convivimos con 345 municipalidades en el país —52 solo en la Región Metropolitana — con atribuciones y presupuestos tan dispares que el lugar donde una persona nace sigue determinando la calidad de sus veredas, sus parques y sus oportunidades. A eso se suma un plan regulador metropolitano desactualizado, la “permisología” que asfixia los buenos proyectos y una desconexión evidente entre lo que deciden las autoridades y lo que vive la gente en sus barrios.
Varios en el panel estuvimos de acuerdo con la idea de que no hay ciudad de largo plazo sin continuidad. Vimos ejemplos como Singapur, que planificó su desarrollo urbano y su política de vivienda, o Medellín, donde una escalera eléctrica en la Comuna 13 cambió la relación de un barrio entero con el resto de la ciudad. Ambos casos son recordatorios de que la infraestructura, cuando se piensa con visión, es una forma de decirle a las personas que importan. Por eso insistimos tanto en la idea de “obras de confianza”, intervenciones visibles y rápidas que le devuelvan a la gente la fe de que las cosas sí pueden cambiar, y que sirvan para abrir la puerta a las transformaciones más grandes y lentas que toda ciudad necesita.
Creo también que es fundamental mirar la infraestructura como un espacio físico que se convierte en una plataforma de oportunidades, y en eso llevo más de una década trabajando. Con el cowork iF comprobamos que la verdadera innovación urbana no está solo en la calidad o el diseño de una construcción, sino en lograr convocar bajo un mismo techo a personas de talentos completamente distintos: creativos, técnicos, emprendedores. Todos necesitamos de los demás y es justamente en esa interacción donde nace la creación de verdad, con nuevas empresas, nuevos oficios y nuevas soluciones a problemas que el Estado, por sí solo, no logra resolver con la misma velocidad. Emprender es, al final, una forma de construir ciudad, porque cada proyecto que nace en esos espacios termina generando empleo, dinamizando un barrio o resolviendo una necesidad que nadie más había mirado. Esa es la lógica que le falta a nuestras ciudades: dejar de pensarlas en compartimentos y empezar a diseñarlas como grandes puntos de encuentro donde emprender y crear en conjunto sea la norma, y no la excepción.
Cuando hablamos de desarrollo, lo primero que miramos son las grandes inversiones en infraestructura o en políticas públicas, pero lo que de verdad hace la diferencia en un barrio, una ciudad o una provincia es la capacidad de sus propios actores de organizarse y sacar adelante sus desafíos. Ahí está para mí el verdadero desafío de la ciudad a 30 años: democratizar la innovación y las oportunidades para que cualquier persona, viva donde viva, pueda desarrollar su talento sin que su origen sea un límite impuesto.
Salí del conversatorio con la sensación de que existe un diagnóstico compartido y una voluntad genuina de actuar, algo que no siempre es fácil cuando se sienta en la misma mesa al sector público, al privado, a la academia y a la sociedad civil. Lo que falta ahora es traducir esa voluntad en instrumentos concretos como fondos de incubación de proyectos urbanos, planes reguladores actualizados, criterios de financiamiento más equitativos entre comunas y, sobre todo, la disciplina de sostener los proyectos más allá de un mandato. Estoy convencida de que cuando se reúnen diversos actores en torno a un mismo fin, avanzan más rápido las transformaciones reales y sostenibles, porque se transparentan las necesidades y fortalezas de cada uno. Creo que ese es un poderoso punto de partida para construir ciudades más prósperas, sostenibles e inclusivas.