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Rosalía, Deo gratias

La cantante catalana traduce su último disco, Lux, en una verdadera fuerza de la naturaleza, entregándose por completo sobre el escenario como si la vida se le fuera en cada canción.

Hay veces en que un concierto es mucho más que un concierto. Algunos destacan por las canciones, otros por el sonido, las luces o la espectacularidad de su producción. Pero lo que Rosalía presentó en sus dos actuaciones en el Movistar Arena pertenece a otra categoría. Es un espectáculo de una belleza deslumbrante, pero también de una intensidad difícil de comparar con cualquier otro montaje pop de la actualidad.

La cantante catalana convierte Lux en una verdadera fuerza de la naturaleza. Cada interpretación parece ejecutada al borde del límite físico y emocional, como si en cada canción se jugara la vida. Rosalía juega en una liga propia y lo sabe. Provocativa, sensual y lúdica, construye un espectáculo en el que la exigencia física alcanza niveles extraordinarios. Entre complejas coreografías y un repertorio vocal de enorme dificultad, nunca hay espacio para las medias tintas. Ella lo entrega todo, y el público responde con la misma intensidad.

Pocas veces un montaje pop ha resultado tan ambicioso. Con una orquesta de cerca de veinte músicos y un cuerpo de baile impecable, cada escena está coreografiada hasta el último detalle. La precisión nunca sacrifica la emoción. Rosalía canta mientras ejecuta movimientos propios del ballet clásico sobre puntas, y en momentos como “La Perla” las manos enguantadas de blanco de los bailarines construyen un vestido y un marco que la hacen parecer suspendida en el aire. Son imágenes de una belleza casi pictórica.

Foto https://www.instagram.com/javiajerap/

La ambición artística de Lux ya había quedado clara en el disco. Inspirado en la vida de santas y construido sobre canciones interpretadas en trece idiomas, el álbum mezcla arreglos orquestales, flamenco y electrónica con una libertad poco habitual en el pop masivo. Muchos lo definieron como una obra cercana a la ópera contemporánea. Sobre el escenario, esa apuesta adquiere una dimensión aún mayor y explica por qué Rosalía logró llenar cuatro veces el Movistar Arena.

El carácter casi litúrgico del espectáculo también se refleja en el público. Decenas de mujeres —y varios hombres— llegan vestidos siguiendo la estética católica española que inspira Lux, con velos y coronas, como si asistieran a una ceremonia. Todos esperan a su propia santa. Rosalía aparece encerrada en una gran caja, en una secuencia que inevitablemente recuerda el comienzo de Stop Making Sense, de Talking Heads, mientras el espectáculo se revela lentamente, escena tras escena.

Hace décadas que se repite la idea de que la música puede convertirse en una experiencia religiosa. En este caso, la frase deja de ser una metáfora. La intensidad vocal con que Rosalía interpreta cada canción resulta estremecedora. Ya sea en la fragilidad de “Divinize” o en el éxtasis de “Mio Cristo Piange Diamanti”, existe un arrojo emocional imposible de fingir. Todo transmite la sensación de ser genuino.

Foto https://www.instagram.com/javiajerap/

Pero el espectáculo también sabe relajarse y divertirse. Buena parte del repertorio de Motomami aporta un respiro festivo que devuelve el pulso urbano a una noche dominada por la solemnidad de Lux. Ese equilibrio entre riesgo artístico y celebración popular es uno de los mayores logros del concierto.

Los momentos memorables abundan. Están los diálogos espontáneos con sus seguidores; los asistentes que suben al escenario como si fueran visitantes de una instalación artística; y “El Confesionario”, espacio en el que Rosalía invitó a participar a la escritora Romina Pistolas, tal como en la primera fecha lo había hecho con Francisca Valenzuela. Entre una canción y otra, la artista despliega una simpatía contagiosa que equilibra la monumentalidad del espectáculo con una cercanía inesperada.

En vivo, Lux confirma que Rosalía es una artista excepcional. No es un concierto que pueda comprenderse a través de videos breves en redes sociales. Hay que experimentarlo en persona para entender la magnitud de su propuesta. Inteligente, conmovedor, divertido y visualmente extraordinario, el espectáculo demuestra que aún es posible hacer pop masivo sin renunciar a la ambición artística.

Así como los años ochenta tuvieron a Grace Jones y las décadas de 1990 y 2000 consagraron a Björk como una creadora irrepetible, la década de 2020 parece haber encontrado en Rosalía a su gran figura de vanguardia. Una artista que no sigue las tendencias, sino que las redefine. Y después de presenciar un espectáculo como este, solo queda una reacción posible: Deo gratias.

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