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¿Las mujeres son de Marte y los hombres de la Tierra?

No es un matiz, es una deuda. Y que quede dicho de una vez, sin metáforas: las mujeres no somos de Marte, Venus u otro mundo y ya es hora de que los medios de comunicación lo entiendan al momento de buscar la noticia.

A comienzos de los años 90, un consejero matrimonial publicó un libro que se convirtió en fenómeno de librería: Los hombres son de Marte, las mujeres son de Venus. La premisa era simple y, vista desde hoy, bastante limitada: hombres y mujeres vienen de mundos distintos, piensan distinto, sienten distinto y, por eso, chocan tanto. El autor ni siquiera se preguntó qué pasaba con quienes no cabían en ese molde binario.

El libro vendió más de 15 millones de copias, la mayoría a mujeres que buscaban entender a sus parejas y salvar sus matrimonios. La psicología hace tiempo que cuestiona esa idea. No es que unos vengan de Marte y otras de Venus. Es que a cada sexo se le enseña, desde la infancia, con patrones distintos. Los sesgos y estereotipos forman parte de esa construcción de identidad y no se quedan en la casa: crecen con nosotros, moldean nuestra manera de mirar el mundo y también lo que esperamos de mujeres y hombres cuando ocupan los espacios.

El Proyecto de Monitoreo Global de Medios, que cada cinco años analiza cómo aparecen las mujeres en las noticias del mundo, lo confirma con números: ellas representan apenas el 26 % de las personas que se ven, se escuchan o se mencionan en la prensa. Treinta años después de que Naciones Unidas pusiera el tema sobre la mesa, la cifra apenas ha subido nueve puntos.

Un sesgo de género en los medios de comunicación es esa inclinación, muchas veces no declarada, con la que una redacción decide qué contar, a quién citar primero y con qué palabras. Un estereotipo es una imagen fija, simplificada y repetitiva sobre cómo deben ser los hombres y las mujeres. Juntos terminan influyendo en algo bastante más importante: a quién se le cree, a quién se le pregunta y a quién se le exige dar explicaciones.

Hace poco más de una semana, el alcalde de Puente Alto, Matías Toledo, interceptó al delegado presidencial Germán Codina a la salida de una estación de Metro para reclamarle, en persona, por la falta de atención a su comuna en materia de seguridad. La escena ocurrió durante una visita de autoridades de Gobierno, ampliamente cubierta por los matinales, para destacar operativos contra la delincuencia. A Toledo no lo habían invitado.

El reclamo me parece justificado. La forma, discutible. El alcalde armó el encuentro, un asesor lo grabó y él mismo lo subió a sus redes, donde tiene miles de seguidores. El video sumó cientos de comentarios y miles de reproducciones. La prensa lo registró y, en un par de días, el tema se apagó.

Casi al mismo tiempo, las senadoras Fabiola Campillai y Camila Flores se enfrentaron en los pasillos del Congreso, también con celulares grabando y una fuerte tensión de por medio. Las razones de la pugna también me parecen legítimas. Campillai es víctima de violaciones a los derechos humanos durante el estallido social; Flores ha impulsado la absolución de personas ya condenadas por esos mismos delitos. La forma, igual de cuestionable, sobre todo viniendo de un Parlamento que ya arrastra poco prestigio.
Pero aquí el destino del episodio fue muy distinto.

No se quedó en un par de líneas en algún sitio web. Escaló a la prensa masiva, a los programas de debate político y a los noticieros centrales. Parlamentarios y comentaristas de todos los sectores tomaron partido y protagonizaron sus propias peleas, defendiendo a una u otra e instalando el altercado en la agenda del día.

De Campillai y Flores habló todo el mundo. De Toledo y Codina, casi nadie.

¿Por qué la diferencia? ¿Dos hombres con cargos importantes, casi a garabatos, son menos noticia que dos mujeres del mismo peso político y en una situación similar? Ellas ni siquiera llegaron al insulto. “Feriante” y “poblacional” están lejos de serlo, aunque a varios les cueste aceptarlo.

La razón, otra vez, es que se trata de mujeres. Lo he dicho antes y lo repito porque sigue pasando.

Cuando dos parlamentarias discuten, el hecho suele explicarse por lo que son: mujeres, emocionales, desbordadas, viscerales. Cuando son dos hombres, en cambio, la razón suele estar en lo que hacen: dos autoridades defendiendo ideas y territorios.

Falta que alguna astróloga de televisión busque si Mercurio retrógrado tuvo algo que ver en la pelea entre Campillai y Flores, mientras los hombres públicos siguen haciendo política.

Termino con algo que dijo hace poco el rector Carlos Peña: responsabilizó a los medios y a los periodistas por el trato desigual que a veces reciben el oficialismo y la oposición. Profesor, agregue los estereotipos y los sesgos de género a esa lista.

No es un matiz, es una deuda. Y que quede dicho de una vez, sin metáforas: las mujeres no somos de Marte, Venus u otro mundo y ya es hora de que los medios de comunicación lo entiendan al momento de buscar la noticia.

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