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¿Se acuerdan de Erin Brockovich?

La gran pregunta que nos arroja esta Erin 2.0 es: ¿quiénes son sus sucesoras hoy? ¿habrá suficientes voces para enfrentar a empresas que, amparadas en la falta de regulación y en la excusa del desarrollo económico, se instalan en nuestro país y en el resto del mundo?

El nombre de esta columna probablemente no le diga nada a los lectores más jóvenes. Para el resto, basta con mencionarlo: todos sabemos quién fue y qué hizo.

Todo comenzó el año 2000, cuando Julia Roberts protagonizó Erin Brockovich, película basada en la historia real de una madre jefa de hogar que, trabajando como archivera en un estudio de abogados, descubrió una serie de casos sin resolver de personas intoxicadas por los desechos de una planta industrial. Ese hallazgo derivó en una millonaria indemnización para las familias afectadas.

La película retrata a una mujer sin estudios superiores ni especialización técnica, pero con un temperamento arrollador, que debió enfrentar la misoginia, el escepticismo y, sobre todo, el aparato de poder económico que se movilizó para desacreditarla: desde su forma de vestir hasta las pruebas médicas que confirmaban el daño en la salud de los vecinos de la planta. Ganó el juicio en 1996.

El éxito de la película fue rotundo. Consagró a Roberts, hasta entonces encasillada en la comedia romántica, como actriz dramática y le valió un Oscar. Pero además inspiró a activistas ambientales en todo el mundo y, en particular, a lideresas de las causas más diversas.

La Erin Brockovich real también dejó el anonimato y se convirtió en referente del activismo ambiental, antecesora de figuras como la sueca Greta Thunberg, que ha debido enfrentar prejuicios igual de rebuscados para intentar invalidarla.

Pasaron tres décadas de aquel triunfo judicial sin mayores noticias de ella. Hasta ahora.

Con el prestigio intacto, Brockovich lanzó una nueva cruzada, esta vez contra Google y Meta, dueña de Facebook, Instagram y WhatsApp. El motivo: el impacto de los centros de datos que alimentan la Inteligencia Artificial, que requieren grandes volúmenes de agua para refrigerar sus equipos y generan externalidades como la contaminación acústica.

Su objetivo es denunciar la falta de transparencia y de regulación con que operan estas corporaciones. La estrategia, paradójicamente, se apoya en la misma tecnología que cuestiona: un mapa interactivo que ubica los nuevos centros de datos en Estados Unidos, donde cualquier usuario puede revisar cómo afecta esto a su comunidad o denunciar proyectos en trámite.

Erin se reinventa. Asume una causa que hasta ahora no tenía voz propia y golpea, al menos en el terreno de la imagen pública, a conglomerados que actúan como si fueran impunes. Pero, sobre todo, permite que su historia llegue a generaciones que ni habían nacido cuando la película la hizo mundialmente conocida.

Y eso es lo valioso de su reaparición pública. Ella entiende, mejor que nadie, que los desafíos de protección medioambiental van mutando. Aunque pueden estar vigentes, las causas para proteger ballenas o las reservas forestales ya son cosa del pasado y, actualmente, los grupos ecologistas apuntan a la protección de glaciares y humedales. Antes, la batalla se hacía en medio del océano a bordo del buque de Greenpeace. Hoy, la lucha se disputa en los espacios digitales.

Brockovich representa eso. Pese a que los centros de datos existen desde hace décadas, su proliferación indiscriminada por el auge de la IA prendió las alarmas de los medioambientalistas en todo el mundo, que organizaron marchas y exigieron mayor regulación. Lo que hizo la activista norteamericana fue darle forma a esa demanda, aprovechando su rol de figura pública y peleando en el mismo campo de batalla de su causa de protesta: el espacio digital.

La gran pregunta que nos arroja esta Erin 2.0 es: ¿quiénes son sus sucesoras hoy? ¿habrá suficientes voces para enfrentar a empresas que, amparadas en la falta de regulación y en la excusa del desarrollo económico, se instalan en nuestro país y en el resto del mundo? El punto no es frenar el progreso tecnológico, que permite avances reales en ciencia, medicina y educación, sino impedir que ese avance se financie con la destrucción de los ecosistemas.

Por eso hoy necesitamos a Erin Brockovich: con el mismo desplante de siempre, gritando a los cuatro vientos que no hace falta otra película exitosa para que el mundo tome conciencia del daño irreversible al que nos estamos exponiendo.

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Yolanda Pizarro