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Por amor la mochila es muy pesada

Mientras cuidar le cueste a una mujer su autonomía económica y su vejez, seguiremos llamando amor a la falta de alternativas. ¿Cuántas de las cosas que hacemos “por amor” las hacemos realmente porque elegimos hacerlas, y cuántas hacemos porque la sociedad nos enseñó que nos corresponde?

Hace unos días leí una entrevista a la periodista alemana Şeyda Kurt, cuyo libro Ternura radical circula hoy en español. Kurt sostiene que el amor responde a normas sociales y estas tienen consecuencias políticas. La idea puede incomodar porque obliga a mirar todo lo que las mujeres seguimos haciendo gratis en la casa y que, muchas veces, preferimos llamar amor.

Kurt sitúa esa discusión en un momento de avance conservador que empuja a muchas de vuelta hacia la dependencia económica dentro de la pareja. La advertencia llega cuando el feminismo creía tener ganada buena parte del terreno. Conseguimos más oportunidades y mejores leyes, a veces con costos personales y familiares altos, y aun así basta mirar una semana cualquiera para ver quién sostiene la casa.

¿Quién cuida a los niños cuando ambos trabajan? ¿Quién deja de trabajar cuando alguien tiene que atender a un adulto mayor? ¿Quién recuerda los cumpleaños, los controles médicos, las compras del supermercado, las reuniones del colegio? Son preguntas que nos seguimos haciendo con una respuesta casi a coro: las mujeres.

Permítanme compartirles que no pude evitar pensar en mi propia historia. Tuve un compañero que me empujó a perfeccionarme y a ocupar el espacio público, y criamos hijos repartiendo roles domésticos y discutiendo sin convertir cada desacuerdo sobre quien lavaba platos en una guerra familiar. Sé que no fue suerte, fue una deliberación que implicó convicción y compromiso. Una sociedad que deja la igualdad doméstica en manos del libre albedrío tiene un problema político.

Y aquí vuelvo a la reflexión: instalar la idea de que miles lo “hacen por amor” es una manera elegante de no preguntar quién debería hacerlo. El patrón excede a la pareja y alcanza la relación con padres e hijos, hasta la escena más típica del fin de semana, con ellos en la parrilla y ellas en la ensalada. Los estereotipos sobrevivieron a las leyes y a los programas de equidad en las empresas.

La autora prefiere hablar de ternura porque la entiende como una práctica activa, algo que se ejerce y se defiende. El amor, lo queramos o no, llega cargado de normas sociales y culturales que definen el rol que cada uno asume en la pareja. Tal vez vivimos una conquista social más aparente que real, porque en la intimidad seguimos repitiendo lo que nuestros padres aprendieron sobre ser hombre y nuestras madres y abuelas sobre ser mujer. El amor existe y hace mucha falta. El problema es instalarlo desde el sacrificio.

Solemos hablar de libertad como si fuera solo una decisión individual, pero hay libertades que necesitan condiciones materiales para existir. ¿Qué tan libre es una mujer para abandonar una relación violenta cuando depende económicamente de esa persona? ¿Qué tan libre es alguien para cuidar a un familiar si su trabajo no contempla políticas de corresponsabilidad o el Estado no le asegura ni un día de respiro a la semana? Una mujer que deja su trabajo para cuidar pierde el sueldo de hoy y también las cotizaciones que mañana definirán su pensión. Aspirar a una sociedad donde nadie se quede donde no quiere por falta de alternativas, o porque “así es el amor”, exige políticas de cuidado antes que buena voluntad, y en Chile esas políticas todavía avanzan lento.

Kurt propone cambiar la palabra. Yo me conformaría con cambiar las condiciones. Mientras cuidar le cueste a una mujer su autonomía económica y su vejez, seguiremos llamando amor a la falta de alternativas. ¿Cuántas de las cosas que hacemos “por amor” las hacemos realmente porque elegimos hacerlas, y cuántas hacemos porque la sociedad nos enseñó que nos corresponde?

Amar con justicia empieza por mirar a quien tenemos al lado y preguntarle cuánto pesa su mochila.

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Mientras cuidar le cueste a una mujer su autonomía económica y su vejez, seguiremos llamando amor a la falta de alternativas. ¿Cuántas de las cosas que hacemos “por amor” las hacemos realmente porque elegimos hacerlas, y cuántas hacemos porque la sociedad nos enseñó que nos corresponde?

Yolanda Pizarro