El título de mi columna destila pesimismo, y lo sé. Pese a los avances logrados en las décadas recientes en derechos de las mujeres, persiste la violencia de género, que en los últimos años se ha trasladado del mundo análogo al mundo digital. Un estudio de Monitor Social, que analizó los ataques en línea que sufrieron las últimas cuatro voceras de Gobierno –Cecilia Pérez, Karla Rubilar, Camila Vallejo y Mara Sedini– da cuenta de la hostilidad que debieron y deben soportar las mujeres que están en la primera línea de la política.
El fenómeno no es nuevo. El informe de la Fundación Multitudes de 2021, que entrevistó a parlamentarias en ejercicio, señalaba que el 97% había sufrido ataques a través de las redes sociales. Es decir, apenas un 3% se salvaba de las agresiones digitales. Lo más llamativo es que las despiadadas críticas no se centraban en su actividad legislativa o política, sino en su apariencia, su ropa, su sexualidad o sus relaciones personales. De leyes, mociones, indicaciones o labor en el distrito, poco y nada.
Ahora bien, alguien podría rebatirme que a los políticos varones también los agreden. Y sí, tienen razón. Pero basta una rápida mirada a las redes, tanto en X como en Instagram, para advertir ciertas diferencias: mientras a los hombres les critican sus posturas ideológicas, a las mujeres les espetan frases del tipo “que se lave el pelo”, o “que se vista como señorita”. No me ha tocado leer –me puedo equivocar, por cierto– que al presidente Kast le comenten su corbata o al diputado Cuadrado sus zapatillas. A los hombres les critican ideas, a las mujeres les corrigen las cejas. ¿Lo peor de todo? Los comentarios provienen de hombres y mujeres por igual.
La sororidad no existe en la esfera hater.
Sin embargo, esto no es un patrimonio solo del ámbito político. La TV y el espectáculo también son caldo cultivo para ataques en línea a mujeres que se han desempeñado en esas áreas. Recientemente se difundió un audio donde se escuchaba las agresiones verbales –y debemos suponer también físicas– entre dos artistas. Más allá del contexto en que se produjo esta lamentable situación, el hecho que se haya viralizado no solo es violento, sino que altamente revictimizante. Nada justifica, ni por alcanzar un golpe noticioso, amplificar una situación así de compleja y dura.
Es que las mujeres en estos juicios públicos digitales terminamos perdiendo.
Hoy la senadora Camila Flores está siendo investigada por serios delitos de fraude al Fisco, lo que le ha significado una fuerte campaña digital en su contra, pero pocos recuerdan que la andanada de haters cibernéticos fueron azuzados por su propio exmarido, que utilizó WhatsApp para contar “su” versión del quiebre, dando sustento y argumentos a estos comentaristas digitales para atacar a la parlamentaria. Insisto: una cosa es su eventual responsabilidad penal de los delitos que se le imputan, y otra cosa es atacarla en su condición de mujer.
Entonces, permítanme ser pesimista en esta materia. Solo queda seguir nombrando lo que ocurre en cada columna, en cada conversación, en cada espacio virtual. Porque la violencia digital es el síntoma más visible de una sociedad que ha normalizado esta forma de relacionarnos: a través de las redes sociales disfrazando una opinión, humor o libertad de expresión. Así no habrá luz al final del túnel.