Magdalena Aninat lleva 15 años involucrada en la educación escolar. Su labor no se asemeja a la imagen convencional de una sala de clases, sino que en todo lo que sucede antes de los alumnos, de la mano del docente, se embarquen en el proceso de aprendizaje.
Ella misma, en esta entrevista con Mujeres D, define así su trayectoria: “Más que experta en educación propiamente tal, me considero experta en gestión educativa”. Como directora ejecutiva de la red de colegios de la Corporación de Educación del Arzobispado de Santiago (CEAS), ha aprendido que para abordar aquellos indicadores que año a año devuelven la educación al debate público —el SIMCE, la deserción escolar, la comprensión lectora— “no existen los caminos cortos ni atajos”. “Quien crea que se pueden copiar prácticas sin más, se equivoca”, advierte.
En esta conversación, Aninat detalla de qué forma lograron superar el promedio nacional de asistencia y reforzar los niveles de lectura en primero básico. También, cómo abordan los entornos sociales de los que provienen los alumnos, la mayoría de ellos de comunas de ingresos medios y bajos. “Nos movemos en contextos de altísima vulnerabilidad, donde existen brechas no solo económicas, sino también culturales y de vocabulario”, cuenta.
“Está estudiado que antes de los cuatro años un niño de nivel socioeconómico alto escucha más de 2.500 palabras por hora, mientras que uno de nivel socioeconómico bajo oye poco más de 600. A los cuatro años, esa diferencia equivale a haber escuchado 45 millones de palabras frente a solo 13 millones”, especifica. ¿Cómo hacer frente a esa brecha? Para Magdalena Aninat la vía debe ser necesariamente la escuela. Por eso, valora que el presupuesto de este año en educación se enfoque en los niveles iniciales. “Si el objetivo real es la movilidad social y la cohesión, no tiene sentido tratar a la primera infancia como un nivel más“, argumenta.
Precisamente, por este motivo también sigue atenta la eventual eliminación del programa “Yo Elijo mi PC”, que beneficia a alumnos de 7° básico. “Quitar este apoyo significaría hacer crecer nuevamente la brecha de aprendizaje”, dice. También cuenta lo que ha observado de la implementación de la ley que restringe el uso de celulares en los colegios. “Hoy se ven patios habitados por niños jugando e interactuando entre sí”, cuenta.
— ¿En qué momento nació tu interés por la educación y cuándo se cruza con CEAS?
— Profesionalmente soy psicóloga y trabajé durante muchos años en gestión de recursos humanos en distintas empresas, hasta que hace 15 años llegué al mundo de la educación. Llegué a una institución muy distinta a la que tenemos hoy: en 2012 tenía menos de 5.000 estudiantes y 9 colegios, además de afrontar una pérdida importante de matrícula y una situación económica difícil.
A partir de ese momento comenzamos a hacer una gestión distinta con diversos equipos, imprimiendo un sello propio en todo lo que hacemos. Hoy contamos con 11 colegios y 8.500 estudiantes.
Además, fui parte de la primera generación del Magíster en Liderazgo y Gestión Educativa de la Universidad Diego Portales. Creo que eso marca una diferencia: aunque soy psicóloga y no profesora, conozco en profundidad la gestión educativa, el trabajo de equipos en red y la relación con los sindicatos desde recursos humanos. En definitiva, todo lo que rodea al aprendizaje y permite poner a la organización en sintonía para que en la sala de clases ocurra lo fundamental: que el estudiante aprenda. Más que experta en educación propiamente tal, me considero experta en gestión educativa.
— Hablando de lo que ocurre dentro de la sala de clases, he visto que han tenido buenos resultados en el SIMCE de cuarto básico y también buenos indicadores de lectura en primero básico. ¿A qué lo atribuyen?
— Se debe, en primer lugar, a que medimos sistemáticamente nuestros resultados. Aquí no trabajamos de manera intuitiva ni basándonos en corazonadas, sino que evaluamos permanentemente el nivel de lectura de los estudiantes desde muy pequeños. Comenzamos con un programa de desarrollo de dominio lector en preescolar y, cuando en primero básico ya decodifican y leen, mantenemos la evaluación hasta octavo básico, e incluso hasta primero medio en algunos colegios.
El seguimiento continuo y la gestión basada en datos nos han permitido lograr estos avances. Contamos con un diagnóstico individualizado sobre las habilidades de cada estudiante, no solo a nivel de curso. Si un alumno no asiste el día de la medición, lo evaluamos al día siguiente. No claudicamos en esto porque estamos convencidos de que aquello que no se mide no se puede gestionar. Después, diseñamos programas enfocados según las necesidades: decodificación, velocidad lectora o comprensión.
Otra variable clave en es el trabajo en red. Los profesores de los 11 colegios colaboran según su especialidad, lo que nos permite compartir y replicar experiencias exitosas de un colegio a otro. Además, esto evita que los docentes se sientan solos. Los contextos de vulnerabilidad en los que nos desenvolvemos son complejos y a veces desgastantes, pues la escuela es la que marca la diferencia en las oportunidades del estudiante.
—¿Cuánto influye esa en los resultados del SIMCE?
— Sí, los resultados en el SIMCE son fruto de años de sistematización. En educación no existen los caminos cortos ni atajos; quien crea que se pueden copiar prácticas sin más, se equivoca.
Damos mucha prioridad a la lectura porque, al final del día, todo requiere comprensión lectora, incluso la matemática. Nos movemos en contextos de altísima vulnerabilidad, donde existen brechas no solo económicas, sino también culturales y de vocabulario. Está estudiado que antes de los cuatro años un niño de nivel socioeconómico alto escucha más de 2.500 palabras por hora, mientras que uno de nivel socioeconómico bajo oye poco más de 600. A los cuatro años, esa diferencia equivale a haber escuchado 45 millones de palabras frente a solo 13 millones.
La escuela debe ser el lugar donde se reduzca esa brecha de vulnerabilidad. Partimos de la convicción de que en los entornos de mayor vulnerabilidad es donde más se requiere excelencia, ya que aquí el proceso de aprendizaje ocurre fundamentalmente en la escuela.
— Dentro de la importancia que le dan a abordar este contexto de vulnerabilidad, ¿qué rol juega la asistencia? Veía que superan el promedio nacional de 89% por tres puntos. ¿Qué estrategias tienen para incentivarla y cómo han logrado recuperarse del retroceso que significó la pandemia?
— La asistencia es un gran desafío. La pandemia instaló la idea errónea de que daba lo mismo no ir al colegio y que bastaba con conectarse a una pantalla. Además, tras el confinamiento existía temor al contagio o a la violencia, lo que dificultó el retorno regular a las aulas.
En contextos de alta vulnerabilidad, si un niño no está en la escuela, la pregunta es dónde está. Lo más probable es que esté en una plaza, encerrado por temor o frente a una pantalla. Nosotros estamos convencidos de que el aprendizaje y la vinculación ocurren en la sala de clases. Si ofrecemos un ambiente seguro y el alumno asiste, recién allí se genera el proceso educativo.
Para lograrlo aplicamos diversas estrategias. Realizamos la llamada «operación rastrillo», en la que las asistentes de la educación llaman diariamente a las familias de los alumnos ausentes para saber qué ocurrió y expresarles que los estamos esperando. La educación se basa en el vínculo: si el estudiante siente que su presencia importa, vuelve a la escuela.
También cuidamos la calidad del trabajo en el aula para que el profesor establezca un lazo cercano y el alumno se sienta valorado. En los recreos organizamos actividades dinámicas para generar la motivación de asistir, buscamos esta sensación de FOMO (fear of missing out o el miedo a perderse algo).
A su vez, sensibilizamos a apoderados y estudiantes sobre el impacto a largo plazo de las inasistencias. La intermitencia desde primero básico suele mantenerse en la enseñanza media, en la educación superior y en el plano laboral; un alumno con inasistencia recurrente puede perder el equivalente a un año escolar.
— Mencionabas recién las situaciones de violencia. ¿Cuentan actualmente con herramientas suficientes, tanto para la prevención como para el abordaje posterior?
— Con la violencia escolar tendemos a meter todo en un mismo paquete, pero hay que distinguir tres tipos. La primera es propia del desarrollo, en que los alumnos ponen a prueba los límites y se generan situaciones de las que nos hacemos cargo a través de la orientación. La segunda, el acoso o bullying sistemático, requiere protocolos claros de denuncia, seguimiento y sanciones. La tercera, en cambio, es una violencia más destructiva y grave, dirigida a bienes o a adultos, muy ligada a temas de salud mental y a historias de vulneración previa.
Para este nivel necesitamos una mayor articulación entre el Ministerio de Salud y el Ministerio de Educación. Hoy las redes de salud pública y los hospitales están colapsados: las horas se dilatan o la atención no tiene continuidad, lo que provoca deserción.
Si bien tenemos estrategias para intervenir a tiempo, frente a casos graves de salud mental, como la ideación suicida, los psicólogos escolares —que son educativos y no clínicos— no pueden actuar como terapeutas. Necesitamos apoyo externo especializado y protocolos de retorno coordinados con los centros de salud. El estudiante que ha sido agredido y no se siente acogido o visto tiene mayor riesgo de responder de forma agresiva, por lo que es vital fortalecer la red de apoyo integral.
— Llevamos ya oficialmente un semestre con la prohibición de celulares por ley. ¿Qué efectos has notado durante este período en el que los colegios han debido implementar sus propios reglamentos?
— Valoramos mucho esta ley. De hecho, nosotros llevábamos un tiempo restringiendo los celulares en las salas de clases. Con la promulgación de la norma hemos visto que los alumnos participan más y están mucho más atentos a lo que ocurre en el aula.
Además, aunque el ciberbullying no ha desaparecido, al menos ahora ocurre fuera de la jornada escolar. En varios colegios hemos ido un paso más allá de lo que exige la ley: prohibimos el uso del celular no solo en la sala, sino también durante los recreos.
Antes era muy triste entrar al patio y ver a los estudiantes sentados en el suelo, aislados con su pantalla o chateando entre ellos estando al lado. Curiosamente, los más resistentes a esta medida han sido algunos apoderados por la ansiedad de no poder contactar de inmediato a sus hijos.
Al retirar los celulares en los patios, debimos enseñarles nuevamente a jugar, porque al principio muchos no sabían qué hacer. Pintamos luches en los pisos, instalamos taca-tacas y dispusimos cuerdas y juegos colectivos para distintas preferencias. Hoy se ven patios habitados por niños jugando e interactuando entre sí. Es muy gratificante ver esa transformación, porque el celular se ha convertido para muchos adolescentes en un objeto de contención o apoyo emocional, probablemente porque no cuentan con otra figura que cumpla ese rol.
Por eso digo: bendita ley. Estamos muy contentos con ella. Esto no pasa solo en Chile. Hace poco estuve en Londres acompañando a mi hija a instalarse en la universidad y me contaba que allá los profesores prohibieron los computadores en clase. Argumentaban que los estudiantes se escondían detrás de las pantallas y se distraían con otras cosas. Si en el mundo universitario ya se considera necesaria cierta regulación de la tecnología, con mayor razón se justifica en el entorno escolar.
— Pasando al ámbito legislativo y presupuestario, desde el Ministerio de Educación han adelantado que la prioridad estará en la educación inicial. ¿Cuál es tu evaluación de esta postura y cuáles deberían ser las verdaderas prioridades?
— Qué bueno que lo preguntas, porque para nosotros la educación inicial es una prioridad absoluta. Está demostrado que mientras antes inicien los niños su proceso de escolarización, mejores son sus resultados futuros. Existe el prejuicio de que meter a los niños tempranamente al sistema les quita la oportunidad de vivir su niñez, pero eso es un falso dilema. La diferencia entre un alumno que ingresa directamente a primero básico y uno que realizó prekínder y kínder es enorme.
En prekínder y kínder los niños comienzan a trabajar con fonemas y la aproximación a la lectura se da de forma natural. El cerebro tiene su mayor nivel de adaptabilidad y flexibilidad en los primeros años de vida. Además, la educación temprana aporta una estructura esencial para la socialización. En entornos de alta vulnerabilidad, donde muchos niños viven situaciones de incertidumbre o inseguridad en sus hogares, contar con la estabilidad de la escuela desde temprano genera resiliencia y los prepara para aprender.
Por eso aspiramos a que prekínder y kínder sean obligatorios; es uno de los grandes desafíos de la educación chilena. La evidencia internacional y diversos premios Nobel de Economía demuestran que la inversión con mayor retorno social y económico es la que se realiza en la primera infancia.
A menudo la discusión educativa se centra en el financiamiento universitario, los aranceles o la gratuidad. Pero si el objetivo real es la movilidad social y la cohesión, no tiene sentido tratar a la primera infancia como un nivel más cuando las brechas comienzan mucho antes del primer día de clases, como ocurre con la cantidad de vocabulario que escucha un niño según su nivel socioeconómico.
Junto con la educación inicial, considero urgente establecer una política nacional de asistencia escolar impulsada con firmeza desde el Gobierno. Tampoco ganamos nada con hacer obligatoria la educación si no instalamos el valor de ir a clases todos los días. Asimismo, se requiere un trabajo coordinado entre el Ministerio de Educación y el Ministerio de Salud.
Otro tema crítico a corto plazo es la baja natalidad. Según proyecciones del INE, la población en edad escolar disminuirá significativamente en los próximos años. Harald Beyer calculaba que en unos ocho o nueve años se podrían cerrar cerca de tres mil colegios. Si esto no se planifica e interviene de manera organizada, caerán en insolvencia establecimientos que hacen muy bien su trabajo. Espero que no lleguemos a hacer obligatoria la educación preescolar cuando ya casi no queden niños.
—¿Qué piensas de las otras medidas que han trascendido como la reducción de recursos para el programa «Yo Elijo Mi PC»?
—Nuestros estudiantes vulnerables son quienes reciben este beneficio. Escuchar que el programa no tendría impacto en el aprendizaje no se ajusta para nada a nuestra experiencia. Hoy tener un computador en la casa no es un bien suntuario; es una herramienta indispensable para resolver tareas e integrarse a un mundo altamente tecnológico.
Si los estudiantes más pobres —como los que tenemos en La Pintana— dejan de recibirlo, los colegios ni los municipios vulnerables tenemos cómo entregárselo. Quitar este apoyo significaría hacer crecer nuevamente la brecha de aprendizaje, esta vez a través de la brecha tecnológica. Confío en que se trate de un presupuesto preliminar y que esta medida se revise, porque para nosotros y para esas familias sería algo verdaderamente doloroso.