A comienzos de diciembre pasado, el Presidente Trump presentó su “Estrategia de Seguridad Nacional”, un documento que la Casa Blanca debe entregar al Congreso todos los años explicando su visión sobre los desafíos y objetivos del gobierno en términos de seguridad. El documento este año fue significativamente más corto que en ocasiones anteriores, apenas 33 páginas, pero marcó un claro cambio, un cambio radical respecto a la posición de Estados Unidos frente al resto del mundo. Tradicionales adversarios como China, Rusia o Irán apenas fueron mencionados, mientras Europa fue presentada como un continente en camino a la “desaparición existencial” por culpa de la inmigración y un liderazgo centrista que, dice la administración Trump, debe ser “resistido” por Estados Unidos.
Más adelante, el documento agrega que el país no debe imponer sus ideales democráticos o de libertad de expresión en sitios donde esos ideales no tienen una raíz cultural o histórica, un guiño sin duda apreciado por autócratas y dictadores alrededor del planeta. Y establece, en cambio, un tipo de relación diplomática basada más en intereses comerciales compartidos que en asuntos morales, éticos o ideológicos.
Latinoamérica ocupa en un rol protagónico en esta nueva estrategia. Trump revela ahí su intención de revitalizar la doctrina Monroe —creada en 1823 para detener la influencia europea en las Américas y establecer la hegemonía de Estados Unidos— aprovechando el enorme poderío militar, financiero y comercial del país. La idea es “restaurar la preeminencia americana en el hemisferio occidental”, por lo que el rol de los diplomáticos destinados en la zona es ahora “buscar grandes oportunidades en cada país, especialmente respecto a contratos gubernamentales”.
El Departamento de Estado compartió en sus redes poco después un controvertido post que decía, bajo una foto del Presidente, “este es NUESTRO Hemisferio”. Para cuando el documento fue hecho público, la Casa Blanca ya había iniciado su ofensiva contra el gobierno de Nicolás Maduro en Venezuela, primero catalogándolo oficialmente de “narco-terrorista” —lo que le permitió a Trump ampliar sus facultades sin necesidad de consultar o justificar frente al congreso sus acciones—, luego bombardeando decenas de lanchas y barcos supuestamente cargados de drogas en el Caribe, y finalmente llevando a cabo la espectacular detención de Maduro y su mujer, Cilia, los que fueron arrastrados en la mitad de la noche desde su cama en Caracas a un helicóptero, luego a un barco y de ahí a una corte en Nueva York donde hoy enfrentan cargos conspiratorios de tráfico de drogas y posesión de armas.
Este fue un verdadero “coup” de Trump que sorprendió al mundo y que desató, en un principio al menos, enorme alegría y esperanza en gran parte de la población venezolana, especialmente entre los nueve millones que se han visto obligados a vivir en el exilio durante las últimas décadas. Ese entusiasmo, sin embargo, rápidamente se vio ensombrecido por la incertidumbre. En una conferencia de prensa realizada apenas horas después del arresto, Trump anunció que el secretario de Estado, Marco Rubio, y el secretario de Guerra, Pete Hegseth, estarían a cargo de “administrar” Venezuela bajo su supervisión. La palabra petróleo fue mencionada casi 20 veces en su discurso. En cambio, no dijo nada sobre democracia o cambio de régimen. La líder opositora María Corina Machado, feroz enemiga de Maduro y ganadora reciente del Premio Nobel de la Paz, “no tiene el apoyo necesario ni el respeto suficiente” para hacerse cargo de Venezuela, aseguró Trump, agregando que Rubio, en cambio, estaba en constante comunicación con Delcy Rodríguez, la vicepresidenta venezolana y una de las más cercanas colaboradoras del régimen del dictador.

En un principio, Rodríguez reaccionó con indignación frente a lo acontecido, exigiendo a Estados Unidos pruebas inmediatas de que el prisionero estaba con vida y asegurando que Maduro era “el único Presidente de Venezuela”. Unas horas después, sin embargo, su tono fue notoriamente más conciliador, llamando a la colaboración y la comunicación entre su gobierno y la Casa Blanca.
El 7 de enero Delcy asumió oficialmente como nueva Presidenta, envuelta en un vestido verde de la marca italiana Chiara Boni La Petite Robe de casi 800 dólares (¿verde esperanza?) y rodeada de algunos de los más famosos jerarcas del chavismo: el Ministro del Interior Diosdado Cabello; el Ministro de Defensa Vladimir Padrino; su hermano Jorge Rodríguez, presidente de la Asamblea Nacional; y un poco más atrás, inesperadamente sonriente, el congresista Nicolás Maduro Guerra, hijo del detenido.
Así las cosas, en Venezuela todo cambió y todo sigue siendo lo mismo.
La doctrina “Donroe” —así la llama Trump mezclando su apellido con el de Monroe— es tremendamente pragmática. “Nos va a dar lo que pidamos”, anunció el Presidente refiriéndose a la nueva mandataria venezolana, “y si no lo hace, sufrirá el mismo destino que Maduro. O peor”.
A bordo del avión presidencial rumbo a un nuevo fin de semana de golf en Mar-a-Lago, el presidente anunció que Estados Unidos recibiría millones de barriles de petróleo venezolano y que el dinero obtenido por su venta estaría administrado directamente por él, para asegurarse que fuera en beneficio de los norteamericanos y del pueblo de Venezuela. Luego amenazó a Colombia, dijo que “había que hacer algo” con México; y sobre Groenlandia insistió en que “tenemos que apoderarnos de ella”. Poco después, en una larga entrevista de dos horas con cuatro periodistas de The New York Times en el salón oval, el Presidente explicó que la “administración” de Estados Unidos sobre Venezuela duraría algún tiempo. ¿Semanas? ¿Meses? ¿Un año?, preguntaron los reporteros. “Diría que mucho más”, fue la respuesta.
El corresponsal de ese periódico en Caracas, Anatoly Kurmanaev, entregó en el podcast “The Daily” sus impresiones sobre el ánimo actual en ese país. “Maduro ya no está”, dijo, “pero su círculo cercano permanece intacto y sigue en el poder”. Luego explicó que Delcy Rodríguez “ha conseguido venderse a sí misma como la guardiana de la industria petrolera venezolana, la persona que puede administrar estos recursos y proteger los intereses extranjeros, que en este caso son los intereses de Estados Unidos”. El chavismo, dijo, ha perdido en el último tiempo todos sus pilares ideológicos. “Ahora lo único que queda es la supervivencia, y los jerarcas del movimiento que rodean a Delcy están decididos a sobrevivir a cualquier costo”.
Con un tono sombrío, describió el sentimiento de muchos venezolanos: “Este es un país acostumbrado a la desilusión y la tragedia. Ha habido momentos de entusiasmo extremo, cuando pareció que la libertad y la democracia estaban al alcance de la mano, cuando la gente se organizó en las calles para protestar contra el gobierno. Pero una y otra vez esa esperanza les fue robada bajo sus narices. Este es un país donde la gente ha aprendido a moderar sus expectativas, y muchos en Venezuela que vieron a Delcy jurar como presidente sienten que este no es el resultado que hubieran esperado o elegido, pero es un resultado que, a pesar de ser injusto, quizás haga sus vidas un poco más fácil”.
Una fuente en Venezuela, citada por Jonathan Blitzer en The New Yorker, definió la situación sucintamente con un viejo y triste refrán: “tanto nadar para morir en la orilla”.
En esa misma revista, Robin Wright publicó un largo artículo sobre la nueva doctrina norteamericana describiendo, párrafo tras párrafo, la posibilidad de una fractura fundamental —y aterradora— del orden internacional.
“En la primera semana del nuevo año, tanto aliados como adversarios han expresado una creciente alarma respecto la bravata belicosa y las amenazas mercuriales de Trump”, escribe la periodista. “De pronto, suena como si el presidente estuviera bombardeando una enorme zona de influencia que va desde el Ártico, bajando por la costa Atlántica al sur del Caribe y extendiéndose hasta el Pacifico”.
Citado en el artículo, Ian Bremmer, fundador y presidente del Grupo Euroasia, expresa sus propias advertencias, diciendo que Trump podría sentir la tentación de insistir en lo que ya le ha funcionado, ya sea sancionando a un líder extranjero, interfiriendo en elecciones, desestimando el compromiso de sus aliados, o apoyando candidatos en las próximas elecciones en Brasil, Colombia, Costa Rica y Perú.
“Trump arriesga plantar semillas de antiamericanismo y crear más conflictos, traficantes y carteles en nuevos sitios, que es lo que ha pasado en casi todos los continentes donde Estados Unidos ha sobreextendido su influencia”.
¿Quién podría detenerlo? Nadie, aparen-temente. El propio Trump, consultado al respecto en la citada entrevista con el New York Times, aseguró que el límite de su poder está determinado solo por su propia moral y su propia mente. Ni el Congreso, ni la Corte Suprema, ni las leyes y las normas internacionales, ni siquiera su propio equipo de asesores fueron mencionados. Es él, solo él, quien dice manejar los destinos del mundo.