La confirmación del Vaticano de que intentó facilitar una salida negociada para Nicolás Maduro de Venezuela antes de su captura por fuerzas estadounidenses expone con nitidez las tensiones entre la diplomacia moral de la Santa Sede y la lógica dura de la geopolítica internacional.
Más allá del dato el episodio abre interrogantes sobre el alcance real de la mediación vaticana en conflictos donde convergen intereses estratégicos, presión militar y colapsos institucionales profundos.
Según explicó el secretario de Estado, Pietro Parolin, la Santa Sede mantuvo contactos con representantes del Gobierno venezolano con el objetivo de propiciar una solución pacífica. Incluso se evaluó la posibilidad de un salvoconducto para Maduro, en línea con versiones que apuntan a un eventual asilo en el extranjero. Sin embargo, los esfuerzos no prosperaron.
El reconocimiento explícito del fracaso marca un punto relevante. El Vaticano no suele detallar públicamente gestiones diplomáticas en curso, y tampoco admite su incapacidad para influir en el desenlace de una crisis. En este caso, la declaración no solo parece buscar transparencia, sino también reafirma una posición doctrinaria: la Santa Sede “siempre apoyó una solución pacífica”, aun cuando esa vía fuera superada por decisiones tomadas fuera de su esfera de influencia.
La crisis venezolana ilustra, así, los límites estructurales de la diplomacia vaticana. A diferencia de los Estados, el Vaticano carece de herramientas coercitivas y basa su acción internacional en la autoridad moral, el diálogo y la apelación a principios como la paz, la democracia y la dignidad humana. Cuando estos principios chocan con estrategias de seguridad, acusaciones criminales y operaciones militares, su capacidad de incidencia se reduce significativamente.
La figura de León XIV en el papel diplomático del Vaticano en Venezuela
El Papa León XIV ha insistido en ese marco ético. En su reciente discurso ante el cuerpo diplomático acreditado ante la Santa Sede, llamó a respetar la voluntad del pueblo venezolano y a evitar que la resolución del conflicto quede atrapada en “intereses partidistas”. La audiencia concedida días antes a la líder opositora María Corina Machado reforzó ese mensaje.
No obstante, el contraste entre los llamados y la realidad es evidente. La captura de Maduro y su traslado a Estados Unidos alteraron abruptamente el escenario político venezolano y dejaron en segundo plano cualquier intento de mediación gradual. Para el Vaticano, el desenlace plantea un dilema recurrente: cómo sostener su rol de actor moral creíble cuando los conflictos se resuelven por la vía de la fuerza y no del consenso, sobre todo en la era del presidente Donald Trump.
En ese contexto, las palabras de Parolin sobre la “gran incertidumbre” que vive Venezuela y la “necesaria democratización del país” funcionan menos como advertencia ética.
La Santa Sede parece asumir que su papel inmediato no será definir el curso político del país, sino recordar —a los nuevos actores internos y a la comunidad internacional— que la estabilidad duradera no puede construirse solo sobre hechos consumados, sino sobre legitimidad, derechos y reconciliación.