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Giorgia Meloni, la nueva dama de hierro

A tres años y medio de su ascenso al poder en Italia, Meloni ha demostrado tener temple de acero. Su público alejamiento de Trump es muestra de su olfato: un paso más en su esfuerzo por mantenerse en el poder.

La primera mujer en llegar a la más alta magistratura de Italia hizo un camino improbable. De origen humilde, Meloni fue criada en un barrio obrero de Roma. Su padre abandonó a la familia cuando ella tenía apenas un año, dejando a su madre a cargo de ella y de su hermana mayor, Arianna (hoy secretaria política de su colectividad, Hermanos de Italia).

Meloni estudió en un liceo técnico especializado en turismo, y obtuvo un diploma en hotelería y lingüística. No obstante sus buenas calificaciones y talento (habla cinco idiomas), por falta de recursos tuvo que desechar la chance de ir a la universidad. Canalizó su energía desde temprano en la política, uniéndose al neofascista Movimiento Social Italiano (MSI) a los 15 años, mientras trabajaba en diversos empleos (niñera, mesera en discotecas, vendedora en ferias libres). Más tarde, el mismo año en que fue elegida por primera vez a la Cámara de Diputados (2006), comenzó a ejercer el oficio de la comunicación política, logrando registrarse como periodista.

Por su carisma, pragmatismo y conexión con la clase trabajadora, destacó rápidamente en el Congreso. Berlusconi la nombró la ministra más joven de Italia (cartera de Juventud) en 2008, integrando a su partido dentro de la coalición de derecha.

Cuando en 2022 llegó al cargo de primera ministra liderando una alianza integrada por Berlusconi (Forza Italia) y Matteo Salvini (La Lega), pocos predijeron que duraría en el cargo. Sus antecesores, políticos de dilatada carrera y grandes pergaminos universitarios no habían logrado formar gobiernos estables. Era muy probable que, tal como les había pasado a ellos, las luchas internas dividieran la coalición gobernante a poco andar. Además, la política italiana se caracteriza por un machismo desatado, y sus socios confiaban en controlarla. Encima, en Bruselas no tenía apoyo.

Pero sorprendiendo a todos, Meloni neutralizó la ambición de sus socios: puso bajo su égida a Salvini, y se independizó de Berlusconi (él se quejó de su carácter mandón). Así, ha consolidado su gobierno como uno de los más estables que ha existido en la Italia de posguerra. En lo personal, rompió a poco andar con el padre de su hija, hoy de nueve años; y como madre soltera, comparte mucho con la pequeña Ginevra, que a veces la acompaña en viajes oficiales.

Para consolidarse en el poder, atraer inversión extranjera e insuflar dinamismo a la poco dinámica economía italiana, Meloni tenía claro que necesitaba acercarse al centro, y eso exactamente fue lo que hizo. Moderó su lenguaje, se ganó la confianza de la burocracia de Bruselas, se destacó en la defensa de la causa ucraniana, y ha sido —en los hechos— su propio Canciller, luciéndose en cada cumbre a la que asiste con su manejo políglota. Logró además una buena llegada con Donald Trump, posicionándose como la líder europea que mejor podía tender un puente con el anaranjado líder. Y Trump, hasta hoy, la había cubierto de elogios por su inteligencia y belleza.

Pero Trump se ha vuelto profundamente impopular en Italia, y no sólo porque se le considera causante del aumento del precio de la energía. Su obsesión con Groenlandia, su asociación con Netanyahu, su rol en Gaza e Irán, y más recientemente, su enfrentamiento con el Papa León, son vistos negativamente por dos tercios de la población; y es muy probable que su cercanía con Trump le hayan quitado a Meloni importantes puntos en el referéndum sobre reforma judicial que perdió recientemente. Además, la coalición de Meloni está comenzando a enfrentar desgaste, caída en la aprobación y una oposición más coordinada. Sin disposición a más derrotas, el quiebre con Trump se hizo inevitable.

Meloni, entonces, está aplicando su olfato. Luego de mostrar diferencias progresivas, aprovechó la oportunidad del ataque al Papa para desligarse de una amistad peligrosa. La verdad es que, pese a las muestras públicas de aprecio, Trump ha estado presionado cada vez más a Meloni, junto con otros aliados europeos, para que aumenten su gasto militar, participen de sus guerras, y también para que acepten aranceles y otras condiciones comerciales desfavorables.

Meloni ha aprovechado, además, para distanciarse de Israel, hasta ahora un aliado clave. Anunció que Italia no renovaría automáticamente el acuerdo bilateral de Defensa “en vista de la situación actual”.

La implacabilidad de Meloni para dejar atrás a la ultraderecha de la cual emergió y posicionarse en el centro, con miras a sostenerse en el gobierno, han dado pábulo para alguna comparación con la dama de hierro original: Margaret Thatcher. Pero la verdad es que, fuera del carácter inclaudicable, no hay mucho paralelo. Thatcher fue la hija de un humilde comerciante de provincia, pero tuvo una educación de privilegio en Oxford. Se graduó en química y más tarde de abogada, se casó con un millonario, y adoptó las costumbres de la clase privilegiada. Meloni en cambio, no ha dejado de ser la mujer que entiende al ciudadano de a pie y le habla con franqueza. Esa comunicación directa es su mayor activo político.

El giro anti Trump de Meloni subraya su sagacidad. Ella deja en claro que una cosa es ser de derecha, y otra ser trumpista: lo último es un desprestigio. Sería bueno que en nuestra región siguiéramos sus pasos más de cerca.

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