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Cuba: más allá del ron y la revolución

Partiré sincerando la causa de mi viaje a la isla: con Valeria, mi mujer, teníamos prometidas unas vacaciones a solas, el destino elegido era la isla de Cuba y disponíamos disfrutar de un par de días ahí. Haciendo presente la connotación netamente festiva del viaje, también había una veta política; siempre me sedujo la idea visitar (e intentar conocer) Cuba, más allá del prejuicio. Y también hacerlo antes que la irrefrenables circunstancias tengan de vuelta a la comitiva y fuerza renovadora del país de la bandera de las barras y las estrellas en la “isla cautiva”, como se refirió JFK en su histórico discurso por la Crisis de los Misiles.

Aterricé justo una semana después de la reapertura de la embajada de los EE.UU y las palabras de John Kerry anunciando el “fin de un época” y el inicio de una nueva. Desde fuera, siempre hemos pensado que el régimen castrista es una suerte de “bailarina” que va despojándose lentamente de sus ropajes y cambiando a paso milimétricos, para que no vayan a pensar que la moral de la Revolución va a claudicar frente al capitalismo y el libre mercado.

La primera imagen es impactante para cualquier turista con “moral Varadero”. Caminar por La Habana y sentir la pobreza institucionalizada y los límites oficiales, dan la sensación de que la isla fuera una suerte de DisneyWorld, diseñada ex profeso sin internet, con automóviles de los años cincuenta y con un ánimo exacerbado de rumba y son. Pero que detrás de las añejas callejuelas, hay una verdadera Cuba, que es igual a cualquier país, o como cualquier calle de Maipú, San Miguel o Santiago Centro.

En Chile, esta islita ha sido la obsesión “cuasi erótica” de la política chilena y el campo de guerra de la hipocresía nacional. Por un lado, el Partido Comunista intentando explicar lo inexplicable. Tratando de hacernos entender que en Cuba se “vive una democracia diferente” y “planificada” me imagino, para ahorrarle tiempo a los electores y evitarles la dura tarea de elegir.

Por otro lado, la derecha chilena, a la mera empatía con el régimen castrista, lo mira como una exhortación al satanismo. Y rasgan vestiduras para criticar con fuerza una dictadura. Sí, los mismos que miraban -y aún miran con ojos llorosos de emoción- la entrada a paso militar del dictador en el primer “Llame Ya” de la historia, como lo era el noticiario “60 Minutos”, el opaco y tenebroso noticiario oficialista en los 80´s, más conocido en la época como “60 Mentiras”.

Sin querer ni por asomo transformarme en comentarista de temas internacionales en short y tumbado en la playa, me preguntaba, ¿cómo reaccionaría el pueblo cubano ante tanta libertad, justo en medio de una época global y desechable? A veces, en sociedades que se han forjado en la opresión y la crueldad de su tiranos, ciertos “valores occidentales o modernos” pueden perfectamente convertirse en la introducción de un chip monstruoso.

De cierta forma, ocurrió en Chile, y sin duda, sucederá acá. Los pueblos cautivos suelen experimentar una especie de “Síndrome de Estocolmo” con sus captores, más que mal, Pinochet se fue con el 44% en el plebiscito del 88.

Cuba no me parece un paraíso. Parto de la base que un paraíso sería un lugar para todos, y no sólo para quienes pueden portar euros o dólares. Pero tampoco es el espejo moralista en el que tenemos derecho a miramos para sentirnos más lindos o musculosos.

Como país, hemos hecho poco para arreglar nuestras callejuelas sucias y añejas, y desmantelar nuestros propios Varaderos, esos paraísos exclusivos para algunos, que persisten en plena crisis de confianza y una época de turbulencias en lo político de tal envergadura, que se escuchan amenazas de desmantelamiento de todo aquello que hemos creído como una democracia firme y estable.

Tenemos pifias, reconozcámoslo. Hay un pésimo sistema de transporte, un muy poco querido sistema de pensiones, una clase política con otitis, y más encima, a diferencia de Cuba, nadie vendrá a vacacionar, a sacarse fotos y beber daiquirís al lado de ellas. Cuba, al menos, tienen atracciones turísticas.

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