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Sin brújula

El Presidente habla de falta de sintonía, cuando en realidad lo que falta es darse cuenta de que no se requiere de un ajuste de sonido, sino que es otra música la que hay que proponer y ejecutar.

Asombra que para algunos los resultados de las “mega elecciones” sean una sorpresa. Tal vez por confusión, por ignorancia o por vejez, pero lo que está claro es que los partidos políticos tradicionales en Chile perdieron el rumbo. Se quedaron sin pulso.

Estas elecciones permiten leer que los ciudadanos no son un “mercado”, ni siquiera “clientes” de una empresa. Son la empresa.
Son los que definen el rumbo. No son susceptibles de ser analizados a través de encuestas de opinión que los tratan como consumidores de una gaseosa o de shampoo.

Son los que dirigen. Y, por lo tanto, son quienes tienen claro que Chile dejó de ser hace mucho tiempo una “capitanía general” o un país gobernado desde un presidencialismo intocable que se supone dueño de las decisiones. Los ciudadanos son el país.

Y el grave error de los políticos no es culparse por “no entender” las demandas de los ciudadanos, sino por no sentirse ciudadanos. No hay que entender a la gente, hay que ser la gente.

El Presidente, en un nuevo acto fallido, habla de falta de sintonía, cuando en realidad lo que falta es darse cuenta de que no se requiere de un “ajuste” de sonido, sino que es otra música la que hay que proponer y ejecutar.

Esta etapa del país marca el quiebre del clientelismo político para pasar al protagonismo y, para abordarla, quien se precie de ser un político, deberá contar con las tres capacidades esenciales que nos enseñó el eterno Maturana: la capacidad “sensorial” para percibir, algo que la clase política parece haber olvidado, o simplemente ignorado. La capacidad “operacional” para hacer realidades, más allá de los relatos y de las promesas eternas. La insatisfacción de la ciudadanía es producto del incumplimiento de una promesa, algo tan básico de entender como difícil de practicar. Y la capacidad “relacional”, para poder conectarse, entender el mundo, el nuestro y el de los demás para poder convivir.

Es bastante pobre para un político que gobierna o para quien pretende hacerlo, no tener capacidad de interpretación. Por ceguera, como diría Saramago o por sordera al no escuchar el baile de los que sobran. La principal virtud de un político es ver más allá de lo evidente para los demás, lo que además de político lo transforma en un legítimo líder.

Lo que queda ahora es hacer el duelo de la vieja política. Pero muerta la vieja política, que viva la nueva, y para eso es hora de reconstruir la clase política, porque la política es imprescindible siempre para la salida de los conflictos. Pero para eso, hay que dejar de parecer, y empezar a ser. Dejar de declamar empatía y por fin intentar practicarla, aunque es difícil. Es un tema de valores. Bienvenida la evolución.

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