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Sorpresa, sorpresa

Para los que escribimos y comentamos la política es cambiar carne por charqui. Horas y horas de diversión desatada, de imitaciones, de memes, que se nos quitan de golpe para volver a tener un gobierno de gerentes donde el único que importa es el dueño de la caja, el encargado de finanzas.

Una no sabía hablar, la otra no sabía qué decir. Una se veía bien pero se escuchaba mal, la otra se veía mal y se escuchaba peor. Una conocía muchos políticos pero no sabía nada de política, otra conocía a muchos policías pero no sabía nada de policía. Una daba miedo cuando quería transmitir seguridad, la otra provocaba risa cuando quería transmitir firmeza.

“Los vamos a sorprender”, prometió justamente el presidente Kast cuando era candidato. Y vaya que sorprendió. Esta es hasta ahora la única promesa que ha estado dispuesto a cumplir. En esa misma entrevista en radio Duna aseguró que tenía en seguridad un plan preparado día por día, del 11 de marzo en adelante. Todo planificado con expertos, todo medido y aceitado para implementarlo apenas trasladada su cama a La Moneda.

La salida de Trinidad Steinert a 69 días de asumir —el cambio de gabinete más rápido desde el retorno a la democracia, casi tres veces más veloz que el de Boric, que tardó seis meses—, acompañada de Mara Sedini sólo para frenar la violencia del golpe, prueba no sólo que no había tal plan día a día, sino que no se había cumplido siquiera con el mínimo ritual de conocer a la persona que nombras en el ministerio más importante de tu gobierno. ¿Pero era realmente el más importante? ¿Es la seguridad que preocupa a los chilenos de manera muchas veces demencial una preocupación real para Kast y sus amigos?

Uno trabaja cuando realmente se preocupa. Uno planifica, se prepara, estudia. Es lo que ha hecho el ministro Quiroz acompañado por buena parte del gabinete. Trabajo que está rindiendo frutos en el Congreso. Como buenos marxistas ortodoxos, Kast —o sea Quiroz— piensa que las condiciones materiales de existencia están en el centro de la sociedad, o sea que la economía lo es casi todo. La rebaja del 27 al 23, la invariabilidad tributaria a 25 años, la reintegración, la destrucción creativa de Schumpeter, los espíritus animales de Keynes es lo que importa. Y el resto es música. No importa si ésta suena desafinada.

La seguridad, la inmigración, todo eso era solo el envoltorio de una contrarreforma tributaria. El gobierno no le habla entonces al Chile de hoy, que prueba desconocer y despreciar a cada paso, sino al de ayer: el Chile de la Bachelet 2 y las reformas de Arenas —aquel impuesto a las empresas del 27% que ahora se desmonta como si fuera el pecado original—, sindicadas como el corazón de una decadencia ineluctable de la que han venido un grupo de elegidos a salvarnos.

Mara Sedini fue una nota de color, un intento de audacia, un paseo por el lado salvaje que no salió bien. Esto le pasa a cualquier gobierno. Trinidad Steinert fue algo peor: una improvisación total, una apuesta de casino, una perfecta locura. Una fiscal de Tarapacá que un día investigaba al Tren de Aragua y al siguiente diseñaba la política de seguridad de un país entero, sin más rodaje que el de su propia leyenda.

¿Izkia Siches? La doctora fue un error que Boric decidió tomar en plena conciencia, seguro de tener una mujer de peso político y mediático a su altura. Fue esa seguridad en sí misma total la que la llevó a encadenar una tras otra torpezas y tonterías. Boric aprendió de su error y fue a buscar, lejos de su círculo y sus convicciones, gente que pudiera gobernar lo que no conseguía del todo entender. Calló a los que podrían ser sus más feroces críticos, el socialismo democrático, dándole ministerios a sus principales cabezas.

Kast, que se mira de manera obsesiva en el espejo de Boric, se cuidó de no imitar a su némesis y no llamó a nadie de afuera. Ni Matthei, ni Longueira. Prefirió confiar en los hombres más confiables de su riñón duro. Arrau, que como su famoso homónimo el pianista Claudio Arrau es un buen intérprete que no compone nada. Es fiel, es serio, es fanático, pero es improbable que protagonice ningún chascarro.

Alvarado es un subsecretario perfecto que todavía no ha probado si puede habitar del todo la enorme camisa de once varas que le han regalado —ahora la doble camisa, Interior y Segegob, lo que algún analista ya llamó “una especie de vicepresidente”—. Operador político de primera calidad, la política es su vida, en ella se mueve como pez en el agua. No se le conoce, eso sí, ninguna idea relevante, ningún proyecto propio y colectivo. Como Arrau, su principal cualidad parece ser no parecerse en nada ni a Steinert ni a Sedini.

Para los que escribimos y comentamos la política es cambiar carne por charqui. Horas y horas de diversión desatada, de imitaciones, de memes, que se nos quitan de golpe para volver a tener un gobierno de gerentes donde el único que importa es el dueño de la caja, el encargado de finanzas.

Se acabó la diversión, terminaron las sorpresas. Gobiernan los señores, los profesionales, pero entre medio la urgencia se ha ido, y la luna de miel. El país puede seguir esperando: el “gobierno de emergencia” —así lo bautizó el propio Alvarado al asumir— parece haber por el momento abdicado del divertido deporte de destruirse a sí mismo.

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Para los que escribimos y comentamos la política es cambiar carne por charqui. Horas y horas de diversión desatada, de imitaciones, de memes, que se nos quitan de golpe para volver a tener un gobierno de gerentes donde el único que importa es el dueño de la caja, el encargado de finanzas.

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