El país de “nunca jamás…”

Las elecciones primarias (PASO) llevadas a cabo el domingo 12 se septiembre de 2021, muestran un resultado opuesto a las mismas PASO realizadas en 2019. En dos años, el mapa político va y viene, un juego interminable que más allá de generar desconcierto, demuestra que la voracidad por el poder ya no alcanza como justificativo de la política.

Por Guillermo Bilancio Consultor en Alta Dirección › Actualizado: 18:50 hrs
La coalición Frente a Todos, que confirman los partidos oficialistas de Argentina, ha registrado unos malos resultados en las elecciones PASO del país. AGENCIA UNO/ARCHIVO
La coalición Frente a Todos, que confirman los partidos oficialistas de Argentina, ha registrado unos malos resultados en las elecciones PASO del país. AGENCIA UNO/ARCHIVO
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“Quién sabe Alicia, este país no estuvo hecho porque sí…” escribía Charly García en uno de sus himnos eternos. Y cada vez es más cierto esa idea que existe un rumbo para Argentina, pero que nadie sabe cuál es.

Las elecciones primarias (PASO) llevadas a cabo el domingo 12 se septiembre de 2021, muestran un resultado opuesto a las mismas PASO realizadas en 2019. En dos años, el mapa político va y viene, un sube y baja constante, un juego interminable que más allá de generar desconcierto, angustia, esperanza, histeria, exitismo o frustración, demuestra que la voracidad por el poder ya no alcanza como justificativo de la política.

Sabemos que la política es el vehículo para el acceso al poder, pero sólo es así contando con un modelo que pueda llevarse a la acción efectiva, que se ocupe de resolver el presente y que tenga efecto en el futuro. Pero esto parece una utopía, especialmente en esta parte del mundo tan frágil y volátil, que ofrece un espacio de oportunidad para falsos profetas que suponen entender, a partir de encuestas y de tablas de Excel, las demandas de una sociedad arrasada en lo sociocultural, en lo económico y en lo ético. Porque finalmente, estos tres elementos son los que determinan el grado de convivencia social que permite una base de estabilidad para construir progreso.

Pero acaso, para el político voraz y transitorio, la convivencia, la estabilidad y el progreso son sólo partes de un relato interminable, una idea que nunca llega a la acción.

Es curioso que cuando se gana una elección, la explicación es “el pueblo ha comprendido nuestra propuesta”. Pero es más curioso que quien la ganó, un par de años después justifique su derrota planteando que “algo no hemos interpretado de lo que la gente quería”. En definitiva, nunca comprenden por qué ganaron o por qué perdieron, tal vez porque viven dentro de una membrana impermeable que sólo les permite interactuar con sus visiones del mundo, cuando hay muchas más visiones.

Esta visión cerrada e impermeable no es otra cosa que una ideología rígida, producto de la experiencia vivida, de temor a no ser visto como quien muere con las botas puestas, o peor aún, creyendo que la política es mantener una línea ideológica más allá de las circunstancias. Esta mirada tan cerrada como romántica, le cierra el paso a una nueva generación que vive en una sociedad donde la inmediatez supera a la promesa, donde el bienestar está por encima de cualquier rigidez ideológica, y eso implica pragmatismo.

El pragmatismo no es otra cosa que la capacidad de integrar ideas generando acciones de corto y largo plazo a la vez, una mirada del árbol y del bosque en un solo momento, un pensamiento que no se detiene en qué está primero; si el huevo o la gallina. El pragmatismo implica entender que todo se constituye mutuamente. Y para eso, el político de hoy debe abandonar el romanticismo y la canción esperanzadora, y adoptar la plasticidad necesaria para construir presente con proyección.

Cuidado que también hay falsos profetas que se suponen pragmáticos, pero que en realidad son bufones mediáticos sin contenido, que pueden tener una elección razonable y desaparecer en un instante. De eso hay pruebas más que suficientes.
El columpio argentino, ese sube y baja, esa transitoriedad infinita, debe ser un elemento de aprendizaje para los políticos partidarios en la región, atados a ideologías oxidadas.

El pragmatismo le pondrá fin al partidismo si los políticos no entienden que, las viejas estructuras mentales que definen el posicionamiento de sus partidos, deben evolucionar para poder transformarse en una opción válida para la sociedad.

En otras palabras, para practicar el nuevo arte de la política, quienes quieran acceder al poder deben entrenarse para tener velocidad con claridad y darse cuenta de que la búsqueda del bienestar general exige capacidad de respuesta a partir de la integración.

No es más conocimiento, es darse cuenta. Argentina es el país del nunca jamás. De la transitoriedad eterna. Pero cuidado, no pensemos que en la región no pasa lo mismo.

Pragmatismo con profundidad, cercanía popular para poder generar espacios de estabilidad para poder despegar, pero acciones concretas para resolver lo inmediato. Como planteaba Maturana, disponer de la capacidad sensorial, relacional y operacional, algo que no es para cualquiera. Bienvenidos a la nueva política.

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