¿Por qué el capitalismo?

El capitalismo trajo la democracia al mundo. También trajo la globalización, que a su vez se está ampliando a base de la tecnología de comunicaciones. La globalización está disminuyendo al expansionismo y alimentando el despertar hacia la democracia en distintas regiones del mundo.

Por Tomás Szasz › Actualizado: 00:03 hrs
En los últimos aproximadamente 150 años de historia, hasta el momento el único régimen exitoso es el capitalismo en democracia. @JCOMP/FREEPIK
En los últimos aproximadamente 150 años de historia, hasta el momento el único régimen exitoso es el capitalismo en democracia. @JCOMP/FREEPIK
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En 1867 Karl Marx editó el primer tomo de su trilogía, titulada Das Kapital. Kritik der politischen Ökonomie, en español “El capital: crítica de la economía política”. No llegó a publicar los tomos dos y tres; lo hizo su amigo y socio en la lucha de clases, Friedrich Engels. Resulta paradójico que dos judíos prusianos, hijos de familias acomodadas (el padre de Engels era industrial en Inglaterra) hayan fundado las ideologías comunistas, del materialismo dialéctico y el socialismo científico, entre otras obras revolucionarias, y se hayan propuesto la caída de sus propios progenitores. Eran los años más álgidos de la Revolución Industrial.

En estos tiempos, principalmente de los escritos citados nace el nombre capitalismo, el orden social que está por más de siglo y medio instalado en lo que llamamos Occidente: Europa, América, Australasia y hoy partes de Asia y África. El capitalismo feroz del siglo XIX y principios del XX, que explotaba en forma inhumana a una nueva clase obrera para modernizar al mundo – y de paso encumbrar inmensas riquezas para la nobleza y los industriales, llamados desde entonces “capitalistas” – creó en forma automática sus detractores, encabezados por los creyentes de la teoría de la dupla Marx & Engels y, en la práctica, primero por la revolución bolchevique (otra paradoja: su traducción es “minoría”…), seguida por varias revoluciones en la segunda decena del siglo pasado; ninguna triunfante excepto el ruso que se encargó de la demonización del capitalismo y, de paso, de la democracia (que hoy muchos partidos marxistas utilizan irónicamente como su propósito). Eso sí: tuvieron el mérito de obligar a los capitalismos a perfeccionarse, a modernizarse, a humanizarse.

La Segunda Guerra Mundial trajo consigo no solo la destrucción y posterior reconstrucción del Occidente y parte del Oriente, sino también la dispersión de la revolución anticapitalista – en muchas partes anti-feudal – que separó al mundo en áreas de capitalismo, socialismo, comunismo y otras sociedades de distintos grados opresivos. Transformó al planeta en un crisol de los más diversos regímenes. También terminó por completo con el colonialismo – principalmente el británico – transformando a muchas excolonias en sociedades capitalistas y algunos en revolucionarios de extrema izquierda con algunas historias de atrocidades nunca antes vistas, como por ejemplo, Camboya.

Y el mundo de repente se hizo tremendamente diverso, pero al mismo tiempo también globalizado. Paralelamente nacieron en el seno del mundo árabe – 22 naciones en el norte africano y el Medio Oriente con unos 800 millones de habitantes – distintos tipos de sociedades, cuyo carácter es difícil de definir: están principalmente dominados por la religión opresiva y excluyente en varios de ellos o de gobiernos cambiantes y poco progresivos en otros. Asimismo, se formaron regímenes sui generis en países ahora independientes: islam, multisectorial, monárquico y otros de difícil calificación. China e India se agigantaron; la primera en transición desde un comunismo feroz finalmente a un capitalismo controlado por el partido; la segunda, saliendo de un mundo colonial miserable hacia un capitalismo cada vez más democrático y exitoso. La URSS se transformó en un moderno zarismo capitalista al mando de un indestructible, astuto, corrupto y despiadado ex-KGB: Putín.

Esa larga introducción para justificar al título del presente artículo sirve para demostrar que en los últimos aproximadamente 150 años de historia, hasta el momento el único régimen exitoso es el capitalismo en democracia. Cuánto menos feroz y más de rasgos sociales; más exitoso, con poblaciones más felices, más realizadas. Los ejemplos abundan: Noruega, Suecia, Finlandia, Austria, Suiza, Alemania, Bélgica, Francia, España, Italia, Portugal…(traté de hacer una lista en el orden de felicidad expresada por sus habitantes) en el viejo mundo; Canadá, EE.UU., Costa Rica, Uruguay en América; Corea del Sur, Taiwán, Australia, Nueva Zelanda, Singapur, Israel en Oceanía, Asia y el Oriente. No llego ubicar aún países en el continente africano, aunque aparecen ya algunos con esa tendencia, encabezados por Sudáfrica que se revuelca aún en los residuos de apartheid.

El capitalismo trajo la democracia al mundo. También trajo la globalización, que a su vez se está ampliando a base de la tecnología de comunicaciones. La globalización está disminuyendo al expansionismo y alimentando el despertar hacia la democracia en distintas regiones del mundo. El capitalismo democrático, en la medida de su desarrollo en distintos países trajo consigo instituciones fuertes, educación y salud universal, alternancia de distintas fuerzas en la conducción, “meritocracia” con fuerte asistencialismo, cultura y distensión, dignas pensiones. Es cierto que hay inmensas diferencias de posesiones, pero no hay desposeídos. Hay quienes tienen palacios, aviones particulares, yates enormes y hogares en paraísos terrenales; otros que tienen casas o departamentos, vehículos que cambian con frecuencia, botes, lanchas o veleros y una cabaña de fin de semana; hay de aquellos que tienen menos, pero la o el que no llegó a más que camarera o guardabosques, tiene una vivienda digna, un vehículo decente, servicio de salud correcto, educación para sus hijos y una jubilación que lo deja vivir bien.

Estos países son los primeros en tecnología y desarrollo, innovación y emprendimiento, disciplina cívica basada en la libertad individual. Viven en una paz interna, tienen voz y voto en el destino de la nación, libertad de diálogo y elección tanto de vivienda como de trabajo. En dos palabras: capitalismo y democracia.

Comparemos estos ejemplos con los llamados regímenes socialistas, o con las dictaduras asentadas en el poder militar, o con los del fanatismo religioso, o de aislacionismo del resto del mundo. Nicaragua, Venezuela, Cuba, varios países de la península arábica, Pakistán, Afganistán, Irak, Corea del Norte, muchos en África y del lejano Oriente con excepción de los pequeños y riquísimo emiratos petroleros. ¿Qué tienen los habitantes de esos países? ¿Acaso acceso a una educación moderna, a la tecnología, salud, seguridad? ¿Tienen lo más preciado y anhelado por el ser humano: libertad? ¿Futuro? ¿Felicidad? ¿De qué estamos hablando entonces cuando condenamos al capitalismo democrático que otorga o se dispone a otorgar todo esto a la gente?

Latinoamérica, incluyendo a nuestro pequeño país, está en permanente alteración de regímenes desde ya los años ’50 entre democracias incipientes y más o menos exitosas, dictaduras militares, populismos atroces y retrógrados, “socialismos” nada socialistas, gobiernos sostenidos por la droga, somos el subcontinente más diverso, inestable, progresista y reaccionario del mundo. Nuestros países aman seguir el concepto de Lenin: “Un paso adelante, dos pasos atrás”. Y tenemos, principalmente en Chile, izquierdas; centro- y extremas izquierdas que difunden que la palabra, el concepto, el régimen capitalista, el capitalismo es el demonio, el empobrecedor de las masas, el creador de la desigualdad y la pobreza de los pueblos.

Creo que tengo mis razones al elegir el capitalismo, la democracia. Al elegir un régimen basado en la libertad del individuo, libertad que termina donde comienza la de los demás. Un país donde trabajar no es una carga obligatoria para sobrevivir, sino una tarea para progresar; donde el emprendimiento puede llevarte quizás a amasar una fortuna, pero con seguridad por lo menos a una vida digna con todos los atributos que eso signifique. Un país donde mi propio capital lo puedo hacer con mi empeño que, si no es suficiente por falta de mi capacidad, seré atendido, completado por un Estado eficiente que elegí, por una solidaridad sana, que antepone las obligaciones a los derechos, pero garantiza estos últimos. Un empresariado de mente abierta que se dé cuenta que las/los empleadas/os, además de un digno sueldo, deben tener acceso a capacitación, cuidado infantil, discernimiento, protección social y – ¿por qué no? – hasta participación en la empresa, y tendrá así evidentemente más ganancias aún por la perfección que tendrá el negocio. Por esto elijo el capitalismo. El capitalismo moderno. Y, naturalmente, la democracia. Depende de nosotros en cuál queremos vivir, a cuál elegimos. 

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