A propósito de la creación del Instituto Nacional, Camilo Henríquez en la Aurora de Chile del 18 de junio de 1812, sintetiza ese ideal republicano: “El gran fin del Instituto es dar a la Patria ciudadanos que la dirijan, la defiendan, la hagan florecer y le den honor”.
El liceo fue hasta los años 60 del siglo pasado, el más importante instrumento de progreso social
que tuvo la República; fue su creación y su orgullo y a cambio, la proveyó de talentos, servidores
públicos, líderes, emprendedores y políticos. A 50 años del cierre de ese ciclo, todavía no logramos
representar con claridad una nueva identidad social y política para el liceo. La universalización de
la educación secundaria entre los 80 y los 90, no estuvo aparejada con nuevas capacidades que
sostuvieran su relevancia política y académica y la pertinencia social y laboral de su formación. La
municipalización de la educación fiscal afectó irremediablemente su sentido nacional y su identidad republicana, al entregar a cada autoridad local, con independencia de sus capacidades, intereses y recursos, las principales decisiones acerca de los propósitos, la prioridad y la administración.
Unos pocos liceos vocacionales han logrado robustecer su identidad, luego de vincularse con el mundo del trabajo, con el desarrollo productivo, con la empleabilidad y con la educación técnica de nivel superior. Compleja sigue siendo la opción de Formación Diferenciada Humanístico Científica, porque tal como está definida (exploratoria, electiva y de profundización), resulta carente de sentido y frustrante para numerosos jóvenes, porque no responde a sus necesidades de desarrollo, no les facilita su trayecto a la educación superior, ni les asegura itinerarios para el trabajo y para la retomar estudios en el futuro.
Sin retorno parece la caída de los liceos de alta exigencia académica (mal llamados “Históricos” y
peor todavía, “Emblemáticos”). Es doloroso para los educadores y para muchas familias, la pobreza de los logros educativos, la permanente pérdida de clases y de aprendizajes, la violencia cotidiana, el clima de división interna y las faltas a la convivencia y al orden púbico. Hace tiempo que sus administradores y directivos, las autoridades educativas y de orden público fueron sobrepasados.
Luego de casi una década, resulta poco creíble que esto se deba a bandas juveniles que, en la impunidad, mantienen secuestrados mediante la violencia a comunidades completas; la falta de recursos y el mejoramiento de espacios educativos, como causas, no son proporcionales a la destrucción física y simbólica realizada. Lo que cuesta comprender es la incapacidad los responsables del sistema para asegurar el derecho a la educación en esas comunidades.
Es urgente contar con es un proyecto de reestructuración profundo de esos liceos, que movilice a las comunidades en torno a los desafíos de recuperación como liceos públicos, con un sello en logros académicos y en el desarrollo personal y social de todos sus estudiantes.
El Ministerio de Educación está llamado a liderar una reflexión nacional acerca del rol del liceo público e iniciar la refundación de los liceos con identidad académica. Hay ejemplos exitosos de reformas a la educación secundaria en otros sistemas, que asumen su crisis de sentido y la necesidad de acompañar más cercanamente el desarrollo de los jóvenes. La existencia de base curriculares no prescriptivas, las competencias locales y de las comunidades para desarrollar propuestas curriculares singulares, los sistemas de créditos obligatorios y electivos, las oportunidades para que los estudiantes desarrollen distintas rutas de formación, la certificación de secundaria asociada a créditos aprobados y no a cursos, la personalización de la enseñanza, las tutorías a los estudiantes, los sistemas de orientación y consejería, son contenidos habituales en esas reformas. Poco o nada de ello estamos discutiendo en nuestro sistema escolar.
La expectativa desde educación no puede ser el orden público para el funcionamiento del sistema.
Tampoco las políticas de negación (postergar el SIMCE, postergar la evaluación docente, postergar la nueva Educación Pública). Recuperar los aprendizajes de nuestros estudiantes, asegurar su desarrollo emocional, fortalecer la educación pública y promover una educación secundaria consistente con las necesidades de los jóvenes, son las verdaderas tareas. Seguimos a la espera.