Desde la segunda mitad del siglo XX hasta el fin de la dictadura de Pinochet el centro político estuvo marcado por un camino de equilibrio diferenciador. Forjó su lugar frente a izquierdas y derechas y desde ahí intentó, mediante el discurso y la acción, la defensa del ideal democrático. Los desvíos dictatoriales en cada extremo eran muestras de definición dado el trasfondo internacional; por lo tanto, era vital mantener las bases de apego democrático más allá de toda trinchera.
Con el regreso a la democracia, el debilitamiento de las ideologizaciones intransigentes y la diversidad plural del nuevo milenio, nos encontramos con crecientes fuerzas centrípetas que posibilitaron mayor profundidad y variedad. Las antiguas confrontaciones segmentadas y cerradas que caracterizaban la convivencia de los llamados tres tercios dan paso a una naciente democracia de los acuerdos. Ya tempranamente, la centroizquierda ganó un espacio en la defensa de la democracia y la gobernabilidad. A este esfuerzo se sumó una centroderecha liberal que buscaba rescatar el ideario de compromiso político del pasado pre dictatorial en conjunción con las premisas de modernización y desarrollo.
El centro como espacio se fue ampliando y ello combinó bien con la construcción de mayorías dialogantes. En paralelo se fue dando un desencuentro de cara a los cambios graduales; antiguas y nuevas generaciones de la izquierda chilena alentaron la protesta, el maximalismo y la exigencia de una agenda de cambio rupturista. Desde el lado de la derecha, los sectores conservadores alentaron el status quo y la defensa del modelo neoliberal. Como consecuencia, se ha ido articulando una lógica de convivencia que intenta “definirse” nuevamente a partir de posturas no centristas. Ese desequilibrio diferenciador acentúa dinámicas populistas, extremistas o decididamente socava las instancias de diálogo más allá de lo ideológico.
Asumiendo las condiciones actuales el centro político está llamado a ser un punto de confluencia, de acuerdo y reconciliación. Todo ello a partir de un compromiso claro con el razonamiento conjunto, la prudencia colectiva, la humildad cívica y la reciprocidad. El centro político en la contemporaneidad acoge la diversidad como un recurso social, como riqueza democrática dirigida a un diálogo fraterno, continuo y estable. Certidumbre en medio de una dinámica social cambiante y expuesta a debate; un espacio sincero de adaptabilidad con miras a repensar y repensarnos.
El centro político ha abandonado el resguardo de una verdad absoluta o el intento de arbitrar las relaciones izquierda – derecha. Habita su propio espacio proyectado hacia ambos lados del espectro político; de ahí que centroizquierda, centro y centroderecha sean tendencias llamadas a la moderación y la deliberación. Ciertamente ese llamado es consciente de la necesaria integración social y política de todas aquellas fuerzas políticas y sociales que han tomado el camino del cambio con ruptura. La política en definitiva no está llamada a una confrontación ciega, a una guerra pírrica o a un indefendible juego de suma cero. No hay un camino predeterminado y en ese caminar el centro político, hoy abierto a la diversidad y atento a la dinámica social, es fundamental para seguir construyendo un futuro común.