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¿Qué extrañaremos de Marcel? Probablemente solo sus corbatas

La ironía es que Marcel decide salir justo en la antesala de la presentación del Presupuesto de la Nación, hito clave no solo por su rol institucional, sino también porque será el último de esta administración y el primero que deberá administrar el próximo gobierno.

La renuncia del ministro Mario Marcel al Ministerio de Hacienda tomó por sorpresa incluso a sus más cercanos. El llamado “adulto responsable” del gabinete decidió dar un paso al costado antes que termine el gobierno, dejando abierta la pregunta inevitable: ¿acaso no aguantó hasta el final?

Lo cierto es que si uno se pregunta qué extrañaremos de Marcel, la respuesta más honesta probablemente sea su pésimo gusto en corbatas. Porque en materia de gestión, más allá del prestigio con el que llegó, el balance no es alentador. Su debut en el gobierno estuvo marcado por el estrepitoso fracaso de la reforma tributaria, la madre de todas las batallas económicas de esta administración, rechazada en la Cámara de Diputados y que terminó hundiendo las principales promesas de financiamiento del programa gubernamental. Fue la primera gran derrota de Marcel y también el inicio del declive de su influencia.

Como si eso no bastara, apenas un día después de ingresar un nuevo proyecto de reforma tributaria y presentarlo en la Comisión de Hacienda, el ministro decidió renunciar. El contraste no podría ser mayor: ¡lanzar una propuesta de tal magnitud y, al día siguiente, abandonar el cargo! Una salida que no solo parece apresurada, sino que deja el proyecto huérfano desde su origen.

Así -acompañado de quien definió como la “mejor directora de presupuestos”- el legado que deja es un país estancado, con un crecimiento raquítico y un manejo fiscal marcado por constantes errores de cálculo en ingresos y gastos. A eso se suma la aprobación de proyectos sin sustento técnico, diseñados más para satisfacer titulares que para responder a la realidad económica y social de Chile.

El año pasado, por ejemplo, el Ejecutivo sobrestimó en más de 2 mil millones de dólares los ingresos esperados, error que obligó a recortes sobre la marcha y dejó en evidencia la debilidad técnica del equipo. No es un detalle menor: la base de toda política fiscal es la confiabilidad de las proyecciones y, en este caso, la credibilidad se fue diluyendo con cada corrección.

La deuda bruta del gobierno central supera ya el 40% del PIB, cuando hace apenas una década era del orden del 15%. El contraste es evidente: los ingresos permanecen estancados, pero las presiones de gasto se han multiplicado, generando una tensión estructural que hipotecará al próximo gobierno.

La ironía es que Marcel decide salir justo en la antesala de la presentación del Presupuesto de la Nación, hito clave no solo por su rol institucional, sino también porque será el último de esta administración y el primero que deberá administrar el próximo gobierno. Con un historial de sobrestimaciones y promesas incumplidas, suena bastante cómodo retirarse antes de tener que explicar por qué la caja ya no cuadra.

Y como si todo esto no fuera suficiente, el Ejecutivo anuncia como su reemplazo a Nicolás Grau. Sí, el mismo conocido por haber perdido 120 millones de pesos en una fiesta universitaria. Podría pensarse que esto se trata de un golpe mayor a la confianza de los mercados y a la credibilidad fiscal, pero probablemente termine siendo una señal más de que este gobierno, fiel a su estilo, nunca deja de sorprendernos.

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