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Hablemos de confianza

Frente a ese malestar, la percepción de riesgo se dispara y el juicio se estrecha: vemos peligros donde no necesariamente los hay y aceptamos soluciones simples para problemas complejos.

Rachel Botsman define la confianza como “una relación segura con lo desconocido”. Por eso la concibe como el pegamento de la vida social: aquello que hace posible la colaboración, sostiene a las organizaciones y, sobre todo, habilita la innovación. Sin ella, como ya advertía Niklas Luhmann en su teoría de sistemas, la única alternativa es el caos y la angustia paralizante.

Vivimos tiempos en los que la incertidumbre goza de excelente salud. No es casual: la relación entre esta y el cambio es profunda e inevitable. Se alimentan mutuamente. Y aunque ambos son parte de la naturaleza humana, hoy su velocidad y radicalidad remecen el suelo sobre el que intentamos afirmarnos. Quizás por primera vez habitamos un mundo sin mapas y los ciclos —esos que siempre han existido— se han acelerado a un ritmo inusitado.

Lo anterior no es solo descriptivo; es clave para entender nuestro comportamiento colectivo. El cerebro humano está diseñado para abordar la incertidumbre, pero no para habitar en ella. La certeza funciona como nuestra ancla psicológica; sin ella, nos desestabilizamos. Esa deriva genera ansiedad, amplifica la sensación de amenaza y deteriora nuestra capacidad de decidir racionalmente. Frente a ese malestar, la percepción de riesgo se dispara y el juicio se estrecha: vemos peligros donde no necesariamente los hay y aceptamos soluciones simples para problemas complejos. Basta pensar en cómo, ante un temblor, alguien puede salir corriendo sin mirar, aun sabiendo que lo más seguro es resguardarse bajo una zona protegida. Frente a la incertidumbre, predomina la reacción emocional sobre la racional.

En política ocurre algo similar. La ansiedad personal, amplificada colectivamente, puede empujarnos hacia soluciones superficiales, populistas o emocionales que, aunque comprensibles en momentos de tensión o angustia, no siempre se alinean con el resguardo de las libertades, de la democracia, de los buenos gobiernos o de la solidez de las propuestas. Para evitarlo el nuevo gobierno, que definiremos este domingo, deberá construir confianza; sin ella, cualquier objetivo se alejará indefectiblemente. Porque ya lo sabemos: los votos no pertenecen a nadie, y el peor error es asumir su lealtad.

La confianza en un gobierno no se agota en la coherencia, aunque comience por ella; no se decreta, se construye en articulación con otros. Y esos lazos, dicho sea de paso, también requieren de la misma amalgama. Hoy la confianza no se entrega como un ticket válido por cuatro años, sino que se renueva de manera sucesiva y exige, en cada etapa, percibir algún avance hacia la certeza. Si no, baste mirar a los gobiernos que apostaron más en su épica que a la gestión. La historia reciente es generosa en episodios donde un electorado entusiasta el domingo se convierte en crítico implacable el martes. Para sostener ese respaldo, es necesario combinar medidas efectivas, profundas y de largo plazo con acciones más inmediatas y efectistas, capaces de revalidar el pacto con la ciudadanía. No se trata de eliminar la incertidumbre, sino de conducirla. Ese es el desafío del próximo gobierno.

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