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Dorothy Pérez, la persona del año

Chile no necesita más comisiones. Necesita más Dorothy Pérez. Más funcionarios que no miren para el lado. Más servidores públicos que no se hagan los lesos. Más gestión silenciosa y menos retórica vacía.

Chile no necesitaba una épica. Necesitaba algo más simple y, por lo mismo, más escaso. Necesitaba a alguien que hiciera su trabajo. Dorothy Pérez apareció justo cuando el país ya se había resignado a una coreografía conocida y agotadora. Cada vez que surgía un problema serio, estructural, profundo, la política reaccionaba con el mismo reflejo condicionado. Crear una comisión. Convocar una mesa de diálogo. Nombrar un consejo asesor de expertos. Reunir a los notables. Redactar un informe que nadie leería. Y, si todo eso fallaba, anunciar una nueva ley, una nueva subsecretaría o derechamente un nuevo ministerio, aunque el anterior aún no supiera muy bien para qué existía.

Durante años nos dijeron que no se podía hacer más. Que faltaban herramientas. Que la ley era insuficiente. Que no había recursos. Que el Estado estaba atado de manos. Que fiscalizar con rigor era inviable. Que controlar el uso de los recursos públicos era complejo. Que exigir responsabilidades era políticamente inconveniente. Que había que entender los contextos. Que no era el momento. Que había que esperar.

Pérez llegó y dejó esa coartada en ruinas.

Con las mismas leyes. Con los mismos recursos. Con los mismos funcionarios. Con el mismo aparato estatal que estuvo siempre ahí, pero que parecía decorativo. De pronto, sí se podía. Sí se podía fiscalizar. Sí se podía incomodar. Sí se podía poner la lupa donde antes apenas se veía. Sí se podía exigir prolijidad, legalidad y responsabilidad. Sí se podía hacer el trabajo y hacerlo bien.

La diferencia no fue normativa. Fue moral. Fue de carácter. Fue de disposición.

Antes de su llegada, demasiadas veces el Estado parecía mirar para el lado. Cuando algo no funcionaba, se relativizaba. Cuando se hacía mal, se explicaba. Cuando los recursos públicos se diluían, se justificaba. Cuando había indicios de abuso, se hablaba de errores administrativos. Cuando derechamente se robaba, se invocaban fallas de procedimiento. La falta de rigor se convirtió en paisaje.

La negligencia, en costumbre. La impunidad, en rutina.

Pérez no inventó nada. No prometió revoluciones. No ofreció relatos. No apeló a consignas. Miró de frente. Hizo preguntas incómodas. Leyó los papeles. Aplicó criterios. Exigió respuestas. Y, sobre todo, no se hizo la lesa.

Eso, en el Chile de hoy, resulta casi subversivo.

Su gestión dejó al descubierto a la política. Muchas de las ineficiencias del Estado no se explican por la falta de leyes, sino por la falta de voluntad para aplicarlas. No por la escasez de recursos, sino por la pobreza del estándar. No por la complejidad técnica, sino por la flexibilidad ética.

Hay, además, una paradoja que vuelve su figura aún más reveladora. En uno de los pocos aciertos indiscutibles de Gabriel Boric, fue su gobierno el que propuso a Dorothy Pérez. Y fue ella quien, en poco tiempo, dejó en evidencia a buena parte de la izquierda y del Frente Amplio. No con discursos ni polémicas, sino con algo mucho más devastador. Trabajo bien hecho.

Mientras ella se mantiene exactamente en su rol, haciendo lo que le corresponde, muchos funcionarios ligados a ese mismo mundo político han optado por otro camino. Aferrarse a sus cargos. No por mérito.

No por desempeño. No por resultados. Sino por una ley de amarre impulsada por el propio gobierno, diseñada para proteger las peguitas antes que para garantizar excelencia.

La comparación es brutal. De un lado, una funcionaria que entiende el servicio público como una responsabilidad y no como un botín. Del otro, una lógica que confunde Estado con trinchera, cargos con derechos adquiridos y evaluación con persecución.

Pérez no persigue a nadie. Fiscaliza. No castiga ideologías. Exige cumplimiento. No hace política. Hace su trabajo. Y en ese gesto, aparentemente simple, deja al desnudo una cultura política que se acostumbró a la mediocridad administrada, al desorden tolerado y a la ineficiencia justificada en nombre de nobles intenciones.

Por eso es la persona del año. No porque concentre poder, sino porque demuestra cómo usarlo con sobriedad. No porque encarne una causa, sino porque recuerda algo elemental. El Estado funciona cuando quienes lo integran entienden que su deber no es interpretarse a sí mismos, sino cumplir la ley.

Ojalá el estilo Pérez no sea una excepción heroica, sino un punto de inflexión. Ojalá su ejemplo inspire al próximo gobierno de José Antonio Kast. Hacer más con menos no es un eslogan. Es una obligación moral en un país con recursos fiscales escasos y demandas sociales urgentes. Cuidar cada peso del erario no es mezquindad. Es respeto por los ciudadanos que lo financian.

Chile no necesita más comisiones. Necesita más Dorothy Pérez. Más funcionarios que no miren para el lado. Más servidores públicos que no se hagan los lesos. Más gestión silenciosa y menos retórica vacía.

Más trabajo bien hecho y menos excusas.

A veces, la verdadera transformación no llega con una nueva ley, sino con alguien que decide cumplir las que ya existen. Y eso, en el Chile de hoy, parece revolucionario.

Se puede cambiar. Pérez lo demostró.

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