El principal freno para la adopción real de la inteligencia artificial no es la tecnología ni la regulación. Es la indecisión. Mientras el debate público se llena de promesas sobre el potencial de la IA, muchas organizaciones siguen operando con estructuras, incentivos y estilos de liderazgo diseñados para un mundo que ya cambió. Se multiplican los pilotos y las pruebas, pero se evita la pregunta central: qué decisiones se está dispuesto a cambiar, qué roles se van a transformar y qué cuotas de poder deberán redistribuirse.
Esta contradicción se refleja con claridad en la tensión entre los enfoques top down y bottom up. Desde la alta dirección se impulsa la experimentación, pero sin asumir el costo político y estratégico que implica liderar un cambio profundo. Desde los equipos se prueba, se aprende y se innova, pero sin un marco claro que permita escalar esas iniciativas. El resultado es una adopción fragmentada, donde la inteligencia artificial avanza por los bordes del negocio sin tocar el núcleo de la estrategia. Sin convicción desde arriba ni apropiación desde abajo, la IA termina convirtiéndose en ruido, no en impacto.
A este escenario se suma una conversación aún superficial sobre gobernanza y datos. La Ley de Protección de Datos no es solo una exigencia legal; es también un espejo que revela cuán poco preparadas están muchas organizaciones para gestionar información, asumir responsabilidades y construir confianza. El problema no es cumplir la norma, sino enfrentar la pregunta de fondo: quién decide, con qué criterios y para beneficio de quién se utilizan los datos. En este punto, la resistencia al cambio deja de ser tecnológica y pasa a ser cultural y ética.
En este contexto, el rol de los directorios resulta decisivo. La inteligencia artificial no es un tema operativo ni delegable. Es una decisión de gobierno corporativo que exige formación, definición clara del apetito de riesgo y alineamiento estratégico. Los directorios que sigan observando la IA como una tendencia tecnológica más, o que la deleguen sin involucrarse directamente, estarán postergando decisiones que impactarán de forma directa la competitividad y la sostenibilidad de sus organizaciones en el mediano plazo.
La inteligencia artificial avanza rápido. La pregunta ya no es si las organizaciones la adoptarán, sino si serán capaces de tomar las decisiones necesarias para hacerlo con sentido estratégico, responsabilidad y liderazgo.