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¿Anti-Karamanos?

Por las mismas razones por las que no creemos que corresponda a la pareja del Presidente arrogarse la potestad de denostar y destruir el rol institucional de Primera Dama, tampoco consideramos que el Presidente pueda permitirse designar a una persona que se ha mostrado abiertamente partidaria de eliminar el Ministerio de la Mujer.

Al designar como ministra de la Mujer a una persona que se ha mostrado abiertamente partidaria de eliminar esta cartera, el presidente electo abre una herida compleja antes de iniciar su mandato. De paso, su elección erosiona confianzas, abre brechas innecesarias y destila provocación.

Por las mismas razones por las que no creemos que corresponda a la pareja del Presidente arrogarse la potestad de denostar y destruir el rol institucional de Primera Dama, tampoco consideramos que el Presidente pueda permitirse designar a una persona que ha renegado de la relevancia del cargo, que carece de iniciativas y de experiencia institucional en temas de mujer y familia, y cuya relación pública con este asunto, a la fecha, se ha limitado a rechazar las agendas de izquierda o progresistas. Tomarse un Ministerio en serio requiere de la elemental condición de que se tengan propuestas propias y elaboradas que permitan avanzar al país en los objetivos propios de esa cartera, y que se consideran buenos. Evidentemente, al menos de momento, la ministra designada no cumple con esas condiciones básicas.

Por otro lado, el Presidente parece desdecirse de su compromiso explícito en campaña: su gobierno sería de emergencia. Emergencia significaba, con razón, no volver a cometer el error de poner la agenda “valórica” en primer plano, aprendidas las lecciones de 2021 y 2023. Se prometió no enarbolar banderas divisorias, sino aquellas capaces de convocar a una mayoría amplia de chilenos cansados de la incompetencia, el voluntarismo ideológico y la mala gestión del gobierno saliente. Fue con esa promesa que obtuvo cerca del 60% de los votos. El candidato Kast parecía decidido a descomprimir, a no provocar, a no ofrecer flancos innecesarios. Debía proteger una agenda social compartida, no reactivar una guerra cultural que divide y distrae. Hoy, sin embargo, parece inclinarse por hacer lo contrario.

Precisamente porque no compartimos la actitud hegemónica de algunos feminismos, pensamos que es importante evitar la tentación de caer en reproches personales, en vetos anticipados o en augurios de males políticos por venir. Sin duda la gestión de la ministra designada aun no comienza y tiene todo el derecho de empezar a tomarse su cartera en serio. Puede sorprendernos mostrando una gestión comprometida con dar cumplimiento a los objetivos del Ministerio de la Mujer, combinando su propia mirada con la construcción de puentes de diálogo con miradas distintas abiertas a cooperar.  

No obstante, hemos creido necesario poner de manifiesto que, una vez más, la agenda mujeres ha vuelto a instalarse desde el poder como una trinchera ideológica, aunque ahora ocurra desde la vereda política contraria. El mismo error del gobierno saliente, tener un Ministerio de la Mujer que gobierna para símbolos y no para mujeres reales, se ha materializado con crudeza. Las mujeres, a través de lo que la persona de la nueva ministra simboliza,  surgen como emblema de una batalla cultural, en lugar de ser reconocidas como sujetos concretos de políticas públicas urgentes: empleo y autonomía económica, corresponsabilidad efectiva, protección frente a la violencia, acceso real y oportuno a la salud, embarazos vulnerables y maltratados, apoyo a una maternidad vivida en condiciones muchas veces precarias, agotadoras y solitarias, no a una maternidad idealizada desde un escritorio o una consigna.

Para quienes hemos defendido, cada vez con más dificultad, la posibilidad de una derecha sensata y comprometida con las mujeres concretas, parece necesario recordar, nuevamente, que no todo feminismo es de izquierda, no todo feminismo es antiliberal, no todo feminismo es anticristiano o anticatólico; y no toda defensa de la dignidad de las mujeres supone adhesión a un programa cultural maximalista. El gobierno entrante tiene aún mucho espacio y tiempo para reflexionar sobre sus gestos y movimientos. Esperamos sinceramente que lo haga.

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Foto del Columnista Gabriela Caviedes y Fernanda García Gabriela Caviedes y Fernanda García