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1976: el retrovisor del presente

En 1976, el mundo parecía haber perdido su centro. Las promesas de los 60 ya no convencían, el optimismo se había vuelto ingenuo y la idea de progreso empezaba a crujir. La música de ese año no vuelve como archivo ni como fetiche: vuelve porque el clima emocional es inquietantemente parecido.

Cincuenta años no siempre alcanzan para tomar distancia. A veces, al contrario, funcionan como un espejo. 1976 no vuelve como archivo ni como fetiche: vuelve porque el clima emocional es inquietantemente parecido. No vivimos lo mismo, pero sentimos algo similar: cansancio, desorientación, sospecha frente a los grandes relatos.

En 1976, el mundo parecía haber perdido su centro. Las promesas de los 60 ya no convencían, el optimismo se había vuelto ingenuo y la idea de progreso empezaba a crujir. Hoy, medio siglo después, el relato es distinto pero el desgaste es el mismo. Ya no es la fe en el futuro lo que se resquebraja, sino la confianza en que la velocidad, la visibilidad y la tecnología vayan a resolver algo por sí solas.
La música, entonces como ahora, reaccionó menos con respuestas que con gestos. Gestos estéticos, decisiones de tono, maneras de estar en el mundo.

En 1976, una parte del rock decidió vaciarse de significado para volver a empezar. El homónimo debut de Ramones (punk primitivo, veloz, sin adornos ni metáforas) fue un rechazo frontal al exceso, a la solemnidad, a la idea de que todo debía ser profundo para ser válido. Hoy, ese gesto de 29 minutos de duración se replica en canciones cortas, directas, diseñadas para sobrevivir al scroll, pero también en una estética que privilegia la inmediatez por sobre el desarrollo. La diferencia es que antes era una reacción cultural; hoy muchas veces es una exigencia estructural.

En el extremo opuesto, Sowiesoso (electrónica ambiental, pastoral, repetitiva, sin clímax) proponía algo que hoy suena casi político: bajar el volumen del mundo. El cuarto álbum de los alemanes Cluster no buscaba competir, gritar, ni convencer. Simplemente estar. Ese “sowiesoso” -ese da lo mismo, pero sigamos– hoy reaparece en playlists infinitas, música funcional, ambientes sonoros que no buscan atención sino refugio. En 1976 era vanguardia; hoy es necesidad.

Ese movimiento pendular entre la urgencia y el repliegue es quizás el rasgo más claro del espejo. En ambos momentos, la cultura parece dividida entre decirlo todo de inmediato o retirarse para no decir nada.

Algo similar ocurre con Hejira (folk-jazz introspectivo, de carretera, bajo fretless y letras en movimiento), un disco que no busca fijar identidad sino ponerla en tránsito. Esa cumbre de la canadiense Joni Mitchell no celebra la libertad; muestra su costo. Y en esta época obsesionada con definirse, etiquetarse y explicarse, ese disco funciona como un recordatorio incómodo de que no todo tiene nombre y no todo se resuelve con un relato claro.

Station to Station (art rock frío, soul europeo, funk mecánico y distanciamiento emocional) también parece escrito para este presente. David Bowie canta desde la fragmentación, desde una identidad que se construye mientras se desarma. En 1976 eso era una performance artística; hoy es una experiencia cotidiana. Cambian los escenarios, pero la sensación de vivir en permanente tránsito identitario es la misma.

El espejo se vuelve aún más evidente cuando aparece el que quizás haya sido el disco definitivo de ese 1976: Songs in the Key of Life(soul y funk expansivo, pop sofisticado, espiritualidad y comentario social). En un año marcado por la desconfianza, Stevie Wonder propone algo que hoy parece casi radical: complejidad sin cinismo. Hablar del mundo sin ironía, sin distancia, sin miedo a la palabra empatía. En un presente saturado de opiniones, pero escaso de escucha, ese gesto se vuelve más contemporáneo que nunca.

Y finalmente, Hotel California (rock californiano pulido, armonías perfectas y letras sombrías), que a cincuenta años sigue funcionando como metáfora del éxito sin salida. En 1976 era el sueño americano propuesto por los Eagles, pero que estaba atrapado en su propio lujo. Hoy es la promesa de visibilidad permanente, de éxito medible, de pertenencia digital de la que siempre se puede entrar, pero nunca salir del todo. 

Tal vez por eso 1976 no envejece como otros años. No es 1969, 1977 o 1994. No tiene la épica del origen ni el shock de la ruptura. Pero sí tuvo -y tiene- la conciencia del desgaste. La intuición de que el mundo ya no funciona como antes, pero tampoco ofrece una alternativa clara. A cincuenta años, ese es su mayor legado: la forma en que esos discos aprendieron a convivir con la incertidumbre sin convertirla en eslogan. Algo que hoy, quizás más que nunca, vuelve a ser urgente aprender.

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Foto del Columnista Mauricio Jürgensen Mauricio Jürgensen