La relevancia política del affaire en torno al nombramiento de Trinidad Steinert como ministra de Seguridad no es a mi juicio, institucional ni jurídica, sino comunicacional. Y conviene decirlo con claridad para evitar que una discusión legítima derive en una polémica artificial, mal enfocada y, sobre todo, innecesaria.
Los reparos por una eventual politización de fiscales que pasan a desempeñar cargos políticos en otros poderes del Estado son atendibles pero no aplican en este caso. Como se ha dicho con algo de ironía —pero no sin verdad—, en un sistema democrático los nombramientos de alta responsabilidad recaen inevitablemente en personas políticamente afines. Con ellas se debe conversar porque la telepatía no funciona. ¡Hasta los sacerdotes nombrados capellanes en La Moneda tienen, de algún modo, un color político! Pretender que fiscales o altos funcionarios viven en una burbuja aséptica es sostener una ficción que ya no convence a nadie. Esa realidad, por lo demás, no debilita al Estado de Derecho; sino que lo fortalece cuando se transparenta ante la ciudadanía. Por el contrario, persistir en una discusión hipócrita sobre una neutralidad inexistente es lo que erosiona la confianza pública. Y en ese plano, Steinert cuenta con credenciales, trayectoria y experiencia más que suficientes para el cargo.
Por eso señalo que no es ahí donde está el problema del affaire Steinert.
El problema de fondo en este caso fue la respuesta comunicacional. O, más precisamente, la falta de preparación comunicacional que mostró la ministra vocera. En una entrevista para un medio escrito —formato que exige precisión y anticipación— era completamente previsible que se le preguntara si el Presidente electo tenía claro desde antes el perfil deseado para un ministro de Seguridad o solo evaluó alternativas con nombre y apellido prescindiendo de una matriz de competencias. La pregunta estaba de cajón, sobre todo porque la seguridad fue el eje central de la campaña y en semanas previas, circularon nombres tan disímiles como posibles designados, incluyendo a ex uniformados, a Rodolfo Carter, y a Johannes Kaiser.
Era lógico anticipar que esa secuencia alimentaría una percepción de improvisación que sería incluida como pregunta difícil en la entrevista. Y sin embargo, frente a la pregunta inevitable, la vocera pareció sorprendida, articulando una respuesta sobre la marcha, y generando un problema mayor e innecesario. Un error no forzado.
Mencionarlo parece preciso porque a diferencia de lo que se ha dicho, esta no es la primera señal de alerta comunicacional del gobierno entrante. Mara Sedini, quien tiene excelentes habilidades comunicacionales, dispone de un espacio legítimo para el error y el aprendizaje. La alerta entonces, no se refiere o limita a su persona. Cabe recordar el discurso del Presidente electo la noche del triunfo en segunda vuelta. Impreciso y largo, sorprendió por su distancia con el quirúrgico Kast de campaña. En esa oportunidad, el cambio de tono fue leído con indulgencia, porque humanizó al Presidente. Sin embargo, también encendió ciertas alarmas, que este nuevo episodio viene a confirmar.
El Partido Republicano mostró una sólida capacidad comunicacional durante la campaña, pero gobernar es diferente. La comunicación política en el ejercicio del poder exige algo más que propaganda eficaz: requiere consistencia narrativa, anticipación de escenarios y comprensión de que cada palabra construye —o erosiona— gobernabilidad.
La buena noticia es que el problema es corregible. No hay aquí una crisis de fondo, sino una lección temprana. La pregunta es si se tomará nota a tiempo.