Antes de asumir formalmente, José Antonio Kast ya está gobernando en un plano clave: el comunicacional. No a través de grandes anuncios ni de un despliegue estridente, sino mediante una secuencia dosificada de gestos, silencios y señales que han ido marcando su llegada al poder.
La política moderna no comienza el día de la investidura. Empieza mucho antes, bajo observación constante. Cada movimiento, una reunión, un nombre que se filtra, un viaje, una foto publicada o deliberadamente postergada, es leído como parte de una narrativa que se construye en tiempo real. En ese contexto, gobernar hoy también es administrar expectativas.
Kast ha optado por una estrategia que se distancia de la ansiedad habitual del ciclo político chileno. La conformación de su gabinete, por ejemplo, no se presentó como un hito cerrado, sino como un proceso. Hubo nombres que aparecieron y desaparecieron, confirmaciones parciales, silencios sostenidos. No hubo una foto final. Hubo una secuencia. Y esa secuencia comunicó.
En un ecosistema hiperconectado, eso es control del ritmo. Retener toda la información es riesgoso, pero liberarla de una sola vez también lo es. El goteo permite instalar marcos tempranos, observar reacciones y ajustar sin necesidad de desautorizarse públicamente. La comunicación deja de ser un acto posterior y pasa a formar parte del propio proceso de decisión.
Algo similar ocurre con sus movimientos internacionales. Más que anuncios de política exterior, lo que se ha visto hasta ahora son gestos de posicionamiento. Su encuentro con Luiz Inácio Lula da Silva en Panamá, en el marco del Foro Económico Internacional América Latina y el Caribe, y su visita a El Salvador para reunirse con Nayib Bukele, no buscaron cerrar acuerdos ni fijar definiciones inmediatas. Cumplieron otra función: mostrar con quién conversa, qué temas prioriza y desde qué coordenadas regionales se proyecta antes de asumir.
La política hoy se observa como un streaming continuo. La comunicación ya no opera sobre relatos cerrados, sino sobre procesos en curso. Y la ciudadanía, en ese marco, no espera anuncios perfectos: espera coherencia. Tolera la incertidumbre y acepta que no todo esté definido desde el primer momento.
La tecnología amplifica esta lógica. El monitoreo en tiempo real, el análisis de sentimiento y la inteligencia artificial que resume y amplifica cada gesto político hacen que todo se mida, se interprete y se juzgue de inmediato. Nunca fue tan fácil observar. Nunca fue tan fácil sobrerreaccionar. En ese escenario, la diferencia entre liderazgo y ansiedad comunicacional está en saber qué absorber, qué dejar pasar y cuándo no escalar.
Que este gobierno lo haga bien o mal será materia de otra columna y, sobre todo, del tiempo. Pero como lectura de sistema, hay algo claro: existe una comprensión de que gobernar hoy implica ejercer el poder bajo observación permanente, y que la comunicación ya no es un accesorio, sino parte constitutiva de ese ejercicio.
En una política que se desarrolla en tiempo real, la ventaja ya no está en parecer infalible, sino en sostener decisiones incompletas sin perder el eje. Porque cuando todo se acelera, la confianza no se construye desde la perfección, sino desde la coherencia entre lo que se dice, lo que se hace y el ritmo con que se hace.