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Iván, el terrible

Iván Poduje entendió rápidamente que la gente allá afuera no quiere expertos gentiles que moderen el debate, quiere guerreros que nombren sus frustraciones sin rodeos y que señalen culpables. Por eso habla más fuerte que otros, más elocuentemente, con más datos y más confianza, pero corre el peligro de no escuchar a nadie más, de convertirse en ese monólogo brillante que nadie puede interrumpir.

Iván Poduje acaba de prometer que si no consigue reconstruir Viña del Mar renunciará, y no es una frase más sino pura performance, puro Poduje post-estallido, el técnico convertido en gladiador mediático, el experto que aprendió que en Chile ya no basta con tener razón sino que hay que tener enemigos, los enemigos correctos, esos que te convierten en héroe de los que no tienen tiempo para matices ni paciencia para explicaciones.

Los que esperaban que el gobierno de Kast sería tranquilo, consensual, pueden enterrar esa ilusión. En casa, uno de sus ministros estrella ya empezó su propio incendio: Poduje lleva un mes en funciones y ya tiene una carta de indignación firmada por profesores, y titulares que lo persiguen como sombras, justo lo que necesita, justo lo que quiere, porque entendió algo que muchos de su generación tardaron en entender: que tener enemigos en las universidades es la mejor manera de tener amigos en cualquier otro lugar, que pelearse con las buenas conciencias —donde hay no pocos amigos y colegas suyos— es una forma de ser en el mundo, una forma de conectar con ese mundo de allá afuera que vive en la perpetua impaciencia de no encontrar soluciones a sus problemas.

Yo lo sé porque viví esa transformación también, porque crucé esa misma frontera, porque Poduje fue testigo de mi propio aprendizaje en la gresca. Fue cuando se incendiaba Valparaíso, cuando las llamas devoraban los cerros y toda la ciudad parecía a punto de caer al mar. Él vino de panelista a una radio en que yo trabajaba. Me lancé ahí a unas declaraciones especialmente insensibles sobre los perros abandonados del puerto. Recuerdo su sonrisa, que no era de desaprobación sino de reconocimiento: sabía que me estaba hundiendo en lo que sería una de mis primeras muertes en redes sociales, pero no me dejó solo, consiguió darle contexto a mis palabras, y sin encontrarme equivocado moderó mis dichos, me salvó en cierto modo.

Lo que vino después fue un suicidio en cámara lenta en Twitter, que ahora se llama X, el comienzo de un tiempo que nos transformó a todos, quizás a Iván Poduje, que fue testigo de ese momento clave de mi vida, más que a nadie. Porque él sacó la lección que yo no supe sacar del todo: que la moderación ya no servía para nada, que el país que conocíamos había muerto sin que nadie se dignara siquiera a hacer un funeral decente. Y que quedarse ahí, intentando calibrar cada palabra para no ofender a nadie, era volverse invisible.

Yo tuve miedo o escrúpulos, que son dos cosas que se parecen pero no son iguales. Poduje en cambio decidió no calibrar más, decidió lanzarse. Hombre más que alto, largo, interminable, arquitecto de la Católica de Valparaíso, socio de Atisba, columnista de La Tercera, docente en Stanford, Premio Benjamín Vicuña Mackenna. Lejano pariente de Miguel Ángel Poduje, ministro de Vivienda de la dictadura, parentesco que antes le interesaba mucho dejar en claro que era lejano, muy lejano, ahora quién sabe. Una vida coherente y tranquila que solo distraían peleas entre expertos. Una vida que el estallido social transformó totalmente.

Escribió Chile Tomado y Siete Kabezas, crónicas urbanas del caos, pero sobre todo se lanzó a Sin Filtro, ese programa que fue su bautismo en la gresca, su descubrimiento de que en la tele no importa tener razón sino tener tus razones, que no importa ser preciso sino ser contundente, que el enemigo correcto vale más que cien argumentos perfectos. Rompió con el laguismo que lo había formado y se convirtió en panelista, luego en candidato, luego en candidato-panelista, siempre alarmado, siempre altivo, siempre lleno de datos que dispara como metralla contra las buenas conciencias que lo formaron.

Y funcionó, porque descubrió lo que yo descubrí de la manera más dolorosa: que la gente allá afuera no quiere expertos gentiles que moderen el debate, quiere guerreros que nombren sus frustraciones sin rodeos, que señalen culpables, que prometan soluciones imposibles con la convicción de quien no tiene nada que perder.

Casi nunca estoy de acuerdo con él, pero siento por Poduje una cierta complicidad, la complicidad de los que cruzamos juntos la frontera, de los que entendimos que algo había cambiado para siempre. Aunque de alguna forma que él debe encontrar cobarde yo volví y él se quedó. Entendí, quizás demasiado tarde, que algo se perdía en esa batalla, que los buenistas a veces son los buenos, y que los políticamente correctos son a veces personas simplemente correctas, y que los otros, los ruidosos, los vistosos, los entretenidos, iluminan como el fuego de paja, brusca y rápidamente sin dejar cuando la llama se consume nada más que oscuridad.

Poduje habla más fuerte que otros, más elocuentemente, con más datos y más confianza, pero corre el peligro de no escuchar a nadie más, de convertirse en ese monólogo brillante que nadie puede interrumpir. Es lo que le costó la municipalidad de Viña: siempre dos pasos delante de la gente, quiso representar su indignación pero no su dignidad, esa mala palabra que sigue significando algo después de todo.

Ahora promete reconstruir Viña del Mar o renunciar. Es una promesa suicida pero también valiente, una manera de darle urgencia a lo que es urgente, de convertir la gestión en épica, el urbanismo en batalla. Veremos si Viña se reconstruye, si logra hacer en meses lo que tomaría años en cualquier país que no estuviera desesperado por creer en milagros. Pero sobre todo veremos si puede gobernar sin escuchar, si puede construir sin pactar, si ese viejo laguista que lo habita, el técnico prudente que un día me salvó de mi propia estupidez, puede guiarlo en más de un momento tanto o más que la pasión que lo anima y le da sentido ahora.

Yo apuesto por esa pasión, aunque quisiera que no dejara de rimar con la vieja y olvidada razón, que su fuego no consuma todo lo que toca, que Iván el Terrible recuerde de vez en cuando que fue Iván Poduje primero, y que ese hombre —el experto respetado, el profesor paciente, el colega que moderaba en vez de incendiar— todavía tiene algo que enseñarle al guerrero en que se ha convertido. Porque los incendios pueden reconstruir ciudades, pero también pueden dejarlas reducidas a cenizas. Y entonces ya no importa cuánto prometiste, ni cuántos enemigos te hiciste, ni qué tan alto hablaste. Solo importa lo que quedó en pie cuando las llamas se apagaron.

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Luis Bellocchio

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Foto del Columnista Rafael Gumucio Rafael Gumucio