Chile alcanzó una tasa de fecundidad de 0,97 hijos por mujer, la más baja de su historia. En pocos años más, las defunciones superarán a los nacimientos. No es solo un dato demográfico. Es una señal económica.
Menos nacimientos hoy significan menos fuerza laboral mañana, mayor presión sobre las pensiones y menor dinamismo productivo. Ignorarlo sería un error; abordarlo desde la alarma también lo es.
La explicación cultural es cómoda, pero incompleta. Cuando la vivienda es inaccesible, el empleo inestable y el costo de criar supera la capacidad de ahorro, postergar hijos es una decisión racional. Las familias no desaparecen. Se adaptan a los incentivos.
La experiencia internacional lo confirma. Corea del Sur ha destinado miles de millones en bonos por nacimiento sin revertir la caída, porque mantuvo rigideces laborales y altos costos estructurales. La lección es clara: no se trata de transferir más recursos, sino de ordenar mejor el sistema.
Otros países han combinado incentivos con flexibilidad laboral y políticas de vivienda joven, entendiendo que familia y desarrollo profesional no deben competir. Esto refleja un enfoque estratégico, que busca fortalecer el capital humano y reducir la incertidumbre.
En paralelo, hay una dimensión adicional que Chile no puede ignorar. Un país que envejece puede sostener el crecimiento si aumenta la productividad por persona. Y ahí la innovación, especialmente la Inteligencia Artificial, es clave. Automatización, optimización de procesos, apoyo en salud y sistemas de cuidado inteligentes pueden compensar parcialmente la reducción de fuerza laboral y elevar el valor generado por cada trabajador.
El verdadero riesgo no es tener menos hijos; es envejecer con baja productividad y sin modernizar nuestra estructura económica. El invierno demográfico no es destino. Es una advertencia.
La pregunta es si usaremos esta presión para rediseñar los incentivos y acelerar la innovación, o si volveremos a reaccionar tarde, cuando el costo ya sea estructural.