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Juan Carlos Muñoz, el último boy scout

Lo cierto es que el ministro no hizo casi nada de lo que pueda avergonzarse. Chile tiene perfecto derecho, diría incluso que el deber, de negociar con China sin dejar de hacerlo con Estados Unidos. Lo entiende a la perfección Fernando Barros, el nuevo ministro de Defensa, cuyo estudio de abogados constituyó en Chile la sociedad filial de China Mobile y le prestó su domicilio legal, sin que nadie en el futuro gobierno de Kast considerara eso una traición ni una ingenuidad.

Juan Carlos Muñoz fue siempre otra cosa. Sin pasado político relevante, sin otra pasión que la movilidad urbana, este ingeniero de la Católica llegaba al ministerio en micro o en metro, a veces en patineta, como si el cargo fuera una consecuencia accidental de haber pensado demasiado en el transporte público. Parecía ser el primer ministro de Transporte de nuestra historia que solo aspiraba a ser ministro de Transporte. Podría haberlo sido en cualquier gobierno. Pero solo en este lo dejaron ser completamente él mismo.

Por donde pecas pagas, dice el dicho, y se aplica incluso a los que casi no pecan. Muñoz ha visto cómo sus mejores cualidades se convirtieron en defectos en el momento menos indicado. Cuando Estados Unidos le retiró la visa en un gesto inédito, unilateral y sin explicación racional, el ministro asumió como herida lo que era una afrenta, como error lo que era un insulto deliberado. Washington usaba una herramienta política de alto calibre en plena guerra comercial. Muñoz lo leyó como un incidente que se podía ir explicando.

Y ahí entró su otro talón de Aquiles: la falta de experiencia y vínculos políticos. Lo que era claro y meridiano, una agresión americana sin precedente, se perdió en meandros administrativos, negativa sobre negativa, imprecisión sobre imprecisión, hasta convertirse en un sainete incomprensible. El hábil embajador americano aprovechó el desorden con una frialdad que Muñoz nunca tendría ni querría tener. Sin el menor pudor intervino en la política chilena y le regaló al futuro presidente Kast un punto esencial de su retórica: esa que quiere convencer a Chile de que vive en un marasmo del que solo su rubiedad puede sacarnos.

Lo cierto es que Muñoz no hizo casi nada de lo que pueda avergonzarse. Lo único malo que hizo fue justamente avergonzarse. Chile tiene perfecto derecho, diría incluso que el deber, de negociar con China sin dejar de hacerlo con Estados Unidos. Lo entiende a la perfección Fernando Barros, el nuevo ministro de Defensa, cuyo estudio de abogados constituyó en Chile la sociedad filial de China Mobile y le prestó su domicilio legal, sin que nadie en el futuro gobierno de Kast considerara eso una traición ni una ingenuidad. Chile puede además arrepentirse, como lo hizo, de emprender un negocio y escuchar las razones que Estados Unidos le hizo ver. Todo eso sucede a diario en miles de contratos y licitaciones en todo el mundo. Lo que no sucede, lo que no debería suceder jamás, es que una potencia tome represalias personales contra la autoridad de otro país por casi emprender, por casi contratar servicios de un tercero. No por haberlo hecho. Por haberlo considerado. Eso no es diplomacia, es extorsión, y aceptarla sin nombrarla fue el único error real de Muñoz, un error de forma que Estados Unidos convirtió hábilmente en un error de fondo.

Muñoz es castigado no por algo que hizo mal sino por algo que trató de hacer bien. Estados Unidos le canceló la visa sabiendo a ciencia cierta que el cable con China no sería realidad, en parte gracias a sus propias presiones. ¿Por qué entonces el castigo publicitado, humillante, único y sin precedente? Justamente por eso último: la humillación y la publicidad son la clave esencial de la política de Trump. No el resultado sino el espectáculo del sometimiento. No importa que Chile ya hubiera cedido. Importa que el mundo lo vea ceder, que nadie olvide el costo de siquiera considerar una alternativa.

Porque esta política no nace de la fuerza sino de la desesperación. No del poder sino de una sensación apremiante de impotencia. La de saber, o intuir, o temer que si China gana la batalla tecnológica que se avecina habrá ganado ya del todo la guerra, y que esa guerra no se dirime con aranceles ni con cables submarinos sino en laboratorios, universidades y fábricas de chips donde China lleva años ganando terreno sin que nadie en Washington quiera verlo.

El castigo a Muñoz ocurrió muy cerca en el tiempo de la sentencia de la Corte Suprema que desbarató la política arancelaria de Trump. No es coincidencia menor. Los aranceles y la cancelación de la visa son la misma herramienta: la humillación pública, el castigo visible, la publicidad del sometimiento. El método es siempre el mismo porque el objetivo es siempre el mismo: no destruir al adversario sino iniciarlo en una negociación caso a caso, que es donde Trump cree que puede hacer la diferencia.

El caso de Lula muestra que el método de Trump no funciona siempre como él espera. Trump le impuso aranceles del 50% a Brasil como represalia por el juicio a Bolsonaro, su aliado. Lula dijo que no tenía ninguna relación con él y que Brasil no necesitaba mantener la cabeza baja. No intervino en la justicia, no cedió en lo esencial, no se humilló. Los dos se encontraron 39 segundos en un pasillo de la ONU en septiembre y Trump declaró excelente química. Para diciembre eran amigos, según el propio Lula, y los aranceles habían bajado del 50% al 10%. La moraleja no es que la firmeza se recompense siempre. Es que la sumisión preventiva no garantiza nada y además cuesta cara. Trump respeta a los que no le tienen miedo, no a los que se apresuran a darle la razón antes de que la pida.

Muñoz no habla ese idioma y no tenía por qué. Eso habla bien de él como persona. Habla mal del gobierno que no supo entender a tiempo que no se estaba bailando vals sino pogo, ese baile punk que consiste en que todos se lanzan sobre todos.

Es algo que Kast y su equipo, después de celebrar la extraña suerte de tener un escándalo a mano para lanzarle a la cara al gobierno saliente, tendrán que tomar muy en cuenta. El embajador de Estados Unidos ha salido de la caja de Pandora de las relaciones cordiales que Chile había querido mantener desde Aylwin en adelante. Ese embajador que intervino, amenazó y festejó no va a desaparecer discretamente. Ya sabe que puede.

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Lo cierto es que el ministro no hizo casi nada de lo que pueda avergonzarse. Chile tiene perfecto derecho, diría incluso que el deber, de negociar con China sin dejar de hacerlo con Estados Unidos. Lo entiende a la perfección Fernando Barros, el nuevo ministro de Defensa, cuyo estudio de abogados constituyó en Chile la sociedad filial de China Mobile y le prestó su domicilio legal, sin que nadie en el futuro gobierno de Kast considerara eso una traición ni una ingenuidad.

Foto del Columnista Rafael Gumucio Rafael Gumucio