El dilema izquierda-derecha suma cada vez más imbéciles que no se dan cuenta que el mundo gira en torno a los intereses y no a la pureza ideológica.
Finalmente, ser de izquierda o de derecha es un falso símbolo de status para quienes consideran al otro “roto” o “ignorante”, “rojo” o “facho” y así innumerables adjetivos que sólo intentan diferenciarse a partir de despreciar la convivencia social.
Políticos y presidentes de derecha viven del Estado, lo mismo que empresarios que se suponen neoliberales y que hacen buenos contratos con el gobierno de turno cualquiera sea su signo.
Políticos y presidentes de izquierda viven del Estado y hacen muy buenos negocios con empresarios que se suponen neoliberales.
Políticos y presidentes de izquierda o de derecha son acusados de diferentes casos de corrupción, algunos por “robo directo” al Estado, otros por tráfico de influencias y otros por simples “comisiones” ganadas por intereses personales.
Y frente a esto, los ejércitos de imbéciles ideologizados siguen librando una guerra sin final creyendo que un lado del cerebro es superior al otro, cuándo debiesen entender que para pensar se necesita de los dos.
Esos imbéciles que siguen pensando en la supremacía de ciertos valores por sobre los demás, y que esos valores corresponden a una mayoría. Esas pobres mentes no se dan cuenta que, en esta era de hipersegmentación tecnológica, las mayorías son el conjunto de muchas minorías.
A esto hay que sumarle el concepto de “batalla cultural”. Esto tiene una connotación tan idiota como peligrosa. ¿Qué es la batalla cultural? ¿Forzar a un cambio de valores y de creencias? ¿Uniformar al inconsciente colectivo?
Todos estos imbéciles disfrazados de convencidos ideologizados, alguna vez deberán darse cuenta que quienes gobiernan lo hacen por intereses (algunos personales otros pensando en los intereses colectivos), y que eso los hace pragmáticos.
¿Trump es la derecha neoliberal conservadora o acaso un nacionalista proteccionista? ¿Putin representa al comunismo cuándo vive de las diferencias? Los imbéciles no pueden dar respuesta a estos hechos porque su jaula mental no les permite ese vaivén.
Profundizar esa hemiplejía moral y cultural es el arma más efectiva que utilizan quienes pretenden gobernar para acceder, fortalecer y hasta para abusar del poder en sociedades socioculturalmente débiles, aunque después los problemas urgentes exigen acciones pragmáticas para gestionar. Pero la manipulación es tal, que a través de un relato simple, se convence al rebaño de imbéciles que el pragmatismo responde a una sola idea.
Días atrás se planteó en Chile, frente a la inminente asunción de un nuevo gobierno, el dilema acerca de sostener las relaciones económicas con China frente a la posibilidad de mantener relaciones más que estrechas con Estados Unidos. El estúpido debate ideológico hace perder no sólo la independencia y soberanía de criterio, sino la real posibilidad de crecimiento económico del país.
Entonces China o Estados Unidos, el huevo o la gallina. Los imbéciles plantean la dicotomía cuando, quienes se dan cuenta, saben que ambos extremos se constituyen mutuamente, más aún en un país que debe tener claro cuáles son sus intereses para evitar ese vaivén absurdo de amigos o enemigos.
Imaginemos esto: Promover la libertad en todos los ámbitos con responsabilidad, respetar la propiedad privada, hacerse cargo de pagar los impuestos para que el Estado responda con su rol de entregar educación; salud; seguridad; justicia y generar la infraestructura necesaria para promover el desarrollo del libre mercado con competitividad.
¿Cuál es esa ideología?
Sólo la de gobernar bien con un horizonte claro sin perderse en la tormenta.
Dejemos de hacerle el juego a los que cultivan la estúpida falacia de los lados opuestos. Dejemos atrás la batalla de los imbéciles. Que no sea la nuestra.