Es difícil juzgar si La Mujer 10 es la mejor película de Blake Edwards. El hombre responsable de Desayuno en Tiffany’s (1961), La pantera rosa (1963), La fiesta inolvidable (1968) o El mujeriego (1989) supo escribir y dirigir comedias con una gracia que hoy, cuando vivimos en una especie de desierto de la comedia, parece simplemente asombrosa. La culpa no es solo de la falta de inteligencia y talento, seguramente, sino también de los tiempos. Vivimos una época en que todo parece tomarse terriblemente en serio, cualquier cosa es gravísima y siempre parece haber alguien dispuesto a sentirse ofendido o escandalizado por algo. Así es muy difícil hacer comedia. Es como intentar bailar en un funeral. Sucede también que el mismo estado mental ha hecho que el protagonista ideal de la ficción sea una
persona amable, sensible, víctima de una sociedad que no está atenta a su sensibilidad. Nada de eso sucede en La Mujer 10.
George Webber (Dudley Moore) es un hombre blanco, que lo tiene todo y aun así no está conforme con su vida. A los 42 años de edad es un compositor exitoso, vive en las colinas de Hollywood, maneja un Roll Royce descapotable, pololea con Julie Andrews, que en la película se llama Samantha Taylor, pero igual que Andrews es una actriz inglesa que canta maravillosamente y prepara un musical que de seguro será un éxito resonante. Webber tiene talento, reconocimiento cariño y dinero. ¿Qué más quiere? Es difícil explicarlo sin ver la película. Webber espía con envidia a su vecino, una especie de rockero que constantemente tiene a mujeres desnudas paseando por su casa en alegres pool parties. Se aburre con Sam, o de Sam, o de ser un tipo de cuarenta sin muchas aventuras en su vida. O de no haber tenido hijos. O puede que tanto brandy lo tenga adormecido. El asunto es que cierto día, como una aparición celestial, ve a una mujer, vestida de novia, en el auto junto al suyo. Es Bo Derek, que con veintipocos años de edad realmente parece una belleza caída del cielo, o mejor, de un Olimpo pagano donde pasean diosas de la belleza y la fertilidad. Webber siente entonces que la sangre vuelve a correr por sus venas, la sigue hasta la iglesia y se cuela en la ceremonia. Y esa será la menor de las estupideces que hará para conocer a Bo Derek (que en la película se llama Jenny). No es exactamente lo que haría el ciudadano íntegro que hoy todos juramos ser, pero resulta imposible no comprenderlo.
Como en muchas películas de Edwards, hay mucho humor físico, pero lo que el director realmente pone en escena, como quizá en ninguna cinta anterior, es la crisis del macho maduro. Como Webber no necesita realmente esforzarse demasiado siente que comienza a dejar de ser joven, viril, atractivo o necesitado, una cuesta abajo encarnada a la perfección por Dudley Moore, que es chico, fofo y torpe, el opuesto exacto del clásico héroe americano. Puede tratarse de una crisis propia solo de sociedades ricas, donde el hombre no tiene que luchar hasta su muerte por techo y pan, pero es existencial y cómica.
Da risa y al mismo tiempo produce incomodidad. Webber trata mal a su mujer, es insoportable y brutalmente egoísta, y al mismo tiempo produce ternura y mueve a la compasión. El equipo feminista puede quejarse de que la película objetiviza a Bo Derek hasta el extremo, pero es Webber, en representación de los hombres, quien queda como un idiota. Jenny, en cambio, es una auténtica fuerza de la naturaleza: sensual, relajada, libre y poco consciente de los estragos que causa. Sam, por su parte, aparece llena de sensibilidad y carácter. Quizá es demasiado tolerante con los desvíos de Webber, pero eso colabora a humanizarla. Nadie es perfecto.
La cinta, en su momento, como muchos aún recordamos, se dio a conocer por la icónica figura de Bo Derek, corriendo por la playa, con trenzas y un traje de baño deliciosamente escotado (prácticamente la misma imagen que décadas después haría famosa a Pamela Anderson). Aunque esa poderosa presentación la persigue hasta hoy, no hay que confundirse, La Mujer 10 no es una tonta película hecha para explotar a la bella Bo Derek, como otros bodrios que sí filmó bajo la dirección de su marido, John Derek, sino una comedia muy fina, muy cómica, bastante demente, donde la estrella es Dudley Moore y el cerebro es un Blake Edwards en el punto alto de sus poderes creativos.