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Súper Pía

María Pía Adriasola no está aquí para administrar un cargo y sus símbolos. Está para evangelizar a los que se le crucen por delante. Por eso duerme en La Moneda: porque esto no es un trabajo ni un puesto. Es una decisión de vida que la involucra por entera, día y noche.

En una transmisión de mando perfectamente gris, casi telegráfica en su afán de no decir nada que no estuviera dicho, hubo al menos dos imágenes que se escaparon del protocolo. La primera: María Pía Adriazola sirviendo la comida en el casino de La Moneda, mandil puesto, bandeja en mano. La segunda, más bien un meme, es el beso de la pareja presidencial: esos labios que no acaban de rozarse, ese instante suspendido entre el afecto real y su representación obligatoria. En ambas, la protagonista es la misma: María Pía Adriazola Barroilhet.

El siempre excesivo diputado Manoucheri vio en la imagen de la bandeja una dueña de fundo que sirve a sus inquilinos. El fenotipo de María Pía —la clase alta en su versión no del todo rubia— podría prestar para esa lectura. Pero quien la observó con atención vio otra cosa. En su gesto no había la soberbia de la patrona jugando a servir. Había misión. No era El obsceno pájaro de la noche ni Casa de campo sino La pequeña casita en la pradera, o La novicia rebelde. Esa última película que habita siempre el universo mental de quienes recorren esta familia.

El vestido de primera comunión con que acompañó a su marido en el cambio de mando ya lo anunciaba. María Pía Adriasola no está aquí para administrar un cargo y sus símbolos. Está para evangelizar a los que se le crucen por delante. Por eso duerme en La Moneda: porque esto no es un trabajo ni un puesto. Es una decisión de vida que la involucra por entera, día y noche, con toda la visible pasión que su muy parco marido no es capaz de mostrar en público.

Y ahí está el misterio de esta pareja. No hay en toda Alemania nadie más alemán que José Antonio Kast: la contención, la disciplina, la frialdad de quien ordena el mundo desde los principios hacia los hechos. Sin embargo, siendo católico por los cuatro costados, no puede evitar pensar como un luterano: la fe como convicción interior, austera, que no necesita de gestos ni de calor. María Pía, en cambio, es pura pasión vasco-chilensis, pura ganas del Concilio de Trento: la fe como fiesta y como fuego, como cuerpo y como comunidad, como algo que se derrama sobre los demás porque no cabe en uno solo. El Opus del colegio Los Andes, pero también las Monjas Francesas de las cercanías del campus oriente. Y galla, y perna, y las dinámicas en los retiros y la vela en la mano en las ceremonias, y “quiero ser el alfarero”, y “que cante la vida, en todo rincón.”

¿Cómo se entienden dos personas así? ¿Cómo han construido juntos no solo una familia de nueve hijos sino una familia política que fue la UDI primero, el Republicano después, y hoy La Moneda? La respuesta vuelve a ser la misma: la misión. La sensación de estar solos contra la marea, de entregar la vida en martirio por la salvación de nuestras almas. Los martes de pololeos son solo una excusa: lo que une a esta pareja es la hoguera compartida, ese fuego que justifica todo y ante el cual las diferencias de carácter se vuelven secundarias. Él pone la doctrina. Ella pone el evangelio. Él la letra. Ella el espíritu.

Uno la imagina antes de La Moneda —y seguramente todavía ahora, en los márgenes del cargo— siempre incandescente, siempre encendida. El auto como una segunda piel. El cuaderno donde se anota la comida de la semana. La amiga que hay que convencer de no separarse del marido. El eneagrama, las rifas y los bingos solidarios, las ceremonias en el santuario de Bellavista, cerca de donde pasó su infancia en el campo. Caminando sobre el cielo raso. Llevando a los hijos a clases remediales, haciendo con dos panes y unos huevos comida para seis, cantando con los niños, exasperándose también quizás. Y sobre todo tratando de comprender, en la sonrisa distante y gentil de su marido, qué quiere este, qué piensa, adónde va con esa calma que no se parece en nada a la paz sino a otra cosa, más profunda o más lejana, que ella lleva décadas intentando descifrar.

Chile tiene una relación complicada con sus primeras damas. Las ha querido invisibles o simbólicas, ornamentales o sacrificadas. Cecilia Morel visitaba damnificados. Irina Karamanos renunció al cargo como acto político y se perdió en su propia empanada mental. María Pía creció en el campo en Puente Alto, sin agua potable ni transporte cercano, y eso se nota: hay en ella algo que las primeras damas de ciudad no tienen, una energía de las que no necesitan que nadie las contenga ni las detenga. Siempre he pensado que bastaría conectar dos cables a la cabeza de cualquier madre chilena para iluminar una ciudad. María Pía es de ese tipo de mujer. Pero hay algo en ella también de niña buena que quiere creer, un lado sensible y herido que asoma bajo la fortaleza. No es solo una creyente. Es una creyente que todavía necesita que le crean.

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Foto del Columnista Rafael Gumucio Rafael Gumucio

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