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La emergencia de gobernar

Antes que nada, lo más destacable de este nuevo cambio de mando es precisamente eso: Un nuevo cambio de mando en democracia, la que parece tan frágil en este mundo pero que en Chile parece estar intacta. Esperemos que el nuevo presidente, más allá de su predilección por el modelo pinochetista, la pueda defender como lo han hecho sus antecesores.

Antes que nada, lo más destacable de este nuevo cambio de mando es precisamente eso: Un nuevo cambio de mando en democracia, la que parece tan frágil en este mundo pero que en Chile parece estar intacta. Esperemos que el nuevo presidente, más allá de su predilección por el modelo pinochetista, la pueda defender como lo han hecho sus antecesores.

Todo puede ser discutible, la convivencia democrática no.

Pero empecemos a recorrer el camino de un nuevo gobierno cuyo jefe, el presidente Kast, definió como un gobierno de emergencia considerando que el país se “caía a pedazos”, aunque los datos macroeconómicos presentan estabilidad manteniendo el desafío de crecer y optimizar la productividad. Algo normal para un país comparado con Latinoamérica en un mundo imprevisible.

Volvamos al camino por recorrer.

Hablar de emergencia puede dar la sensación de exagerar en el pragmatismo de soluciones “cortas” cuando los temas de crecimiento, productividad y convivencia social exigen algo más que medidas puntuales, es decir, plantean la necesidad de una estrategia país sostenida en un modelo conceptual que no debiese aferrarse a una sola idea.

Este punto es relevante considerando que los impulsores de Kast desde el partido republicano exigirán una idea absoluta, cuando lo que sugiere esta instancia del país y del mundo es una integración de ideas que refleje la voluntad de gobernar para una sociedad y no para la tribuna partidaria.

Esa estrategia país estará determinada por dos condiciones fundamentales que le dan forma al modelo: la matriz cultural y el alineamiento internacional.

La matriz cultural representa un desafío que puede marcar el clima para la aceptación del nuevo gobierno, el que para gran parte de la ciudadanía -incluida la derecha tradicional y centro derecha- podría mostrar cierta intolerancia sobre temas sensibles y avances “progresistas” que parecen no ser parte de la agenda ideológica republicana y que resultan determinantes para la convivencia social.

El potencial liderazgo del presidente Kast se pondrá a prueba a partir de su capacidad de adaptación y de la habilidad para sostener el equilibrio dentro de sus propias filas, un verdadero reto para evaluar sus cualidades políticas.

El alineamiento internacional será el rompecabezas para solucionar en este mundo complejo y dividido en bloques de interés.

La relación de Kast con la nueva liga de la justicia propuesta por Donald Trump, quién se arroga el triunfo de Kast como también el de todo líder de ultraderecha en la región, pone de manifiesto el dilema de separar lo económico de lo político.

¿Tendrá el presidente Kast la capacidad política para satisfacer las expectativas de Trump y a la vez sostener la inevitable relación y dependencia económica con China?

No es un dilema menor si consideramos que esa decisión es crítica para emprender el crecimiento esperado y prometido, que no solo mantenga el equilibrio macroeconómico sino que se refleje en la economía de bolsillo cotidiana.

El nuevo gobierno no será de emergencia, sería un facilismo denominarlo así.
La emergencia es gobernar bien, porque es demasiado poco conformarse con un cambio de color que solo satisface a los intolerantes.

Un gobierno para todos, una democracia para todos.

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