En un escenario global marcado por crisis interdependientes —climática, sanitaria, migratoria, tecnológica y geopolítica— las universidades están llamadas a repensar su relación con el mundo. Durante años, en Chile la internacionalización universitaria se ha medido principalmente por indicadores como el número de convenios firmados, la movilidad académica o la presencia en rankings globales. Si bien estos elementos son importantes, hoy resultan insuficientes frente a la magnitud de los desafíos contemporáneos. Este enfoque, aunque comprensible en un sistema que busca posicionarse internacionalmente, también ha tendido a concentrar las oportunidades de internacionalización en un número reducido de instituciones y en una fracción limitada de estudiantes. La pregunta, entonces, no es solo cómo las universidades chilenas se insertan en el mundo, sino también qué tipo de cooperación internacional necesitan construir. Internacionalizar ya no puede significar simplemente “abrirse” al exterior; implica construir capacidades compartidas, dialogar desde el conocimiento situado y orientar la investigación y la formación hacia problemas que trascienden fronteras.
En este contexto, las universidades públicas tienen una responsabilidad particular. Su mandato no se limita a la formación de profesionales o a la producción de conocimiento especializado: también están llamadas a contribuir al desarrollo social y territorial del país. Esa vocación pública ofrece una oportunidad para impulsar una forma distinta de internacionalización, menos centrada en la competencia entre instituciones y más orientada a la cooperación, el intercambio de saberes y la generación de bienes públicos globales.
Esto supone revisar algunas prácticas que durante años han orientado la forma en que las universidades se relacionan con el mundo. La firma de convenios, por ejemplo, suele ser un primer paso necesario, pero no puede convertirse en un fin en sí mismo. El verdadero desafío es que esas alianzas se traduzcan en proyectos sostenidos de colaboración, capaces de generar conocimiento relevante y de tener impacto tanto en las comunidades académicas como en los territorios donde las universidades están insertas. Internacionalizar también implica preguntarnos qué conocimiento producimos, con quién lo producimos y para qué lo ponemos en circulación.
En esa conversación, fortalecer los vínculos entre regiones del llamado Sur Global adquiere una importancia creciente. América Latina comparte desafíos estructurales con países del Sudeste Asiático, África o el sur de Asia: urbanización acelerada, transformación productiva, desarrollo tecnológico con inclusión social y adaptación al cambio climático. Profundizar la cooperación académica entre estos territorios no solo amplía las redes internacionales de investigación, sino que también permite construir soluciones desde contextos que enfrentan problemáticas comparables. Se trata, en definitiva, de generar espacios de colaboración donde el conocimiento circule en múltiples direcciones y no solo desde los centros tradicionales de producción científica.
Para que esta mirada tenga efectos concretos, la internacionalización también debe anclarse en los territorios. Las universidades no operan en abstracto: forman parte de regiones con necesidades, capacidades y desafíos específicos. En ese sentido, las alianzas entre instituciones de educación superior y gobiernos regionales abren nuevas posibilidades para proyectar iniciativas de cooperación internacional vinculadas al desarrollo local. Un ejemplo reciente es el convenio entre la Universidad de Santiago y el Gobierno Regional Metropolitano, que busca articular capacidades universitarias con actores públicos del territorio para impulsar proyectos de cooperación internacional asociados a desafíos regionales. Iniciativas de este tipo no solo fortalecen la proyección internacional de las universidades, sino que también permiten que las regiones participen activamente en redes globales de conocimiento, un espacio que históricamente ha estado concentrado en capitales nacionales y grandes centros académicos, ampliando al mismo tiempo el acceso a oportunidades internacionales para instituciones y comunidades locales.
En paralelo, emerge con fuerza un fenómeno cada vez más visible en el escenario global: la participación creciente de ciudades y regiones en agendas internacionales vinculadas al cambio climático, la resiliencia urbana, la salud pública o la transformación digital. En este contexto, las universidades públicas pueden desempeñar un rol clave como puente entre los actores territoriales y las redes globales de conocimiento, contribuyendo a traducir los debates internacionales en soluciones concretas para las realidades locales.
Al mismo tiempo, es necesario reconocer que la movilidad académica internacional —aunque profundamente transformadora— sigue siendo una oportunidad limitada para muchos estudiantes. No todos pueden participar en intercambios o pasantías en el extranjero, ya sea por razones económicas, personales o institucionales. Por eso cobra especial relevancia lo que hoy se conoce como “internacionalización en casa”: estrategias que permiten incorporar perspectivas globales en la formación universitaria sin necesidad de salir del país. Iniciativas como el aprendizaje colaborativo en línea entre estudiantes de distintos países, la incorporación de miradas interculturales en los currículos o el fortalecimiento del multilingüismo amplían las posibilidades de acceso a experiencias académicas internacionales.
Más allá de las políticas universitarias, internacionalizar también tiene que ver con el tipo de profesionales que las universidades buscan formar. En un mundo crecientemente interconectado, se vuelve indispensable desarrollar capacidades para comprender contextos culturales diversos, dialogar con otras formas de conocimiento y abordar problemas complejos desde perspectivas interdisciplinarias. Formar ciudadanía global crítica significa preparar a las nuevas generaciones no solo para adaptarse a un mundo cambiante, sino también para contribuir activamente a transformarlo.
La internacionalización universitaria, en ese sentido, ya no puede medirse únicamente por la cantidad de estudiantes que viajan o por el número de convenios firmados. El desafío es más profundo: repensar cómo producimos, compartimos y aplicamos el conocimiento frente a problemas globales urgentes. Para las universidades públicas, internacionalizar significa también democratizar el acceso a las redes globales de conocimiento y fortalecer los territorios desde los cuales ese conocimiento se produce.
En un mundo cada vez más interdependiente, la pregunta ya no es solo cómo insertarnos en el escenario internacional, sino también cómo contribuir a construirlo desde nuestras propias realidades y desde los territorios donde el conocimiento público se produce.