Durante mucho tiempo el cuidado fue tratado como un asunto privado, casi doméstico. Algo que ocurría dentro de las casas y que, en la práctica, terminaba siendo responsabilidad de las mujeres. Sin embargo, cuando observamos con mayor atención aparece algo mucho más profundo: el cuidado no es solo una tarea familiar, sino una condición básica que permite que las sociedades funcionen.
En Chile, este tema comienza a emerger con mayor claridad en el debate público. El Sistema Nacional de Apoyos y Cuidados (Ley N.º 21.805), la Ley de Conciliación de la Vida Personal, Familiar y Laboral (Ley N.º 21.645) y la discusión sobre sala cuna universal no son políticas aisladas. En el fondo, son piezas de una misma arquitectura social del cuidado que intenta responder a una pregunta que durante décadas permaneció invisible: quién cuida y en qué condiciones se sostiene ese cuidado.
Las cifras muestran que el modelo actual sigue siendo profundamente desigual. Según la Encuesta Nacional sobre Uso del Tiempo (ENUT 2021), las mujeres dedican más del doble de horas que los hombres al trabajo doméstico y de cuidados no remunerados.
Pero reducir este fenómeno a un problema de equidad sería quedarse corto, porque centrar la discusión política solo en las mujeres corre el riesgo de reproducir el mismo supuesto que históricamente ha organizado el cuidado, en el cual la crianza es, en esencia, una responsabilidad femenina.
Ahora bien, si el cuidado debiese ser una responsabilidad social compartida, ¿por qué seguimos discutiendo muchas políticas de infancia principalmente desde la lógica del trabajo de las madres y no desde las necesidades de los niños? Los niños no llegan al mundo solo con una madre, llegan con dos padres insertos en una sociedad que también tiene responsabilidad en las condiciones en que se articulan trabajo y familia.
Cuando el cuidado se vuelve excesivamente difícil o solitario, criar deja de percibirse como una experiencia posible o sostenible. Cada vez más personas postergan o renuncian a la maternidad y la paternidad, no solo por razones económicas, sino también por la dificultad de sostener la crianza en contextos de sobrecarga y escaso apoyo social (Ministerio de Desarrollo Social y Familia, 2025). Como consecuencia, Chile tiene hoy una de las tasas de fecundidad más bajas del mundo, con apenas 1,03 hijos por mujer, muy por debajo del nivel de reemplazo poblacional de 2,1 (INE, 2024).
Comprender que el cuidado no es una interrupción de la productividad, sino una dimensión central de la vida humana, abre espacios para entornos laborales más saludables y sostenibles.
Hablar de cuidado, entonces, no es solo hablar de conciliación laboral o de políticas familiares. Es hablar de salud mental, de desarrollo infantil y también del futuro demográfico de una sociedad.
Cambiar la cultura del cuidado implica pasar de un modelo donde las madres sostienen casi en solitario la crianza a otro donde el cuidado se distribuye entre padres, familias, organizaciones y políticas públicas.
Porque el cuidado no es simplemente una práctica cotidiana dentro de las familias. Es la infraestructura que sostiene el desarrollo de las nuevas generaciones y el futuro de un país.