A veces me acuerdo del futuro, de cómo brillaba o aterraba, la forma en que se alzaba más allá del presente prometiendo paraísos digitales a lo supersónicos, o bien, distopías impensables, pero no por eso menos adrenalínicas (¿Mad Max?).
El futuro ya llegó (una sociedad con tantos podcasts está destinada a autocombustionarse) y algo malo viene, se acerca.
Something Wicked This Way Comes.
Soplan vientos duros y justo cuando estaba medio contento.
¿Cuándo comenzó a desequilibrarse todo?
Algunos dicen que fue el día en que tu buscador se transformó en algo más. Cuando Google se coludió. Una pena: me gustaba ese verbo. Googlear. Copilot insiste en ayudarme a corregir (¿qué onda?, no deseo un copiloto y menos uno que se cree Dios). Me propone cómo escribir (qué agote), cuando lo cierto es que no sabe cómo pienso, no me entiende, no sentimos de forma parecida. Más Moleskines, más libretas con reglones, más ordenadoras (gran palabra, para eso eran, para ordenar, avanzar, ayudar) sin wifi.
Ya me ha tocado pasar por fechas futuristas. La mejor lejos fue 1984. Gran año o al menos para mí. VHS, películas claves, temas. Apple prometía todo, incluyendo derrocar dictadores, y una suerte de Gran Hermano que amenazaba el orden social y nuestro porvenir. Ganaron, claro, los malos y todos ahora lo son. ¿Lo somos? 1999, como la canción de Prince, fue el último año del gran cine pop. O eso dice un libro llamado Best Movie Year Ever. Aparecieron The Matrix y El club de la pelea. Yo viví ese año, vi las cintas y lo confieso: no sé si me pareció tan increíble, mientras ingresaba a los cines con números. El 2001 fue una odisea de otro tipo, mientras que el 2010 no hicimos contacto con el espacio exterior, pero ya llevábamos dos años con teléfonos inteligentes y sucedió algo peor: empezamos a conectar demasiado y, poco a poco, los blogs de poetas góticos suicidas (que nadie leía), dieron paso a un sistema perverso en que todos estamos excesivamente enterados, todos tienen voz (sobre todo los que no tiene nada que decir), todos se exponen, a pesar de que es imposible procesarlo todo.
Tilt. Era linda esa palabra.
Me gustaban los diarios, las revistas en papel, mandar faxes románticos, escuchar los mensajes en el contestador. No estar siempre ubicable, saber que no podías contactar a nadie así como así nomás. Me gustaba perderme en los videoclubs incapaz de elegir.
El año 2019 fue el año en que transcurría Blade Runner, pero aquí todo estalló y el futuro se disfumó para transformarse en una mezcla de pasado con presente continuo. El mundo aún no era como Blade Runner, pero si se miraba bien quizás sí: inmigrantes, centros destrozados, gente casi falsa. Ridley Scott ensució más la mirada narcótica y esquizofrénica de Phillip K. Dick sin darse cuenta de que lo realmente terrorífico es aquello iluminado. El infierno son las ciudad-mall falsas con aire-acondicionado de los Emiratos Árabes y… mejor no sigo. El año 2022 fue el año en que sucedía Cuando el destino nos alcance, la película de Charlton Heston en que la sobrepoblación era tal que camiones de basura recogían a la gente que atestaba las calles y la transformaba en barras de proteína verde y…
Al menos en esas cintas apocalípticas quedaba claro quién eran los buenos y los malos, y la estética decrépita era una señal de advertencia. Ahora todo es lindo y… tengamos mucho cuidado.
Sí: he visto muchas cintas futuristas, pero, aun así: el futuro no es como lo esperaba. Es, de alguna manera, peor. Leonard Cohen lo cantó en The Future, el single del álbum del año 1992. Ya estaba asustado de lo que venía:
Give me back the Berlin wall
Give me Stalin and St. Paul
I’ve seen the future, brother
It is murder
He visto el futuro y es lo peor. O es asesino. Es el fin.
A comienzos de los 90, cuando todo era tierno y análogo, y quizás incluso cool, el futuro se anunciaba en formas gaseosas y multicolores, pero Cohen entendió que iba a llegar el mal. Si somos narrativa, cuando se anuncia el fin de la historia no es para celebrar, como lo hicieron todos. Mejor: La historia sin fin. Pero a la gente sin calle le falta todavía más pop y Fukuyama sedujo más que Ende (o el disco de esa película de niños producido por Giorgio Moroder). Leonard Cohen se fue a un monasterio y sí: se alteró algo sagrado.
Perdimos la brújula o la brújula también se volvió una app.
Yo, como casi todos, vi el futuro y me pareció al menos interesante. El año 1994, viendo la cinta Acoso sexual, basada en la novela de Michael Crichton, un autor que merece ser revisitado, Michael Douglas recibe mails de un desconocido con amenazas. Era un email y nunca había visto uno. Estaba en Iowa y le dije a mi amigo: fuck, esto es cool, de verdad podremos comunicarnos así. Nathan me dijo: todos los pregraduados ya se comunican así desde los computadores de la universidad.
Están en línea, acotó.
No entendí del todo, pero lo pensé mientras compraba un CD de Mazzy Star y Monster de REM. Ahora, viendo a los Pet Shop Boys en vivo (modo old school) pensé: el futuro podría tener sintetizadores, pero no por eso es necesario dejarlo en manos de gente sin alma y sin onda. Los algoritmos. Todavía no me recupero de lo ominosa, oscura y feroz que fue ver en 2010 La red social de Fincher. Ahí estaba todo: los nerds cuando se vengan son los peores.
Leonard Cohen, de nuevo: cruzamos la línea y alteramos “el orden del alma”. Eso, conciso, breve, poético. El alma tiene un orden. Mejor no jugar con fuego. He visto el futuro (ya es 11 de marzo, además) y no me atrevo a decir si es asesino, pero sé que no es más fácil.
Echo de menos a veces lo análogo. Fui feliz el verano pasado para el apagón: todo colapsó y no pude estar al día, conectado, nada fue al instante. Quiero menos, no más. Quizás eso es lo complicado, lo que no tolero.
Al menos me tocó vivir análogamente.
Eso me alegra, me da algo de espesor, de pasado, de seguridad.
Todo bien con la tecnología; todo mal cuando se altera lo esencial, lo social, lo sagrado, lo humano. Qué miedo que el azar no sea azar.
Las alertas de una posible hecatombe moral (el fin de la humanidad) vía ChatGPT o gracias a la inteligencia artificial sin moral (pero cartucha, pues no me deja escribir porno, se altera si me pongo pervy). No tolero las voces en off escritas por AI (el kitsch puro, la autoayuda que no que ayuda, el reinado del: No era un final, era un comienzo; era una revolución silenciosa que brotó de una tensa calma…) o esas animaciones que juntan a actores jóvenes vivos con los decrépitos ángeles que los visitan en el set de una célebre película. ¿De verdad? ¿Really? Más que asustarme, me provoca cierta sonrisa: que todo caiga, que se venga el teclado de cristal abajo. Black Mirror ya no me asusta, me divierte. O quizás exagero: todo me está deprimiendo o, cada vez más, me siento expulsado de esta fiesta de influencers, de likes, de enterarse de gente de la que ya no se desea saber. Instagram era la app linda, aesthetic, sin hate. Hoy es la que aterra más: al menos X es puro odio, mentira y pelea chica.
¿Qué quieres de cumpleaños? Menos.
¿Es mucho pedir? 