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Requisitos para ser secretario general de la ONU

Hoy, con el mundo encabritado, la decadencia de la ONU y la multipolaridad difusa, todo candidato oficial parte con medio piso aserruchado. Aunque a toro pasado, como dicen los españoles, pienso que nuestro presidente debió negociar una candidatura verdaderamente de Estado.

En septiembre pasado, cuando el entonces presidente Gabriel Boric proclamó la candidatura de Michele Bachelet a la Secretaría General de la ONU, el debate fue en sordina, pero focalizado en el interés de Chile. Según el oficialismo era un orgullo para el país instalar una chilena en ese cargo. Según la oposición, era una maniobra de último minuto cuyo costo político, diplomático y pecuniario tendría que soportar otro gobierno. En ese contexto fui entrevistado en cuanto directivo de la ONU durante el exitoso período de Javier Pérez de Cuéllar. Las preguntas buscaban explorar la viabilidad de la postulación, desde la perspectiva multilateral propia de esa organización mundial. Sin embargo, por imponderables del periodismo, la entrevista no fue publicada. Seis meses después, tras la decisión del presidente José Antonio Kast de no apoyar la candidatura de la expresidenta, parece interesante exhumar mis respuestas. Es lo que hago a continuación, sustituyendo las preguntas por subtítulos funcionales.

Evaluación desde Chile

(La candidatura Bachelet) debiera ser buena para Chile, pero más importa que lo sea para los cinco miembros permanentes del Consejo de Seguridad. Aunque sea en apariencia, el cargo requiere una alta dosis de imparcialidad política y, por tanto, ideológica. Por eso la Carta define al Secretario General como “funcionario”. Es un requisito complicado para nuestra expresidenta.

Perfil del actual secretario general

Hubo inquietudes de inicio por su alto perfil militante, pero se le dio el exequatur. Quizás se debió a que la selección previa se había empantanado en rechazos sucesivos de otros candidatos y a que Antonio Guterres era conocido como un socialista de la especie socialdemócrata. En todo caso, fue una excepción notable.

Perfil histórico

Los (secretarios generales) históricos venían de la diplomacia circunspecta, principalmente excancilleres y hasta de la burocracia ONU, como Kofi Anan. Con todo, en 1971 pasó colado el austriaco Kurt Waldheim, quien fue oficial de la Wehrmacht (ejército alemán controlado por Hitler) en zonas donde se cometieron crímenes de guerra. Al parecer, hubo un ocultamiento cómplice, ya que los servicios de inteligencia estadounidenses y soviéticos tenían acceso a registros alemanes capturados, donde figuraba su nombre vinculado a deportaciones y represalias. Es uno de los grandes misterios de la ONU durante la Guerra Fría.

No intervención en temas políticos nacionales

Esa prohibición está en el artículo 100 de la Carta de la ONU y en normas reglamentarias. Pero, ahí está una de las facetas más indicativas de la decadencia de la ONU. Si un funcionario del montón infringe la prohibición, corre riesgos. Pero, si es uno de los “barones” del sistema… “pasa piola”. Un caso desafiante -valiente a su manera- fue el homenaje político póstumo a Fidel Castro, formulado por una alta ejecutiva de la ONU. Su condolencia pública terminaba con el siguiente párrafo: “Se ha apagado la vida fecunda de un gigante. Abrazo fraterno a Raúl Castro y al pueblo cubano. Hasta la victoria siempre Comandante”. No hubo amonestación conocida.

Intencionalidad política de la postulación

Las intenciones son inescrutables. Yo prefiero atenerme a los hechos: estamos en vísperas de elecciones, los candidatos de oposición niegan haber sido consultados y, posiblemente, uno de ellos tendría que gestionar la candidatura lanzada in extremis. Más parece una política de Presidencia que de Estado. Marginalmente, no tengo claro que el patrocinio oficial beneficie a los postulantes a la Secretaría General.

Razones de la duda

Son dos razones principales: Una, que cualquiera de los grandes electores tenga una opinión negativa sobre el gobierno patrocinante. La otra, que prevalezca la opinión positiva sobre alguien que en principio no fue nominado.

Ejemplo del segundo caso

Se dio con el diplomático peruano Javier Pérez de Cuéllar, para muchos el mejor Secretario General histórico. Me consta que, como ex representante del Perú ante la ONU, consideraba ese alto cargo como “el más difícil que se puede tener en el mundo”. Motivo: la enorme responsabilidad y la poca independencia que implicaba. Por lo mismo, no pidió ni aceptó ser postulado por su gobierno. Lo notable fue que, cuando fueron cayendo uno a uno los candidatos postulados por otros gobiernos, el nombre de Pérez de Cuéllar se impuso desde los más altos niveles de la ONU. Allí se valoraba su imparcialidad, gran capacidad negociadora y total independencia política. Cuando aquello quedó claro para los cinco del Consejo, él aceptó y el gobierno de Fernando Belaunde lo apoyó con todo el peso de Torre Tagle.

Meritocracia

Eran otros tiempos. De la Guerra Fría se estaba pasando a la distensión y luego llegaría Mijail Gorbachov. Hoy, con el mundo encabritado, la decadencia de la ONU y la multipolaridad difusa, todo candidato oficial parte con medio piso aserruchado. Aunque a toro pasado, como dicen los españoles, pienso que nuestro presidente debió negociar una candidatura verdaderamente de Estado.

Desafíos actuales para un secretario general ONU

Son los más grandes de su historia: surfear sobre un mar de guerras que no renuncian al empleo del arma termonuclear, desde una organización que nació para salvaguardar la paz … pero que ya no puede.

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